¿Quién no se ha hecho todavía una foto en la 'Vieja negrilla'? | B. Moreno
Llegó por primera vez a la plaza de Santo Domingo en diciembre de 1997
La segunda vez se hizo en bronce para que los niños pudieran subirse a ella
Eloísa Otero | León
Actualizado lunes 09/01/2012 11:13 horasDisminuye el tamaño del texto Aumenta el tamaño del texto Comentarios 0
La 'vieja negrilla' es sin duda la estatua más entrañable y humana de León. Y la más solicitada por los ciudadanos y turistas para hacerse fotos junto a ella. A los niños pequeños les encanta –algo que "emociona" de verdad a Amancio González, el artista que la creó– y muchos jóvenes y adolescentes la han convertido en su punto de citas y encuentro, otorgándole nombres como 'el ogro', 'el gigantón'...
La escultura más emblemática de León, además, parece tener vida propia. Como apunta Javier Tascón –autor de un libro aún inédito sobre la historia de esta pieza–: "Este gigante ha vivido dos vidas". O dicho de otra forma: llegó por primera vez a la plaza de Santo Domingo en diciembre de 1997, donde permaneció diez años, hasta que un conductor ebrio se empotró contra ella en 2007. Amancio González modeló entonces la figura de nuevo y, gracias al patrocinio de Renfe, la nueva 'negrilla' se volvió a colocar en el mismo lugar en 2009. Con una diferencia: la segunda vez se hizo en bronce –la anterior era de hormigón–, "para que los niños pudieran subirse a ella y jugar, como hacía yo de pequeño con la vieja negrilla de mi pueblo", recuerda Amancio.
El escultor cuenta que el nombre, 'Vieja negrilla', lo tomó "de un árbol gigante que hay en Villahibiera de Rueda, el pueblo de mi infancia, y que en realidad es un olmo pero aquí, en León, a los olmos se les llama 'negrillos' y cuando alguno de ellos se hace muy grande entonces se les llama 'negrillas' o 'negrillones', como en Boñar".
El árbol de sus recuerdos era muy viejo, "en el pueblo siempre se decía que tenía más de 500 años, y era tan grande que entre cuatro personas apenas lo abarcaban, pero su interior estaba hueco y cuando yo era pequeño jugaba con otros niños a acceder a su interior, a través de un agujero que tiene, y subíamos a su copa desde dentro, y así pasábamos muchas tardes y ratos, jugando allí".
Años después se extendió por toda Europa la 'grafiosis', una enfermedad que afecta solo al 'olmus nigra', "un hongo cruel que se cuela en el árbol e impide que la savia llegue a las hojas". Al olmo de Villahibiera también le afectó la grafiosis y Amancio recuerda que "su muerte fue lenta, de asfixia".
Sin embargo, la relación de la escultura de Santo Domingo con la negrilla de Villahibiera se le ocurrió a Amancio años después de haber realizado la segunda versión de la pieza, en bronce, con la idea de que los niños pudieran subirse a ella, sin peligro, y jugar como él jugaba en su pueblo, metiéndose dentro del viejo olmo.
"El acceso a la figura, como si te fueras a introducir en aquel árbol, está claro. Uno de los grandes brazos de esta escultura descansa sobre el suelo y sus dedos que miran hacia el sol simbolizan los últimos brotes, el último aliento, el gigante que se agarra a la vida. Su otro brazo, el que impide el paso, tiene los dedos mirando hacia la tierra, la señalan, simbolizan las raíces, quieren clavarse en ella pero no pueden". Y añade el artista leonés: "Parece que este gigante siempre está triste pero es mentira, a los niños ya les digo yo que se fijen bien, ya que si se suben a él verán como cambia su rostro".
Llegó por primera vez a la plaza de Santo Domingo en diciembre de 1997
La segunda vez se hizo en bronce para que los niños pudieran subirse a ella
Eloísa Otero | León
Actualizado lunes 09/01/2012 11:13 horasDisminuye el tamaño del texto Aumenta el tamaño del texto Comentarios 0
La 'vieja negrilla' es sin duda la estatua más entrañable y humana de León. Y la más solicitada por los ciudadanos y turistas para hacerse fotos junto a ella. A los niños pequeños les encanta –algo que "emociona" de verdad a Amancio González, el artista que la creó– y muchos jóvenes y adolescentes la han convertido en su punto de citas y encuentro, otorgándole nombres como 'el ogro', 'el gigantón'...
La escultura más emblemática de León, además, parece tener vida propia. Como apunta Javier Tascón –autor de un libro aún inédito sobre la historia de esta pieza–: "Este gigante ha vivido dos vidas". O dicho de otra forma: llegó por primera vez a la plaza de Santo Domingo en diciembre de 1997, donde permaneció diez años, hasta que un conductor ebrio se empotró contra ella en 2007. Amancio González modeló entonces la figura de nuevo y, gracias al patrocinio de Renfe, la nueva 'negrilla' se volvió a colocar en el mismo lugar en 2009. Con una diferencia: la segunda vez se hizo en bronce –la anterior era de hormigón–, "para que los niños pudieran subirse a ella y jugar, como hacía yo de pequeño con la vieja negrilla de mi pueblo", recuerda Amancio.
El escultor cuenta que el nombre, 'Vieja negrilla', lo tomó "de un árbol gigante que hay en Villahibiera de Rueda, el pueblo de mi infancia, y que en realidad es un olmo pero aquí, en León, a los olmos se les llama 'negrillos' y cuando alguno de ellos se hace muy grande entonces se les llama 'negrillas' o 'negrillones', como en Boñar".
El árbol de sus recuerdos era muy viejo, "en el pueblo siempre se decía que tenía más de 500 años, y era tan grande que entre cuatro personas apenas lo abarcaban, pero su interior estaba hueco y cuando yo era pequeño jugaba con otros niños a acceder a su interior, a través de un agujero que tiene, y subíamos a su copa desde dentro, y así pasábamos muchas tardes y ratos, jugando allí".
Años después se extendió por toda Europa la 'grafiosis', una enfermedad que afecta solo al 'olmus nigra', "un hongo cruel que se cuela en el árbol e impide que la savia llegue a las hojas". Al olmo de Villahibiera también le afectó la grafiosis y Amancio recuerda que "su muerte fue lenta, de asfixia".
Sin embargo, la relación de la escultura de Santo Domingo con la negrilla de Villahibiera se le ocurrió a Amancio años después de haber realizado la segunda versión de la pieza, en bronce, con la idea de que los niños pudieran subirse a ella, sin peligro, y jugar como él jugaba en su pueblo, metiéndose dentro del viejo olmo.
"El acceso a la figura, como si te fueras a introducir en aquel árbol, está claro. Uno de los grandes brazos de esta escultura descansa sobre el suelo y sus dedos que miran hacia el sol simbolizan los últimos brotes, el último aliento, el gigante que se agarra a la vida. Su otro brazo, el que impide el paso, tiene los dedos mirando hacia la tierra, la señalan, simbolizan las raíces, quieren clavarse en ella pero no pueden". Y añade el artista leonés: "Parece que este gigante siempre está triste pero es mentira, a los niños ya les digo yo que se fijen bien, ya que si se suben a él verán como cambia su rostro".