A la
escuela se entraba a los 6 años y se salía a los 14.
En la única aula que tenía, que además era la residencia de la
familia de la maestra, estábamos todos niños y niñas.
Para estudiar sólo utilizábamos un libro: la "Enciclopedia" y el Catecismo que aprendíamos de memoria. El “pizarrín” era un útil escolar imprescindible en la escuela. Consistía en una especie de pequeña pizarra portátil que reemplazaba a los actuales cuadernos, lápices y bolígrafos de los escolares de esta época.
El aula estaba dotada de un gran escritorio de madera, donde permanecía casi todo el tiempo sentaba la maestra, en
invierno al calor del brasero. También tenía una pizarra, varias filas de pupitres con huecos donde se incrustaban los tinteros y en las paredes, recuerdo, había algunas láminas murales con escenas bíblicas del Antiguo Testamento. Recuerdo particularmente una lámina, ubicada a la derecha que mostraba la escena de “Abraham y el sacrificio de sus hijo Isaac”.
Durante el recreo, si el tiempo lo permitía, salíamos a la
calle y jugábamos a diferentes
juegos que variaban según las
estaciones.
Al medio día salíamos a
comer; la mayoría de los niños comían con sus padres el
campo ya que cuando llegaban a sus
casas tenían que llevar la
comida en una cesta a su padre que se hallaban trabajando en alguna
finca más o menos cercana al
pueblo.
Los domingos a la hora de la misa antes del tercer repique de
campana los niños íbamos todos, a la escuela y desde allí, organizados en dos filas, uno de los chicos mayores, encabezaba un cortejo o desfile llevando una
cruz de madera mientras todos nos desplazábamos acompañados de la maestra hasta la
iglesia. Antes de entrar en el atrio, se rezaba una oración. Al concluir la misa el cortejo, organizado de igual forma, regresaba a la escuela dejando la cruz en un sitio especial destinado para ese fin al fondo del aula. *** Álvaro Ruiz.
Enviado el 15/05/2006