El cangrejo autóctono no lo es tanto, pero es nuestro.
- Era la hazaña más rememorada por mi tío Nemesio. En una tarde logró
pescar en el arroyo de Hontoria de la Cantera más de 50 docenas de cangrejos. O puede que fueran 100. Una barbaridad. Ahora no queda ninguno.
Tampoco en el
río Úrbel, la meca de los cangrejeros burgaleses, donde el
reflejo de un prismático en lo alto de la
montaña te recordaba que los guardas hacían bien su trabajo. Bueno, allí sí que los hay. Y muchos. Pero no son los autóctonos, los europeos de patas blancas. Esos casi se han extinguido, diezmados por una peste, la afanomicosis.
Los de ahora son americanos (del Norte). El cangrejo rojo, procedente de las marismas de Luisiana y que muy pronto invadió las de Doñana y media
España. Y el
señal, inconscientemente soltado por la Administración para repoblar los
ríos ibéricos. Al ser las especies americanas portadoras del mortal parásito, mientras estén ellas no podrá sobrevivir la nuestra.
En realidad, lo de cangrejo autóctono es muy matizable. Una reciente revisión publicada en la Revista Quercus apunta a que “el nuestro” no es tan nuestro. Habría sido introducido en la península Ibérica hace menos de 200 años a partir de poblaciones italianas, de donde sí es originario. A la sorpresa le ha seguido el estupor. Incluido en la Lista Roja como especie autóctona en peligro de extinción, muchas Comunidades Autónomas y hasta asociaciones ambientales tienen en marcha proyectos de recuperación.
El cangrejo de río es famoso por nadar de espaldas, pero en lo que se refiere a su gestión nosotros lo hemos hecho aún más difícil: de espaldas y a lo loco. ¿Qué hacemos entonces? En mi opinión, dos siglos de
historia, cultura y una importante función ecológica son suficientes para seguir protegiendo al de patas blancas. Aunque sólo sea como
homenaje a esas tardes cangrejeras de reteles y asombro.
** La Crónica Verde – por Cesar Javier
Palacios