os diarios encarnan las dos Españas: El País y El Mundo. El primero es la expresión de la socialdemocracia; el segundo es la representación del neoliberalismo. El domingo, mientras regresaba de la Madre Patria, me dieron en el avión dos ejemplares. El País abría su edición con un reportaje sobre Felipe González y su histórico gabinete. El Mundo lo hacía con una entrevista a José María Aznar. El hecho me pareció triste y significativo: a falta de líderes, en medio de una profunda crisis de representación y una desazón generalizada, los españoles ponían en primera plana las caras de dos hombres exitosos del pasado. Si uno pudiera captar la expresión imaginaria de los lectores de esas dos veredas eternamente enfrentadas, escucharía un rumor melancólico: "Nunca fuimos tan felices como cuando gobernaba este señor. ¿No podría venir en nuestro rescate?" El sino de la orfandad política está impreso en esta casualidad editorial. Y puede palparse en las calles: hay indignados activos y pasivos hablando pestes contra todos los políticos. El PP es blanco de feroces críticas por sus ajustes, y el PSOE, por la traición y el fracaso.