Cada vez que una nevada asola la montaña leonesa y los medios de comunicación entrevistan a sus vecinos se repite la frase: « ¿Mientras no haya enfermos!».
Hace unos años, cuando dicen nuestros vecinos más viejos que «aquello si que era nevar», la súplica no era que nadie cayera enfermo sino que el medico pudiera llegar. Aquellos sanadores de maletín y conversación, viajeros a caballo o en bicicleta, unos días cirujanos otros días matronas, siempre psicólogos, caminantes cargados de inyecciones de tranquilidad. «Cuando entraba don Heliodoro con aquella barba en el corral se acababa la preocupación», decía un centenario de Andarraso, uno de los pueblos más altos de la provincia, sobre el medico de toda la vida de aquella comarca omañesa.
Fueron cientos. Aquí queda el reflejo de unos pocos que los recuerdan a todos.
La salud que viajaba en escalera, a pie o a caballo
Hace unos años, cuando dicen nuestros vecinos más viejos que «aquello si que era nevar», la súplica no era que nadie cayera enfermo sino que el medico pudiera llegar. Aquellos sanadores de maletín y conversación, viajeros a caballo o en bicicleta, unos días cirujanos otros días matronas, siempre psicólogos, caminantes cargados de inyecciones de tranquilidad. «Cuando entraba don Heliodoro con aquella barba en el corral se acababa la preocupación», decía un centenario de Andarraso, uno de los pueblos más altos de la provincia, sobre el medico de toda la vida de aquella comarca omañesa.
Fueron cientos. Aquí queda el reflejo de unos pocos que los recuerdan a todos.
La salud que viajaba en escalera, a pie o a caballo