CANALES: Un dramón que no veas pero bien, ¿que tal tu jardín?

Un omenaje a todas esas Madres luchadoras con todo el cariño
LIDIA

Es una fría mañana de invierno. La nieve cubre el camino y los tejados de las casas. Ricardo, sentado en una silla junto a la ventana, reposa la cabeza contra los cristales y se deja acariciar por los primeros rayos de sol.
La noche ha sido mala; ya ni puede dormir sentado; el aire no quiere entrar en sus pulmones resecos y acartonados. Son como un fuelle que no quiere abrirse más, y cualquier día se romperán. Sabe que este invierno será el último.
Su madre trae el desayuno; tiene los ojos rojos de no dormir; con una sonrisa, pasa los dedos engarrotados por su pelo y lo besa en la frente. Sus ojos se encuentran...
No tienen nada que decirse; sus miradas se cuentan todo; en ellos las verdades no se pueden ocultar. Lidia sabe lo que pasa; lo ha visto tantas veces que no puede engañarse.
Recuerda el día en que trajeron a su marido muerto. La mina se había hundido y él había quedado atrapado entre el carbón. Le dijeron que no había sufrido, que todo había sido muy rápido. Lo creyó porque era lo mejor para todos. Ya producía bastante sufrimiento saber qué había ocurrido como para imaginar si fue o no doloroso.
No le dieron tiempo para pensar qué sería de su vida y la de sus hijos. A la semana, los encargados de la mina vinieron con una oferta de trabajo: tenía un puesto en el lavadero de carbón, con otras viudas. Además, le ayudarían a sacar sus hijos adelante hasta la edad de catorce años. Después, ya se vería qué se podía hacer.
Era un trabajo duro en el verano y doloroso en invierno: todo el día mojada, con el frío, el agua o la nieve cayendo encima. Pero no le importaban las inclemencias del tiempo; sólo el trabajo y su familia, a la que iba sacando adelante.
Cuando llegaba a casa, le ayudaban sus hijos, que habían vuelto del colegio, y entre todos disponían la cena.
Después, ella preparaba la comida del día siguiente, cogía su caja de costura y se ponía a repasar la ropa. Siempre hay algo que arreglar: ropa del mayor para los pequeños, ropa que le han dado para el mayor... Y la noche va pasando...
Algunas veces levanta los ojos y mira a sus hijos que hacen los deberes de la escuela. Cuando los ve dudando por algo que no saben, aprieta con rabia el dedal contra la aguja. Ella apenas sabe leer ni escribir y se hace la promesa de que sus hijos tendrán estudios y que nunca..., nunca pisarán una mina.
* * *
El tiempo pasa rápido Lidia sigue trabajando en el lavadero. Su hijo mayor hace una semana que cumplió los catorce años y el patrón le ha ofrecido un trabajo. Se ha pasado las noches hablando con el muchacho de lo que pueden hacer; los dos saben que si quieren que los pequeños vivan mejor, él tendrá que ser polvo y tierra en vida.
Por la mañana Lidia ve a su hijo a la entrada de la mina con el candil al hombro y de sus ojos caen unas lágrimas que le queman las mejillas, pero que sólo sirven para mojar aún más sus manos engarrotadas por el frío...

* * *

¡Qué lejano queda todo! Únicamente el recuerdo y las visitas de sus hijos más pequeños, ya casados y con un puesto de trabajo lejos del pueblo, la vuelven al pasado.
Ella y Ricardo hace tiempo que viven solos. Han tenido unos años de descanso; los dos están jubilados: ella, anciana y él, joven. Hablan... Pasean... Se ríen... Y esperan.
Hace un rato que se ha hecho de noche. Madre e hijo miran por la ventana. El cielo está estrellado. Está helando y de los tejados cuelgan unos grandes chuzos de cristal. Quizás esta noche él pueda dormir tranquilo. El aire es frío y los pulmones se esponjan como queriendo tragárselo todo...
Una estrella fugaz cruza el cielo y madre e hijo se cogen de la mano y dicen: “Pidamos un deseo...”

Mº LUISA BLANCO

Me he emocionado con este relato. Su lectura hace que afloren los recuerdos de aquella época. Quizás yo no la viví con toda esa crudeza, pero si llegó a salpicarme. Hoy se da uno cuenta del sufrimiento que llegaban a pasar las familias de entonces por sobrevivir, mas que por vivir. Ya hubieran querido ellos para si la crisis de la que ahora nos quejamos. Eso demuestra que no es verdad el dicho ese de que cualquier tiempo pasado fué mejor. No para nosotros, no para ellos, no para nuestro pueblo.

Buenas noches Carmina. ¿Aún estas ahí?

Si Yoli, aqui estoy.
Que tal la obra?

Un dramón que no veas pero bien, ¿que tal tu jardín?
Respuestas ya existentes para el anterior mensaje:
No me cunde nada. Estoy cansada de regar, sulfatar, quitar hierbajos, recortar bordes. Demasiado para mi sóla.