Tras mucho preguntar, hablar (y dar propinas), finalmente en alguna casa nos mostraron pequeños trozos de estuco pintado arrancado de las tumbas; el resto de lo que hubieran extraído (lo que posiblemente "alguien" seguiría haciendo), habían ido a manos de los peristas que hacían de intermediarios con las redes del tráfico ilegal de antigüedades. Dichas redes se encargarían de mandar fuera del país lo más interesante, mientras que comerciantes locales (como el que había visitado) venderían el resto.