Después de estudiar a Víctor, llegó a la conclusión que tendría unos 10 u 11 años, que no tenía deformación física significativa o retraso mental evidente, pero que sí padecía extraños comportamientos de origen adaptativo.
Este se ocupó de su caso, comprobando que no se trataba de un retrasado, como habían pensado, sino de un niño que no había tenido ningún contacto con la civilización. Así, lo primero que hizo fue ponerse un nombre, pues el niño no articulaba ni media palabra. Le llamó Víctor.
Asustados, pues por entonces todavía se creía en la existencia de brujas o duendes, lo entregaron a las autoridades, que después de un análisis, determinaron que se trataba de un retrasado mental, motivo por el que lo trasladaron a un Instituto en París dedicado al cuidado de niños por problema de retraso mental o disminución física. Allí se encontró por primera vez con el doctor Itard.
En el año 1800, unos campesinos franceses capturaron en un espeso bosque de su localidad a un pequeño ser con aspecto humano, muy sucio y agresivo, que no decía ni una sola palabra, solo articulaba gruñidos.
Únicamente Víctor, así es como conocemos al desdichado niño que ha pasado a la historia como “el niño salvaje”. Su experiencia fue lo que el ser humano considera “el experimento prohibido”, o la respuesta a la eterna pregunta de si el hombre es bueno o malo por naturaleza. Pues por desgracia, Víctor brindó la posibilidad de estudiar que le sucede a un ser humano cuando se le aparta de la sociedad civilizada desde su nacimiento: ¿en que nos convertiríamos?.
Víctor, el niño salvaje.
Su entierro fue uno de los momentos más solemnes y emotivos de la historia de la realeza europea durante el siglo XX.
Gracias a eso, Zita pudo regresar a Viena al menos para despedirse del pueblo que en su día la aclamó
A su muerte, casi toda la realeza europea acudió al entierro, que se celebró solemnemente en Viena.
Su exilio había acabado pocos años antes, gracias a la intervención del rey Juan Carlos I de España, a través de conversaciones con las autoridades de la República Austriaca.
Después de este tiempo continuó su vida errante, siempre intentando dar un futuro a su hijos. Finalmente ingresó en un convento, y allí esperó la muerte, que llegó en 1989.
Acudió en su ayuda el rey de España, Alfonso XIII, que acogió a Zita y a sus hijos en una villa del País Vasco: Lequeitio, donde estuvieron residiendo aproximadamente unos diez años.
Sucede que, en 1922, Zita quedó viuda, sola y embarazada por octava vez, literalmente pobre, ya que su marido murió estando en el exilio.
Su dignidad y honradez les había impedido sacar dinero durante la contienda, no pensando que podrían llegar a verse en la situación en que posteriormente se encontraron.
Siempre rechazaron las peticiones de abdicación, aunque al hacerlo, se vieron empujados a la mayor de las miserias. La antigua familia imperial no tenía ningún tipo de recurso en su exilio, que lo pasaron primero en Suiza y luego en Madeira.
Sin embargo, los acontecimientos les superaron. Perdida la guerra por su país, las potencias vencedoras fragmentaron el Imperio y a ellos les obligaron a exiliarse.