Antes, cuando nadie se planteaba -la cosa no estaba para esas reflexiones-, por qué la cabeza del Pantocrator decapitado había sido sustituida posteriormente por una cabeza de
Virgen coronada, auxiliadora de la augusta figura masculina, la
iglesia convocaba a sus fieles una vez por semana, el domingo, para la misa. Acudían todos. Las abuelas, siempre de negro, cambiaban el delantal un poco parduzco, el pañuelo polvoriento y la toquilla de lana por una pieza de sustitución nueva que sólo ellas sabían
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