Un género de vida
La braña
Quizá fue tener conocimiento de la Carta Puebla otorgada por Alfonso X «a los omes de la tierra de Laciana...», lo que llevó a Víctor de la Serna a llamar a éste «el valle de la libertad». O de lo que tuvo conocimiento el insigne viajero de la ruta de los foramontanos fue tal vez la de la tenaz resistencia de los hombres de esta tierra a dejarse avasallar, ellos y sus pastos, por el conde de Luna.
Desde luego éste no es el único valle leonés que, por idénticos motivos, evoque la libertad.
En cambio sí tiene algo único: las brañas.
«La braña -escribía el viajero citado- es la pradera natural, fresca todo el año, de un verde esmaltado y brillante cuando las praderías del valle están secas y cuando todos los pastizales de España son corno de alambre...». Se equivoca, sin embargo, al describir las brañas corno receptoras de los gran-des rebaños trashumantes de merinas. Otros han cometido el mismo error, incluido el antropólogo Lisón Tolosana.
No. Las merinas no llegaban a las brañas. Eran pastos de verano -branu en bable: ¿de ahí branna, y de aquí braña?-. Pero las brañas eran para ganado vacuno, como dice Florentino A. Díez.
Y eran algo más que lugares adonde llevar el ganado durante el estío. Eran toda una institución lacianiega. Las brañas fueron, durante siglos, un género de vida.
Las «cabanas»
Los pastores de ovejas hacían la vida en chozos. En la braña, en cambio, las cabanas formaban un auténtico poblado. En lugar de rudimentarios chozos, eran construcciones sólidas, de mampostería, con cuadras para estabular el ganado y hasta dos corrales o patios, uno de ellos grande y enlosado (enchabanado). La casa, de una planta, tenía teito de paja o techao de losa, cocina y otras dependencias interiores donde hacían vida cotidiana sus moradores, «noble gente, hospitalaria después de que ha vencido el recelo que les ha nacido de tanto tratar hombres y lobos», según cuenta Víctor de la Serna.
La vida en la braña
En estos lugares la vida comenzaba a ser activa por mayo, empezándose por preparar las cabañas de los desperfectos invernales. El ganado mayor se subía «desde San Miguel de mayo hasta San Miguel de septiembre», tal como establecían las Ordenanzas generales del Concejo.
«La brañera ordeñaba cada día las vacas y bajaba en caballería la leche al pueblo; se ocupaba del cuidado del ganado, decidida a salir «monte arriba o bosque adentro, a libertar a un terral de las garras o las asechanzas de una alimaña» (F. A. Díez); y metida en labor, ella mazaba la leche, hacía quesos y se dedicaba a la limpieza de la cabaña y a encorrar la colada. «A sus labores, junto a las brañeras -relata el mismo Florentino A. Díez, gran divulgador de la vida y costumbres lacianiegas-, los zagales del rincón unían otras que la administración y la mejora de la hacienda requerían y construían fuxas, husos para hilar la lana y el lino; meoles, cuñas o piezas de madera dura para apretar los ejes de las carretas, o escogían los palos adecuados para construir las canas -cañas- de aquéllas; los estanduchos y las talangueiras (armaduras del carro para cargar y transportar el heno seco)».
Días de fiesta
El trabajo ocupaba la mayor parte del tiempo en las brañas. Pero estaba por otro lado el entretenimiento de la cháchara en las veladas nocturnas (calechos, equivalentes a los filandones invernales); y también estaban las fiestas: las salgas de San Juan, después de segar la hierba, que alborotaban las brañas con sones de pandero, garrucha (baile del país), rondas y cortejos, y durante las cuales, según la costumbre, no faltaban para comer los feisuelos.
La braña
Quizá fue tener conocimiento de la Carta Puebla otorgada por Alfonso X «a los omes de la tierra de Laciana...», lo que llevó a Víctor de la Serna a llamar a éste «el valle de la libertad». O de lo que tuvo conocimiento el insigne viajero de la ruta de los foramontanos fue tal vez la de la tenaz resistencia de los hombres de esta tierra a dejarse avasallar, ellos y sus pastos, por el conde de Luna.
Desde luego éste no es el único valle leonés que, por idénticos motivos, evoque la libertad.
En cambio sí tiene algo único: las brañas.
«La braña -escribía el viajero citado- es la pradera natural, fresca todo el año, de un verde esmaltado y brillante cuando las praderías del valle están secas y cuando todos los pastizales de España son corno de alambre...». Se equivoca, sin embargo, al describir las brañas corno receptoras de los gran-des rebaños trashumantes de merinas. Otros han cometido el mismo error, incluido el antropólogo Lisón Tolosana.
No. Las merinas no llegaban a las brañas. Eran pastos de verano -branu en bable: ¿de ahí branna, y de aquí braña?-. Pero las brañas eran para ganado vacuno, como dice Florentino A. Díez.
Y eran algo más que lugares adonde llevar el ganado durante el estío. Eran toda una institución lacianiega. Las brañas fueron, durante siglos, un género de vida.
Las «cabanas»
Los pastores de ovejas hacían la vida en chozos. En la braña, en cambio, las cabanas formaban un auténtico poblado. En lugar de rudimentarios chozos, eran construcciones sólidas, de mampostería, con cuadras para estabular el ganado y hasta dos corrales o patios, uno de ellos grande y enlosado (enchabanado). La casa, de una planta, tenía teito de paja o techao de losa, cocina y otras dependencias interiores donde hacían vida cotidiana sus moradores, «noble gente, hospitalaria después de que ha vencido el recelo que les ha nacido de tanto tratar hombres y lobos», según cuenta Víctor de la Serna.
La vida en la braña
En estos lugares la vida comenzaba a ser activa por mayo, empezándose por preparar las cabañas de los desperfectos invernales. El ganado mayor se subía «desde San Miguel de mayo hasta San Miguel de septiembre», tal como establecían las Ordenanzas generales del Concejo.
«La brañera ordeñaba cada día las vacas y bajaba en caballería la leche al pueblo; se ocupaba del cuidado del ganado, decidida a salir «monte arriba o bosque adentro, a libertar a un terral de las garras o las asechanzas de una alimaña» (F. A. Díez); y metida en labor, ella mazaba la leche, hacía quesos y se dedicaba a la limpieza de la cabaña y a encorrar la colada. «A sus labores, junto a las brañeras -relata el mismo Florentino A. Díez, gran divulgador de la vida y costumbres lacianiegas-, los zagales del rincón unían otras que la administración y la mejora de la hacienda requerían y construían fuxas, husos para hilar la lana y el lino; meoles, cuñas o piezas de madera dura para apretar los ejes de las carretas, o escogían los palos adecuados para construir las canas -cañas- de aquéllas; los estanduchos y las talangueiras (armaduras del carro para cargar y transportar el heno seco)».
Días de fiesta
El trabajo ocupaba la mayor parte del tiempo en las brañas. Pero estaba por otro lado el entretenimiento de la cháchara en las veladas nocturnas (calechos, equivalentes a los filandones invernales); y también estaban las fiestas: las salgas de San Juan, después de segar la hierba, que alborotaban las brañas con sones de pandero, garrucha (baile del país), rondas y cortejos, y durante las cuales, según la costumbre, no faltaban para comer los feisuelos.