La fuerza con la que aplicaba cada uno de los correctivos, te hacía consciente de la gravedad de la trasgresión. Si el caso lo requería, después de ser acariciado con la regla, venían los castigos que casi siempre pasaban por estar un buen rato de rodillas. O días enteros, como me pasó a mí en una ocasión según se cuenta en el post Por si acaso. Podía agravarse el castigo poniendo los brazos extendidos en cruz y, si el incidente era extremadamente grave, con un libro grueso en cada mano. El lugar ... (ver texto completo)
A partir de la primera media hora, estar de rodillas era una tortura, por mucho entrenamiento que tuviéramos en arrodillarnos en la iglesia con tanta Misa y tanto Rosario a los que entonces asistíamos. Cuando creíamos que el maestro no nos veía, nos sentábamos sobre los talones con lo que entonces te dolían los dedos de los pies y los mismos talones. Y que decir de sujetar los libros en las palmas de las manos con los brazos extendidos. Encogíamos los brazos intentando que los codos nos llegaran ... (ver texto completo)