Después de que los terrenos inundados afloraran, era necesario volver a medir y señalar las lindes, tarea que realizaban los escribas. Tras esto, el cabeza de familia trabajaba la tierra, llevando un arado de madera del que tiraba una pareja de bueyes dirigidos por un niño, y detrás el resto de la familia sembraba el grano, proporcionado por los almacenes del Estado.