El griego Luciano (120-180 a. C.) nos dejó la descripción de una bella alhaja en Hierápolis (Siria), que estaba engarzada en una cabeza de oro de la diosa Hera, de la cual "... emanaba una gran luz...", tanto que..."... el templo resplandecía como si hubiese estado iluminado con una miríada de cirios...". Luciano no nos dejó revelada la explicación a este misterio, pues los sacerdotes se negaron a descubrirle el secreto.