CANALES: Hablando de echar palos de roble, virtuales por supuesto,...

Hablando de echar palos de roble, virtuales por supuesto, al fuego del calecho, me vienen a la memoria aquellos otros, los de verdad, los de la Fullosa o la Matagrande o de cualquier otro de los montes que rodean y acunan nuestro querido pueblo.
Y recuerdo con nostalgia aquellos dias del otoño de mis años infantiles en que la recogida de la “hoja” y la leña para ayudar en el frio y duro invierno, eran una de las principales tareas de nuestra gente. El pueblo, a pesar de la explotación de las minas, era agrícola y ganadero. El carbón ayudaba a mantener el fuego, pero la base estaba en la leña de roble.
Hoy dia se siguen echando” suertes”, es decir, se sortea entre todos los vecinos que lo han solicitado y que han pagado por ello una cantidad, que yo diría que es simbólica. Cada año un monte diferente, para dar lugar a la recuperación. Se parcela y se numera. Cada uno la que le toque. Unos años mejor y otros no tan buena. Ahora no tiene mucha importancia, se limitan a cortar con la motosierra y bajar en el tractor los troncos pelados de ramas y hojas, que luego se parten en casa mas pequeños para alimentar las cocinas y las chimeneas. Ha perdido el encanto de antaño.
Entonces era mucho mas trabajoso, pero con mucho mas provecho. Se cortaba con hacha y con hoz, luego se apilaba en el carro con cuidado, repartiendo la carga de modo que al bajar por las “roderas” no se “baltara”, cosa que pasaba con relativa frecuencia a pesar de las “trechas” y las precauciones, lo mismo que quedarse “atollado” en los caminos debido al peso y a la blandura del suelo si habia llovido. No voy a describir el trabajo añadido si cualquiera de estas dos cosas sucedia en el trayecto.
Una vez en casa, descargada en montones se iba seleccionando, partiendo las ramas con hojas, se hacian fejes, “fullacos”, que una vez secos (no demasiado para que no perdieran las hojas) se apilaban en la “tenada”y que servirian para alimentar las cabras y las ovejas, cuando el frio y la nieve no las dejaba salir al monte. Una vez repelados por los animales, las ramitas secas se partian y servian para encender el fuego. Los troncos mas grandes se apilaban en el “leñero”, esperando su turno. Cada dia se partian los que se necesitaban para mantener la cocina encendida.
Para los mayores era una obligación y un duro trabajo, pero para los mas pequeños era un motivo mas de diversión. Los “fullacos” se dejaban un tiempo derechos, que secaran un poco para que luego no se pudrieran. Aquellas hileras de fejes de hoja bordeando el corral, la plazoleta, las paredes de las viviendas, etc, desprendian un olor característico que aún hoy despues de los muchos años pasados me parece sentir y suponian los mejores “escondites” para el susodicho juego. Parece ser que tambien para otros juegos menos inocentes, protagonizados por los mas “mayores”, por lo que mas de uno se llevó una buena reprimenda y algún azote, pero eso…mejor olvidarlo.
Carmina