El caserío de pueblo parece una isla en medio del verdor que lo rodea.
Vida de color en medio de las hierbas silvestres.
Todo un recuerdo de las viñas que en su día se cultivaban en el pueblo para producir el vino que consumía cada familia durante todo el año. ¡Qué tiempos aquellos!
Cada vez que subimos por los escalones de tierra y reborde de piedra, no encontramos de frente con esta pulida fachada de la iglesia parroquial.
Espero llegar a ser tan longevo como mi antecesor en este hueco.
Su autor, el P. Dionisio Cueva, ya no está entre nosotros.
Verdor de los árboles de El Plantío.
El cableado eléctrico surca las calles de la localidad; necesario pero muy poco estético.
Entre las ramas de estos árboles se divisa la silueta inconfundible de la iglesia local.
Rastrojo de cereal después de ser cosechado el campo.
Acelga nacida sola; alimento para gorriones y otras aves mientras su dueña no está en el pueblo.
Calle que nos lleva hacia en centro de la localidad.
A la izquierda -fuera de la foto- la casa del Maestro.
El centro del pueblo: lugar privilegiado para enterarse de quién llegaba al pueblo o de qué vendedor se trataba.
Calle solitaria del barrio de El Castillo.

Por cierto ¿alguien sabe dónde estuvo el dichoso castillo de la villa?
¿Quién no recuerda las gruesa barandillas de cemento del puente antes de que pusieran las metálicas?