y creyendo invadidos por el hielo
aquellos pies tan lindos,
desdoblando mi manta zamorana
que tenía más borlas verde y grana
que todos los cerezos y los guindos
que en Zamora se crían
cual sí fuese una madre cuidadosa
con la cabeza ya vertiginosa
le tapé aquellos pies, que bien podrían
ocultarse en el cáliz de una rosa. ¡QUE FRIO!