Alcanzar la proximidad del dios y llegar a ser uno de ellos era el máximo anhelo del egipcio para su vida tras la muerte. Esta unión se realizaba siempre que el difunto hubiera pasado con éxito el Juicio de los Muertos y si tenía un cuerpo incorrupto que pudiese alojar su alma. De hecho, uno de los peores castigos era arrojar los cadáveres al agua o al fuego, como ocurrió con los cómplices del golpe de Estado intentado por el Príncipe Pentaur.