Y es por eso que los inverosímiles montones de líneas
que por necesidad llené, para salvarme,
doloroso retrato me son de mi fracaso,
y sólo falta que al fracaso de uno
venga otro y le dé aplausos, que aquel más en la esquina
encuentre muy graciosos los tipos de mis versos
y que otro con cara de simpático afirme con vehemencia
que además de gustarle lo ha entendido.
Y un poeta no quiere ser gustado ni entendido
ni sorbido; un poeta, señores, lo que quiere
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Pero estas cosas hay que despacharlas y decirlas
muy velozmente y con cautela, no sea que la cándida
mediocridad de algún sagaz
dictamine conpresura
que lo que estamos
en esos momentos haciendo
nosotros es y para colmo bien
literatura. ¿Y cómo puede ser que no se sepa
que a los poetas verdaderos la literatura
no nos importó nunca en exceso
y que probablemente nos hacemos
aún más verdaderos cuando ésta
no sólo se nos cae
invariablemente de los dedos sino que hasta
nos fastidia y nos fatiga?
Aunque un poco antes o justo
en esos momentos, a pesar nuestro
y contra nosotros mismos
habremos tal vez dejado
como azufre escritos
algunos gestos.
¿Para qué?
Pues
para nada.
O para la soledad
y para la historia
ese nombre que recibe
la soledad más tarde.
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