Hubo una moda, otra más, por la que algunos curas creyeron que modernizar la Iglesia era poner a los boy-scouts con guitarras cantando ‘‘que alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor’’ y sustituir los toques de campana por un megáfono con el ‘Réquiem’ de Mozart o Dvorak, que queda muy culto.
Pero resulta que los pueblos no sabían cuánto faltaba para el comienzo pues las viejas campanas tocaban de diferente manera ‘la primera’ para avisar y media hora después ‘la última’, para dar comienzo ya. Y no distinguían cuando las campanas tocaban a misa de domingo o del día del patrón, cuando la campana mayor volteaba sin parar.
Y jamás un megáfono, aunque en él suene un réquiem, sobrecogerá los corazones de los vecinos como lo hacen las campanas cuando sus toques anuncian el fallecimiento de un vecino, siendo incluso capaces de especificar en qué barrio vivía.
¿Y cómo creará el silencio más triste del mundo al anunciar que acaba de morir un niño, de enviar un ángel a las nubes?
¿Y cómo sustituimos aquel viejo toque de almas que después utilizaban las madres para que los niños regresaran a casa de sus juegos?
Que no, párroco, que no.
Pero resulta que los pueblos no sabían cuánto faltaba para el comienzo pues las viejas campanas tocaban de diferente manera ‘la primera’ para avisar y media hora después ‘la última’, para dar comienzo ya. Y no distinguían cuando las campanas tocaban a misa de domingo o del día del patrón, cuando la campana mayor volteaba sin parar.
Y jamás un megáfono, aunque en él suene un réquiem, sobrecogerá los corazones de los vecinos como lo hacen las campanas cuando sus toques anuncian el fallecimiento de un vecino, siendo incluso capaces de especificar en qué barrio vivía.
¿Y cómo creará el silencio más triste del mundo al anunciar que acaba de morir un niño, de enviar un ángel a las nubes?
¿Y cómo sustituimos aquel viejo toque de almas que después utilizaban las madres para que los niños regresaran a casa de sus juegos?
Que no, párroco, que no.