......
Gira y gira a su ritmo, volteando castañas, que estallan al bascular, con un mugido sordo, entre las palmas abiertas de las llamas.
- ¡Ya están!, grita el diestro operador.
Y un chorro denso y negruzco, de castañas descortezadas, va cayendo en las escudilla de
madera.
El equipo de recias mozas casaderas, se moviliza. Danzan inconscientes, un hermoso ballet, mientras organizan a los comensales. Del gran vasal del fregadero van llevando a cada uno su cazuela, su vaso, su plato... a gusto del consumidor. Hay quien toma las castañas migadas en leche. Una gran "zapica" nueva, recién ordeñada, invita a quienes la prefieren así, al natural, a disfrazarse de Papá Noei, con bigotes de espuma. Hay quien la prefiere "debura" y va al zaguán a descolgar una natera. Y la tía Elvira, quien preside hierático, desde su sillón de paja, de alto respaldo, sentencia en falsete:
- ¡A los niños, hervida!
Pero yace también, acostado como un animal doméstico, el pellejo de vino, sobre el arcón. La mayor parte de los hombres, moja siempre en tintorro de Valdevimbre.
- ¡Abrid la "colambre"!, es la voz del tío Ricardo, que, como anfitrión, no pierde detalle, para que todo salga como se debe.
Hay un revuelo alegre de cucharas de palo, ollas de cerámica de Pereruela, escudillas talladas a mano, junto a tanques con asa; de aluminio, o de porcelana desmochado. Algo de los lejanos hombres de Covadonga, que se cobijaban juntos al socaire, por estas montañas. También ahora, pared por medio, duerme la vacada. En algún silencio, f ue de programa, ase oye el golpe de una cadena contra el pesebre, o el resoplido que interrumpe el rumiar.
La rueca, por estos años, sólo algunas veteranas de la tribu saben manejarla bien. Los copos de lana- blancos o negros- son entre sus dedos como caolín en las del alfarero. El grumo vaporoso se va convirtiendo en hilo y en madeja, aspada en torno al huso de fresno, como una extraña mazorca.
Aparte el resplandor de la lumbre, dos "carburos", colocados en diagonal, esclarecen la oscura cocina. Y al mismo tiempo, decoran el fondo con sus lancetas de luz, como diminutas hojas de olivo incandescentes. Y dan a ese retablo navideño, contraluces azul y plata. Y un olor acre evoca en los pequeños leyendas de mineros.
Pase el invierno siguiente en el Valle del Silencio, en un pueblo berciano. Bajo la Guiana nevada y las ruinas románticas de monasterios medievales, derruídos. Allí comprobé que la fábula "Cuentan de un sabio que un día...," es verdad. Allí vi alumbrar las viejas cocinas, con ramas secas y peladas, de brezo. Entrelazadas en las pregancias, las iban reponiendo, al agotarse, como carbones vegetales de un arco voltaico.
Ante mi mirada atónita, el dueño me dijo: - ¡Son "aguzos"!
Esto, más o menos niños, es el calecho...
Gira y gira a su ritmo, volteando castañas, que estallan al bascular, con un mugido sordo, entre las palmas abiertas de las llamas.
- ¡Ya están!, grita el diestro operador.
Y un chorro denso y negruzco, de castañas descortezadas, va cayendo en las escudilla de
madera.
El equipo de recias mozas casaderas, se moviliza. Danzan inconscientes, un hermoso ballet, mientras organizan a los comensales. Del gran vasal del fregadero van llevando a cada uno su cazuela, su vaso, su plato... a gusto del consumidor. Hay quien toma las castañas migadas en leche. Una gran "zapica" nueva, recién ordeñada, invita a quienes la prefieren así, al natural, a disfrazarse de Papá Noei, con bigotes de espuma. Hay quien la prefiere "debura" y va al zaguán a descolgar una natera. Y la tía Elvira, quien preside hierático, desde su sillón de paja, de alto respaldo, sentencia en falsete:
- ¡A los niños, hervida!
Pero yace también, acostado como un animal doméstico, el pellejo de vino, sobre el arcón. La mayor parte de los hombres, moja siempre en tintorro de Valdevimbre.
- ¡Abrid la "colambre"!, es la voz del tío Ricardo, que, como anfitrión, no pierde detalle, para que todo salga como se debe.
Hay un revuelo alegre de cucharas de palo, ollas de cerámica de Pereruela, escudillas talladas a mano, junto a tanques con asa; de aluminio, o de porcelana desmochado. Algo de los lejanos hombres de Covadonga, que se cobijaban juntos al socaire, por estas montañas. También ahora, pared por medio, duerme la vacada. En algún silencio, f ue de programa, ase oye el golpe de una cadena contra el pesebre, o el resoplido que interrumpe el rumiar.
La rueca, por estos años, sólo algunas veteranas de la tribu saben manejarla bien. Los copos de lana- blancos o negros- son entre sus dedos como caolín en las del alfarero. El grumo vaporoso se va convirtiendo en hilo y en madeja, aspada en torno al huso de fresno, como una extraña mazorca.
Aparte el resplandor de la lumbre, dos "carburos", colocados en diagonal, esclarecen la oscura cocina. Y al mismo tiempo, decoran el fondo con sus lancetas de luz, como diminutas hojas de olivo incandescentes. Y dan a ese retablo navideño, contraluces azul y plata. Y un olor acre evoca en los pequeños leyendas de mineros.
Pase el invierno siguiente en el Valle del Silencio, en un pueblo berciano. Bajo la Guiana nevada y las ruinas románticas de monasterios medievales, derruídos. Allí comprobé que la fábula "Cuentan de un sabio que un día...," es verdad. Allí vi alumbrar las viejas cocinas, con ramas secas y peladas, de brezo. Entrelazadas en las pregancias, las iban reponiendo, al agotarse, como carbones vegetales de un arco voltaico.
Ante mi mirada atónita, el dueño me dijo: - ¡Son "aguzos"!
Esto, más o menos niños, es el calecho...