Cuando las últimas nieves del
invierno se habían derretido y los grandes barrizales de los
caminos habían dejado de ser auténticos atolladeros, era una verdadera liberación poder dirigirse a los
campos o subir al páramo y contemplar el horizonte por los cuatro puntos cardinales a la misma altura de la cabeza.
La inmensa
bóveda del
cielo en modo alguno causaba la impresión de sobrecogimiento, sino más bien de libertad y de impulso a recorrer con la imaginación hasta donde la vista llegaba a dominar.
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