EL ESQUILEO
Entre mis recuerdos de infancia tengo uno muy nítido, a mi abuela esquilando las ovejas debajo del corredor de la casa. En primavera, antes de que llegue el calor, se les quita la lana para que pasen un verano fresquito y les dé tiempo a que les crezca de nuevo para pasar el duro invierno. Es la época de la “esquila”, que se repite cada año, no tanto para la comodidad del animal como para obtener su preciado producto, la lana, sobretodo en aquellos tiempos en que no existían las fibras sintéticas y dependías de ella para confeccionar prendas de vestir, chaquetas, jerseys, calcetines, y para otras cosas tan imprescindibles como eran los colchones y mantas.
Esquilar…algunos ni siquiera habréis oído la palabra, y ahora difícilmente se puede presenciar en directo, por eso yo me siento privilegiada de haberlo vivido, incluso de haber colaborado en algunos de los trabajos que conlleva, aunque en aquellos días, no me sentara demasiado bien el trabajito, ya se sabe, lo que parece una diversión ya no lo es tanto cuando se convierte en obligación.
Mi abuela tenía dos pares de tijeras apropiadas para la labor, si es que se les puede llamar tijeras, no se parecían casi en nada a las tijeras tradicionales, y que sólo empleaba para esquilar, bueno… y para cortar la grasa del cerdo para hacer las morcillas. Eran enormes, de mas de treinta centímetros de largas y con las hojas anchas, en lugar de agujeros para los dedos estaban unidas por atrás, y para que funcionaran se apretaba y se soltaba con toda la mano agarrándolas por el centro donde tenían una especie de muelle. Ella se preocupaba de tenerlas bien afiladas, cosa que le encargaba al afilador que solía pasar por el pueblo de vez en cuando, con su rueda y su chiflo anunciándose.
Esquilar una oveja es un trabajo arduo, normalmente cosa de hombres, pero si en casa no los había o estaban ocupados en otras faenas, y tampoco había con que pagar un esquilador pues no había otro remedio que hacerlo uno mismo, mi abuela en este caso, a veces vi a mi madre que le echaba una mano.
. Mi abuela después de sujetar bien el animal atándole las patas, la ponía panza arriba y empezaba por la barriga e iba cortando todo seguido dando la vuelta con el fin de que saliera el vellón entero. Desde lejos se sentía el clic clic rítmico y continuado que hacían las tijeras. Este sonido se paraba cuando al arrimarlas tanto a la piel no podía por menos de pellizcarla alguna vez con la punta de las tijeras, hasta hacerle sangre. Cuando esto sucedía untaba la “matadura” con aceite que tenía preparada para tal efecto en un pocillo de café. Cuando ya llevaba unas cuantas, el dolor de riñones era tremendo de estar agachada, así que a veces para poder seguir recurría a hacer el trabajo con el bicho encima de una mesa, pero allí no era tan manejable como en el suelo.
Cada vez que acababa con una, el vellón se cerraba, envolviéndole sobre si mismo, metiendo dentro todos los trozos pequeños sueltos, y se apilaban y guardaban hasta el momento del lavado, secado y vareado, necesarios antes de poder utilizarlos.
Pero no vamos a hacer todo el trabajo en un día, eso ya os lo contaré en otra ocasión.
Entre mis recuerdos de infancia tengo uno muy nítido, a mi abuela esquilando las ovejas debajo del corredor de la casa. En primavera, antes de que llegue el calor, se les quita la lana para que pasen un verano fresquito y les dé tiempo a que les crezca de nuevo para pasar el duro invierno. Es la época de la “esquila”, que se repite cada año, no tanto para la comodidad del animal como para obtener su preciado producto, la lana, sobretodo en aquellos tiempos en que no existían las fibras sintéticas y dependías de ella para confeccionar prendas de vestir, chaquetas, jerseys, calcetines, y para otras cosas tan imprescindibles como eran los colchones y mantas.
Esquilar…algunos ni siquiera habréis oído la palabra, y ahora difícilmente se puede presenciar en directo, por eso yo me siento privilegiada de haberlo vivido, incluso de haber colaborado en algunos de los trabajos que conlleva, aunque en aquellos días, no me sentara demasiado bien el trabajito, ya se sabe, lo que parece una diversión ya no lo es tanto cuando se convierte en obligación.
Mi abuela tenía dos pares de tijeras apropiadas para la labor, si es que se les puede llamar tijeras, no se parecían casi en nada a las tijeras tradicionales, y que sólo empleaba para esquilar, bueno… y para cortar la grasa del cerdo para hacer las morcillas. Eran enormes, de mas de treinta centímetros de largas y con las hojas anchas, en lugar de agujeros para los dedos estaban unidas por atrás, y para que funcionaran se apretaba y se soltaba con toda la mano agarrándolas por el centro donde tenían una especie de muelle. Ella se preocupaba de tenerlas bien afiladas, cosa que le encargaba al afilador que solía pasar por el pueblo de vez en cuando, con su rueda y su chiflo anunciándose.
Esquilar una oveja es un trabajo arduo, normalmente cosa de hombres, pero si en casa no los había o estaban ocupados en otras faenas, y tampoco había con que pagar un esquilador pues no había otro remedio que hacerlo uno mismo, mi abuela en este caso, a veces vi a mi madre que le echaba una mano.
. Mi abuela después de sujetar bien el animal atándole las patas, la ponía panza arriba y empezaba por la barriga e iba cortando todo seguido dando la vuelta con el fin de que saliera el vellón entero. Desde lejos se sentía el clic clic rítmico y continuado que hacían las tijeras. Este sonido se paraba cuando al arrimarlas tanto a la piel no podía por menos de pellizcarla alguna vez con la punta de las tijeras, hasta hacerle sangre. Cuando esto sucedía untaba la “matadura” con aceite que tenía preparada para tal efecto en un pocillo de café. Cuando ya llevaba unas cuantas, el dolor de riñones era tremendo de estar agachada, así que a veces para poder seguir recurría a hacer el trabajo con el bicho encima de una mesa, pero allí no era tan manejable como en el suelo.
Cada vez que acababa con una, el vellón se cerraba, envolviéndole sobre si mismo, metiendo dentro todos los trozos pequeños sueltos, y se apilaban y guardaban hasta el momento del lavado, secado y vareado, necesarios antes de poder utilizarlos.
Pero no vamos a hacer todo el trabajo en un día, eso ya os lo contaré en otra ocasión.