No hace mucho en un almuerzo memorable en Madrid, que celebré en el restaurante ‘La Romana’ dirigido por el magnífico chef Jesús Gutiérrez Galindo junto a su esposa Pilar Hernández Gómez, una magnífica somelier, con motivo del nacimiento de mi libro 'Historia de la Cocina Occidental', y donde tuve ocasión de comer, entre otros muchos deliciosos platos, un salmorejo de garbanzos con verduras asadas y caviar (Al final de este artículo podrá ver su fórmula por si quieren degustarla algún día), que desde el primer momento me dejó en la boca ese sabor característico que permanece en el tiempo. Sin ser un gran catador de este manjar, por cuestiones puramente morales, le pregunté a mi amigo Jesús la procedencia del producto y ante mi sorpresa me trajo una lata de caviar en la que se podía leer que estaba manufacturada en Riofrío (Loja, Granada, España), en ese momento me llegaron recuerdos agradables de mi pasado, cuando la piscifactoría, que conocía, estaba casi en sus comienzos y sólo criaban truchas; de mis viajes a la capital de la Alambra y de cómo retrasaba mi salida de Sevilla para hacer coincidir mi paso por el criadero de estos peces a la hora del aperitivo, a eso de la una de la tarde, para hacer una parada y elegir una pieza en la piscina, la cual era pescada con una red parecida a esas que se utilizan para cazar mariposas, y que me preparaban a la navarra, con una buena loncha de jamón de la serranía de Ronda enterrada en sus entrañas, la cual me comía acompañada de una cerveza granadina, no diré la marca, de una mediana calidad, sobre todo teniendo en cuenta que la que se hacía, y hace, en Sevilla es de las mejores del mundo. Era principios de los años setenta del pasado siglo y en nuestro país tomar trucha no era algo corriente, todavía no se había comercializado y sólo los pescadores de los ríos norteños tenían el privilegio de saborearlas.
Hablando del esturión y sus huevas he de aclarar que España era de las mayores productoras de caviar del mundo, siendo su calidad muy apreciada, tanto es así que, si la memoria no me falla, fue premiada con una medalla de oro en la Exposición Universal de París que se celebró en el año 1925, algo que no he contrastado confiando en mi cada día peor memoria, y con la asistencia del entonces rey Alfonso XIII.