No era Delibes muy dado a degustar lo que ya hizo; de hecho, en sus entrevistas era más bien reacio hacia la propia contemplación de su obra; le gustaban las conversaciones lentas; la
amistad y la
familia eran sus gustos, y los buenos libros, el buen tabaco, el
campo abierto, la
caza, el recuerdo de sus
excursiones en
bicicleta en busca de Ángeles en los
veranos de Sedano o de Molledo Portolín. Cuando ya nada de eso fue posible, y cuando notó que la presencia cruel de la enfermedad, de la debilidad
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