Pasada la
casa de la Molinera, aunque el viento era fino y fresco como acostumbraba a ser por aquellas
montañas, el sol ya había subido bastante en el
arco de su recorrido y me sobraba la chaqueta, me la quité, la doblé por la mitad con el forro hacia fuera y con cuidado de no arrugarla demasiado, cogida con indice y pulgar de la mano izquierda que hacían de pinza, quedó colgada sobre mi hombro izquierdo, extendida sobre mi espalda.
Pasados Los Carbones, tenía la opción de seguir por el atajo,
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