CANALES: Ya que os he contado cómo se esquilaban en casa las...

Ya que os he contado cómo se esquilaban en casa las ovejas os voy a decir lo que se hacía con la lana. Lo primero había que lavarla, y vaya trabajíto! Aquella lana, que mientras estaba en el cuero de sus dueñas era revolcada en el estiércol de la corte día tras día, soltaba el agua de remojo donde se ponía primero de un color oscuro y espeso como el chocolate y eso a pesar de que mi abuela ya se había encargado de cortar bien todas las “cascarrias”. Había que darle varias aguas llenando el balde con cubos de agua sacados del pozo o con la bomba de sifón que había en la cocina antes de ponerle el jabón y llevarla a aclarar a la presa. Aquellos baldes con la lana en remojo, pesaban demasiado así que había que llevarlos en la carretilla hasta el arroyo. Allí se lavaba una y otra vez, por partes, con cuidado de que no se escaparan trozos y quitando todas las inmundicias prendidas entre la lana. Se dejaba escurrir y se iba poniendo a secar sobre una sábana extendida encima de los espinos de la sebe. A la bajera de la presa había un remanso hecho con piedras, palos y tapines, donde recogíamos los trozos que se habían escapado y que se quedaban retenidos allí.
Una vez seca, quedaba tan blanca y esponjosa que no se parecía en nada a la de antes, bueno, siempre que fuera de ovejas blancas, porque de vez en cuando también salía alguna oveja negra, pero las menos. Se guardaba en sacos hechos para la ocasión con alguna sábana vieja, esperando su destino final. En ocasiones se mandaba la cantidad necesaria a Palencia, para cambiarla por aquellas mantas palentinas que muchos recordamos, pesadas pero calientes y eternas. Alguna se destinaba a hilar para luego hacer chaquetas o calcetines, que se teñían en distintos colores, casi siempre verde o azul, salvo cuando se hilaba la lana negra, en realidad era marrón, que entonces se mezclaba con la blanca dando lugar luego a un tejido jaspeado precioso. El resto, si es que quedaba, se empleaba para hacer colchones o para rehacer los existentes cuando les llegaba la hora de lavarlos, cosa que debería suceder por lo menos una vez al año durante el buen tiempo, aunque no siempre se podía.