Hay mucha gente que se pasa todo el año esperando la llegada de las vacaciones y parece lógico que se les haga corto el tiempo de poder disfrutar del descanso y de todo lo que éstas suelen llevar consigo. Se entiende también que se haga difícil la vuelta al trabajo y a la rutina. Por desgracia no todos tienen la suerte de poder saborear las vacaciones, porque no las tienen o porque son permanentes, al carecer de trabajo. No es menos cierto que para algunos, en lugar de ser un tiempo de descanso, es un tiempo de agobio y estrés. Vuelven a casa tan cansados como antes de irse. Pero esto no lo es todo. Escribo estas líneas condicionado por una experiencia familiar dolorosa y reciente. Hace poco más de una semana, un muy querido primo que disfrutaba con su familia de las aguas y del ambiente tan singular de la costa gallega, murió repentinamente sobre la arena de la playa. En unos instantes se derrumbó lo que era dicha y felicidad, convirtiéndose en dolor y lágrimas. Como él son muchos los que nunca imaginaron que ya no regresarían a sus casas, y que volverían a sus pueblos o ciudades en un furgón fúnebre.
Pero hay otras formas, si cabe aun más tristes, de retorno. Se dice que las vacaciones de verano son un tiempo muy propicio para la ruptura de muchos matrimonios. No es cuestión de analizar ahora las causas, pero es éste un hecho fácil de constatar. No hay muertes físicas, pero es la muerte del amor. Los miembros de la familia siguen vivos, pero el amor está muerto. Dicen que las comparaciones son odiosas y no tratamos de decir si es peor la muerte física de alguien o la muerte del amor. Sólo sé que, en el caso de mi primo Moncho, el dolor de la familia es inmenso, pero siempre quedará un gran consuelo: hay mucho dolor porque hay muchísimo amor. Y, como decía Saulo de Tarso, lo más importante es el amor. Finalmente, un deseo: que todo el mundo regrese con energías renovadas, vivo y con amor.
Pero hay otras formas, si cabe aun más tristes, de retorno. Se dice que las vacaciones de verano son un tiempo muy propicio para la ruptura de muchos matrimonios. No es cuestión de analizar ahora las causas, pero es éste un hecho fácil de constatar. No hay muertes físicas, pero es la muerte del amor. Los miembros de la familia siguen vivos, pero el amor está muerto. Dicen que las comparaciones son odiosas y no tratamos de decir si es peor la muerte física de alguien o la muerte del amor. Sólo sé que, en el caso de mi primo Moncho, el dolor de la familia es inmenso, pero siempre quedará un gran consuelo: hay mucho dolor porque hay muchísimo amor. Y, como decía Saulo de Tarso, lo más importante es el amor. Finalmente, un deseo: que todo el mundo regrese con energías renovadas, vivo y con amor.