fuerzas de orden público. Llegó a conturbarle la remota posibilidad de que se le exigiese o simplemente sugiriese que revelara secretos de confesión.
¡No, jamás!, si accediese a ello rompería uno de los juramentos más sagrados del sacerdocio. ¡Antes mártir que apostata! – Se dijo para sí el cura Andrés, alejando con este pensamiento cualquier atisbo de acceder a ser revelador de secretos de confesionario.
Continuó sus pasos hacia la siguiente visita, para cumplir con la promesa dada al señor Obispo de agradecer a su protectora Doña Loli el sacrificio y generosidad económica manifestada tanto hacia su persona, como por extensión a la Santa Madre Iglesia, al haber favorecido generosamente a que él pudiera ordenarse sacerdote y así incorporarse a la ingente tarea de salvar las almas de los pobladores de Villarejo, para que llegado el Juicio Final comparezcan ante el Todopoderoso limpias de los pecados que asolan la sociedad.
Llegó hasta la puerta de Dª Loli, dio dos suaves golpe de aldaba, y unos instantes después abrió la puerta una mujer sesentona, de aspecto humilde pero esmeradamente aseada.
-Buenos días señora. ¿Está Dª Loli?.
-Usted es el nuevo señor cura ¿Verdad?
-Para servirla señora.
-Pues no, no está, se ha marchao hace un rato, yo creo que incluso aprisa na más sentir el pregón avisando la misa cantá del domingo ha hecho la maleta, ha llamao al taxi del pueblo y ha salío dispará, no ma ha dicho a onde pero creo que a su casa de Madrid. Si usted me lo permite, y por Dios no lo tome a mal, ya sabe lo rara que es mi ama, ma

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parecio oírla decir que no tenia aliento pa aguantar curitas, que más alante ya tendrá tiempo de ver si atinó al elegir seminarista. Esto por el amor de Dios que quede entre usté y una servidora que yo no quío engañar a un señor cura, aunque tampoco quio ofenderle
-Tranquila buena mujer, que la verdad nunca ofende, y además ya conozco las rarezas de su señora, así que en todo caso si Doña Loli vuelve le dice usted, por favor, que vine a presentar mis respetos. Quede usted con Dios señora.
No le inmutó al cura Andrés el desplante de su benefactora económica y hasta cierto punto se sintió aliviado de no tener que soportar lo que a buen seguro hubiera sido una conversación extravagante, y en donde a él le hubiera tocado ser excesivamente dócil y hasta servil.
El Sol ya se encontraba en su cenit anunciando el mediodía, por tanto era ya hora próxima a la acordada con su madre para la comida, después tendría que esperar a sus colegas de Fuentelespino y Almonacid, miró el reloj y vio que aun le quedaba unos pocos minutos para ser puntual a la mesa, así que decidió darse un discreto paseo por las afueras del pueblo, por proximidad a donde se encontraba se encaminó hacia la plaza de El Coso y salió por la carretera que de Fuentelespino, nada más pasar por las ultimas viviendas del pueblo e iniciar el recorrido por la calzada divisó a ambos lados de la misma las grutas de las antiguas canteras, cuyo origen hay quienes adjudican a una explotación romana, circunstancia histórica no aclarada convincentemente por los cronistas locales. De repente se sintió desolado, como si sufriera un ataque de agorafobia, aunque en realidad se encontraban a muy escasa distancia de la población, le vino el recuerdo de cuando niño el realizar una escapada a aquel paraje le parecía todo un largo periplo lleno de misterio, tardó escasos minutos en el paseo, y al iniciar el regreso, a la altura de las embocaduras de las grutas, recordó sus juegos en ellas, cuando la pandilla las recorría jugueteando y procurando trasmitirse unos a otros un soplo de misterio, asustándose con gritos que retumbaban en el interior de la formación rocosa, no faltaba casi nunca en aquellas excursiones Apolonia, su compañera de escuela, y recordó fugazmente el cura Andrés como entonces al llegar a aquel lugar la niña le cogía la mano confiando que el la protegería. ¡Todos Gracias a Dios nos hemos hecho adultos! ¡Que cosas hacíamos los críos!, ¿Qué será de todos ellos?, fue el final de sus pensamientos, volvió a mirar el reloj y aceleró sus pasos, sin llegar a correr, un sacerdote corriendo seria cómico y muy llamativo, y se presentó en casa de sus padres en el momento mismo en que su madre ultimaba la preparación de la mesa.
Siguiendo las recomendaciones paternales, después del yantar el cura Andrés se retiró a dormir la siesta, advirtiendo antes que lo despertaran no más tarde de las seis, pues sobre esa hora esperaba a sus colegas. Echado en la cama, antes de conciliar el sueño, volvió a recordar con nostalgia sus andanzas y travesuras juveniles y fugazmente le aparecía y desaparecía la imagen de Apolonia, se preguntó calladamente por donde andaría ahora, incluso la idealizaba con una vocación similar a la suya y la imaginaba de monja priora, o misionera, después se daba cuenta que por edad era precipitado que eso hubiera podido ocurrir, a lo más quizá fuese postulante en alguna orden o si había elegido la vida seglar no le cabía duda que era una ardiente luchadora de Acción Católica, entre pensamiento y pensamiento se acogió plácidamente a los brazos de Morfeo.
Sobre la hora prevista, llegó en bicicleta el joven cura de Almonacid habiendo recorrió a golpe de pedal los diez kilómetros que distanciaban los dos pueblos. Posteriormente en un calesín apareció el sesentón capellán de Fuentelespino. Como al cura Andrés no era conocido por ninguno de sus dos colegas se llevó a cabo las

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presentaciones de rigor, con su surtido de latinajos y los tres decidieron de que antes de que la luz solar dejara paso a la noche, era conveniente visitar la Iglesia de Santa María Magdalena, conocida en el lugar como la Iglesia Vieja, donde estaba prevista la primera liturgia oficiada por el misacantano en su pueblo. También convinieron en ensayar la ceremonia, así como percatarse de que la sacristía almacenaba el atrezzo necesario y este se encontraba accesible y en condiciones de exhibición.
Ya era noche cerrada cuando concluyeron en sus propósitos y tras cerrar el portalón de la Iglesia encaminaron sus pasos hacia la casa de los padres de Andrés, en donde su madre había preparado exclusivamente para los tres ungidos una tan gustosa como abundante y nutriente cena de la que dieron buena cuenta gozando como canónigos. Después el café de pucherillo, unas copichuelas de mistela, un pitillo “caldo de gallina” para el de Almonacid y medio Faria para el de Fuentelespino. En este momento iniciaron la sobremesa, con los estómagos forzando su labor para digerir las suculentas viandas ingeridas, e iniciaron la rueda de comentarios, cada uno contando sus vivencias sacerdotales y las experiencias vividas en sus lugares de pastoreo, amén de una retahíla de sacros consejos al novato, que los escuchó mostrando el máximo interés, evidentemente no se habló de temas tan recurrentes como la política o el sexo, ninguna de estas dos cosas existían entonces. El sopor de la cena no tardó en hacer efecto y casi al unísono los dos forasteros comenzaron a bostezar, e igualmente de forma gemela pidieron disculpas por querer retirarse a los cuartos que tienen reservados y tantear el abrazo de los mullidos colchones de la casa.
Los hermanos de Andrés para dar hospedaje aquella noche al mini cónclave eclesial, tuvieron que dejar sus camas habituales e irse a dormir a casa de otros parientes, y los padres en un alarde de discreción cenaron solos en la cocinilla y se retiraron de inmediato y silenciosamente a su cuarto.
Andrés solo tuvo que acompañar a sus huéspedes a sus respectivas habitaciones, indicándoles donde se encontraba el bacín, así como señalarles el mejor camino desde la cama hasta el corral para el caso de necesidades de mayor densidad.

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Amaneció el primaveral domingo, con generosidad de Sol y luz, con un aire limpio y transparente que transportaba en suaves brisas las fragancias de toda la campiña en su verdor más intenso.
Tan pronto oyó la madre del cura Andrés ruidos por los cuartos de sus huéspedes, se afanó en prepararles el desayuno en el porche, bajo la tibieza del Sol mañanero, sobre la mesa una jícara de leche de cabra recién hervida en la que flotaba una gruesa capa de nata, una cestilla rebosante de magdalenas amasadas y horneadas por ella misma, un gran frasco de cristal lleno de dulce arrope, un plato con media pieza de ojeroso queso manchego, el pote con café de puchero, y un poco apartado de las viandas principales, como si estuviera allí por casualidad o con timidez, una botella con cazalla y tres pequeñas copas de cristal. Inconscientemente, la mujer en su querer ser obsequiosa no se había salido ni un ápice de lo que un rico hacendado de la Mancha calificaría sin duda como tempranero desayuno-almuerzo tradicional. Cuando lo tuvo todo preparado desapareció del lugar, manteniendo así la misma actitud que en la hora de la cena, dejando solos a sus invitados y murmurando para sus adentros “Seguro que darán buena cuenta, pues aunque la cena haya sido generosa, todos se despiertan en ayunas” ... (ver texto completo)
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Al reagruparse los tres capellanes, observaron la mesa, se miraron entre sí, sin decirse nada, el cura Andrés meneó la cabeza y se fue en busca de su madre, la encontró en su cuarto.
-Madre, estamos todos muy agradecidos por tan gustoso desayuno, pero no has tenido en cuenta que tenemos que consagrar y comulgar, y debemos estar en ayunas hasta ese momento.
- Hay hijo mío, perdona mi torpeza. ¿Que dirán los otros señores curas?
- Tranquila madre que no dicen nada y te repito que están muy agradecidos de tus atenciones, en todo caso guarda lo que puedas por si al terminar la liturgia quieren tomar algo antes de volver a sus parroquias.
Enfundados en sus sotanas más nuevas, abrochados los noventa y nueve botones, puestas al Sol las tres tonsuras, los clérigos iniciaron su paseo por el pueblo camino de la Iglesia Vieja. A los pocos paso el cura Andrés le dice a sus acompañantes.
- Ya que van a estar poco tiempo en el pueblo y para que se hagan una idea de cómo es, aunque creo que diferirá poco de donde tienen ustedes su parroquia, no iremos por el camino más corto y así daremos una pequeña vuelta. ¿Les parece bien?
Sin haber premeditado el recorrido que quería hacer, el padre Andrés fue guiando a sus compañeros zigzagueando por las calles y callejas de la villa, mientras entre ellos se iniciaron conversaciones banales pasando de unos temas a otros con facilidad y sin llegar nunca a conclusiones definitivas.
- ¿Aparecen por sus pueblos esos cómicos trashumantes que unas veces hacen teatro y otras cine?
- Pues si, si que aparecen, como una de las siete plagas bíblicas, la gente acude mas a ver sus payasadas, y digo payasadas por no decir otra palabra malsonante, que a los cultos. Ahora que yo, con la ayuda de Nuestro Señor, pongo coto a sus libertinajes, si lo que quieren hacer es teatro, en cuanto llegan al pueblo les mando recado con el pregonero de que me enseñen el libreto y el vestuario de las mujeres, y si es cine me tienen que pasar en el corral de la rectoría la película entera, y si barrunto algo obsceno, pues me reúno con el alcalde y se suspende la función, que pecados ya se cometen suficientemente sin las incitaciones de esas mal llamadas obras de arte que mas parecen cosa del diablo que de personas cristianas.
- Pero padre, en Madrid todo eso lo ha visto la censura y si se hecha en el cine o se representa en el teatro es por que se ha suprimido todo lo pecaminoso, a ver si vamos a ser nosotros mas papistas que el Papa.
- En Madrid hay muy libertinaje, padre, y nosotros debemos procurar que no llegue a nuestros pueblos la depravación.
En estas conversaciones estaban los tres curas, cuando Andrés se dio cuenta de que se acercaba, sin haber tenido intención previa de pasar por allí, a la puerta principal de la casa de los padres de Apolonia, en ese instante sus oídos se asordaron a lo que
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conversaban sus dos colegas, y sus otros sentidos se embotaron, quedándole solo la capacidad para los recuerdos infantiles, y entre ellos avasallaba las veces que en compañía o de la mano de la niña Apolonia había entrado por aquellas portadas, saliendo unas veces con la rica merienda que consumían juntos, otras en los ratos de estancia en los porches de la corrala leyendo juntos la escasa literatura infantil que llegaba a sus manos, o las conversaciones y juegos propios de su edad y que siempre compartían ¿Que habrá sido de Apolonia
- ¡Padre! … ¡Padre!.... que parece usted dormido – Le interpeló al cura Andrés uno de sus compañeros de caminata.
- Cierto … durante unos segundos me he quedado como transpuesto, posiblemente serán los nervios de la ceremonia – Contestó espabilándose el cura Andrés y unos segundos después avisó.
- Bueno ya que hemos llegado a la que el pueblo llama la Iglesia Vieja en realidad está consagrada a Santa María Magdalena, como ven es un hermoso edificio de estilo medieval poco definido, pero esplendido en su construcción a base de enormes sillares pétreos. Cuando entren comprobaran que el templo propiamente dicho está medio en ruinas y no hay indicio de que se restaure, la torre en su tiempo debió ser de las mas esbeltas de la comarca y ahora tiene riesgo de desmoronarse, pero no tengan ningún temor que el maestro de obras del pueblo me dice que el obispado mandó un arquitecto no hace mucho y aseguró que no hay riesgo de hundimiento de la bóveda, al menos de momento.
Abrió la puerta, pasaron bajo su trabajado atrio, ahora con adorno floral gracias al buen hacer de los jóvenes del pueblo, su interior estaba iluminado por la intensa luz que se filtraba por las vidrieras que aun se conservaban con representaciones originales a base de emplomados, otras el tiempo y la desgana hicieron que devinieran en opacas o simplemente material translucido. En todo su interior se había sustituido la austeridad del gótico o románico, por la escayola churrigueresca de los siglos XVII y XVIII.
Encendieron entre los tres bajo la falsa bóveda de escayola superpuesta a la original, las velas rituales del altar mayor, así como las luminarias y candiles de alguna que otra ara menor dedicada a santos varones o vírgenes cuyas imagines donaron en tiempos pasados próceres y caciques, que pensaban mas en su propia vanidad, que en los bienes que acarrearía a los fieles el culto que les podían dedicar.
Dentro de la sacristía abrieron cofres de arcaica madera y encontraron en los mismo los ancestrales ornamentos que precisaban para la ceremonia que tenían que compartir.
Sin ayuda de ningún acólito iniciaron con parsimonia su vestimenta con los ropajes sagrados y sobre sus sotanas fueron colocándose, cíngulos, estolas, albas y casullas. De un estante acristalado seleccionaron entre los pocos objetos de culta que en ella había el cáliz de mayor tamaño, lo bruñeron un poco para quitarle polvo y pátina, intentando con escaso éxito que fulgurara como cuando lo fabricó siglos atrás orfebre anónimo. El incensario, la patena y demás elementos de celebración del sacro rito también fueron fácilmente localizados y accesibles. En estos menesteres se hizo ya la hora acordada para el inicio de la misa cantada y concelebrada. Se asomó uno los tres curas desde la puerta de la sacristía a la nave del templo y la vieron llena, hombres a un lado, mujeres a otro, como no disponían de campanario para avisar el inicio, les hizo discretas señas al pregonero sentado junto al alcalde y secretario municipal, en el extremo exterior de la

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primera fila de bancos, se acercó este y le pidió que hiciera sonar la rueda de campanillas que había junto a la puerta de la sacristía. Así lo hizo el buen hombre, y tras el toque multi-campanil aparecieron en fila india los tres sacerdotes, el primero portaba el incensario, seguía Andrés con el cáliz y patena y se cerraba el desfile con el tercer consagrante portando el voluminoso libro de los Santos Evangelios que colocó a la derecha del altar.
El acordeonista, como la divinidad le dio a entender, adaptó su sapiencia tanguera a música sacra, el caso es que las notas que salían del acordeón rebotando por los muros y columnas de la pétrea nave no añadían ni quitaban emoción alguna al acto, ya que la asistencia al mismo, para la mayoría de los asistentes, estaba en ver como se desenvolvía el nuevo cura, a mayores, por ser el misacantano hijo del pueblo.
La misa se desarrolló con el respeto a toda la liturgia más dogmática, los cánticos de los tres celebrantes no fueron precisamente un recital de opera, pues sus canoras invocaciones en latín con música a destiempo, fue todo un espectáculo disonante digno de haberlo descrito Valle Inclán en uno de sus esperpentos.
Pero la cosa acabó a gusto de lo presentes, que agradecieron el espectáculo ritual, especialmente la parte final del mismo, cuando el cura Andrés se despojó de su casulla, y se dirigió a la butaca colocada delante del altar mayor y de espaldas al mismo, se sentó y apoyó sus brazos sobre los del sillón dejando caer sus manos al vacío para que seguidamente los fieles asistentes que lo desearan se acercaran hasta él por el pasillo central, y arrodillándose las besaran en señal de reconocimiento de su santo ministerio y obediencia a sus enseñas y mandatos. El protocolo local exigía que fueran los hombres quienes primero ... (ver texto completo)
próximos, se acercaron seguidamente las féminas, más arraigadas a las ceremonias de la tradición católica, acudieron casi en tropel, unas guiadas por sus miedos, otras por su devoción, algunas jóvenes en edad de merecer para curiosear y olisquear a aquel santo varón de tan buena planta, apenadas por el despilfarrado que suponía perder tan brioso ejemplar sacrificado por unos votos de celibato perpetuo.
Esta ultima parte de la ceremonia se aprovechó para la financiación de las necesidades parroquiales, ... (ver texto completo)
-Andrés, hijo, en la puerta está Manuel, el joven que trabaja en la fábrica de harinas y que el otro día te dije que se casaba muy pronto con una moza del pueblo.
-Por favor madre acompáñalos hasta aquí, mientras me abotono la sotana y si no te causa mucho trastorno prepara un café o una copita de mistela, lo que te parezca.
-Buenas tardes don Andrés, esperamos haber sido puntuales y no causar molestia.
-Adelante, adelante, por favor toma asiento. Eres joven y me atrevo a tutearte ¿Me lo permites?.
-No ... (ver texto completo)
comedimiento tanto en lo excesivamente llamativo como en lo voluminoso, el buen gusto no está en la abundancia ni en la estridencia. Sabéis que ninguno de los dos templos del pueblo tiene órgano, así que si pensabais en música no lo veo fácil, salvo que la traigáis vosotros de fuera, en cualquier caso y para lo que decidierais tener presente que tiene que ser música sacra, ahí si que me agradaría que me informarais antes del como y del quien. Por lo demás todos los trámites serán sencillos y.....
En ... (ver texto completo)
Celebró seguidamente con una rapidez casi sacrílega la santa misa y dio la comunión a las añejas beatas. Salió de la ermita cerrando su vetusta puerta, y se dispuso a reflexionar y mortificarse, para lo que sin pensar hacia donde inició una acelerada andadura que inconscientemente le llevó hacia el camino del pozo de agua dulce, quizá la calzada más transitada del término, lo que le obligó a saludar con los protocolarios buenos días con cuantos aguadores y aguadoras se cruzó en el camino y no fueron ... (ver texto completo)
Después de la despedida de Manuel, el cura Andrés quedó absorto y preocupado ¿Como le trasmitirá a Apolonia la conversación que habían tenido?. ¿Que conclusiones sacará la joven de todo aquello?. ¿Se divulgará por el pueblo la pacata cobardía del cura?. ¿Como interpretará la feligresía que su cura recién ordenado haya cometido pecado mortal por pensamientos impuros?. Con estas zozobras sin contestación, se retiró a su dormitorio, nerviosamente se despojó de su ropaje talar y seguidamente de su ropa ... (ver texto completo)
costumbre pocos comulgantes que esperaba aquel día, volvió a dejar el vaso sagrado en su sitio repitiendo rodilla en tierra la profunda reverencia.
Pese a la desgana y lentitud con que había realizado los preparativos le sobró un tiempo que quiso consumir releyendo el evangelio, la epístola del día, el sermón y la prédica que de forma muy especial tenía que dirigir a los contrayentes, realizó en los textos algunas acotaciones y correcciones. Cuando consideró que había terminado esta labor, se sentó ... (ver texto completo)
En un momento dado la mirada del cura Andrés volvió a quedarse incrustada en la de Apolonia y creyó ver sus hermosos ojos velados por lágrimas contenidas, con una expresión tierna, melancólica. Ahora interpretó Andrés, a través del misterio de los sentimientos, que estaba recibiendo un silencioso y amargo aviso de socorro, una angustiosa llamada de auxilio. Su torturado pensamiento, chisporroteó de nuevo dando en convertir en una verdad incuestionable que él, todo un cura, estaba siendo cómplice de una infamia, su ordenamiento sacerdotal, su tonsura, sus hábitos no le estaban impidiendo cometer un sacrilegio, aquel matrimonio que bendecía se celebraba contra-natura rompiendo en mil dolorosos pedazos los verdaderos sentimientos de la mujer que se casaba, que no deseaba ni quera ser la esposa del buen hombre que tenia a su lado arrodillado en el reclinatorio, aquella mujer estaba atada por lazos que se empezaron a trenzar desde el infantil cariño de una niña y un niño, y en un silencio sin olvido fue creciendo mansamente hasta convertirse en un mutuo y atronador deseo de darse el uno al otro.
Ella, ante el ahora sacerdote con juramento de celibato, hombre ya cuajado al que toda su vida de niña y mozuela había deseado por compañero, la estaba entregando a otro hombre con que el destino la unía sin mediar deseo ni amor profundo, quizá tan solo un afecto que el tiempo no maduró, una circunstancia, un instante banal, un corto camino sin una historia a la que volver la vista. No cuestionaba ni la hombría ni la honestidad, ni siquiera simpatía por el compañero al que las circunstancias la estaban uniendo, no lo había elegido por devaneo, ni por ansia de varón, si no por el desengaño de que la senda elegida por aquel al que quiso desde chiquilla había escogido una vida y prestado unos juramentos que los separaban para siempre haciendo inalcanzables que aquella inocente ternura diera sus frutos en el tiempo justo de la sazón.
Él, el cura Andrés, se preguntaba en tembloroso silencio, que graves pecados había cometido para que el Dios Supremo le castigara de forma tan cruel. Clamó en un grito mudo demandando al cielo que le consolara por aquella crueldad al ponerle ante si al ser que adoró de niño, al cuerpo que esperaba abrazar de hombre, a la fuente de ternura que había de sustituir al regazo materno, a la compañera que compartiría sus primaveras y tras muchos otoños juntos también los inviernos de la senectud. Pensó en los hijos que ya no podría engendrar, `pensó que el resto de su vida estaba condenado al margo recuerdo del deseo, a ser llamada fatuamente padre, sin haberlo sido, a carecer de sucesor, a no

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proteger cuna alguna, a no llevar de la mano por senda de una nueva vida a ningún ser de su sangre y de su carne.
Ni Apolonia, ni Andrés en sus infantiles y callados sueños, ni en sus juveniles anhelos, ni en sus recuerdos conservados con la pureza del agua de la nieve, pudieron nunca pensar en esta renuncia.
Como esas semillas que son ínfimas de tamaño, y cuando germinan eclosionan en imponentes arboles de profundas y ocultas raíces, con grueso y encumbrado tronco coronado por frondosa copa, y muchas veces incluso pródigos en frutos de sazonado paladar. Como la simiente ínfima … Como la simiente ínfima … retumbó este pensamiento en el cura Andrés, al sentir las repetidas explosiones en sus carnes de algo que llevaba dentro durante tantos años. Pasó mucho tiempo apartado de la savia de la naturaleza, ahogado en un profundo pantano de dogmas y ritos, de afirmaciones de fe en una vida tan sobrenatural como intangible, de ceremonias, de juramentos que transgredían la propia naturaleza que sin embargo había sido creada por el propio Dios de su fe.
¿Por que?. Se preguntaba con desazón Andrés. Yo no elegí el camino en que ahora estoy, alguien me puso en una senda que no era la mía y me empujó a caminar por ella en busca de un horizonte sin luz. ¿Por que he renunciado a vivir mi vida, mi naturaleza?. Si me dijeron que soy hijo de Dios hecho a su imagen y semejanza. ¿Por que me condenan a ser diferente a los demás hijos del Creador?. ¿Quien movió mis labios cuando confuso y ciego juré promesas sobre lo que desconocía?. ¿Por que me apartaron de mi gente, de mis querencias, de mis humanos deseos?. ¿Por que me han hecho creer que cumpliendo juramentos contrarios a la naturaleza soy ante Dios mejor y le es mas grata mi humanidad?
La ceremonia del casamiento continuó cumpliéndose con todas sus pompas, y quizás la más angustiosa fue aquella en que pregunto primero al novio si quería como esposa a Apolonia, en el relámpago de tiempo necesario para oír el más claro y rotundo si, Andrés esperó el imposible milagro de un arrepentimiento de ultima hora, de un desmayo del requerido. Y seguidamente, con angustia crecida pregunto a Apolonia si quería por esposo al hombre arrodillado junto a ella. Balbuceó febril la pregunta, mientras su mirada cuajada de un sollozo contenido con un dolor inmenso se quedó incrustada en los ojos de Apolonia, un tormentoso torrente de emociones se cruzaron en la vista de ambos. Andrés vio, solo él pudo verlo, un mohín en la cabeza de ella, dos lagrimas rodando hacia el viejo suelo la ermita, un alarido mudo ¡Tan cobarde eres, que tú, precisamente tú, me entregas a otro hombre!
Despidió el cura Andrés como pudo a los congregados, se retiró a la sacristía, dejó en el primer lugar que encontró los sacros objeto de celebrar la misa, se despojó de sus ropajes rituales que fue tirando sin orden sobre la mesa habilitada como escribanía. Se envolvió desordenadamente con la sotana que ni siquiera abotonó, cerró por dentro la puerta de la sacristía y se sentó en una silla apoyando los codos sobre los revestimientos que acaba de abandonar instantes antes, se reclinó llevando sus manos a sus sienes, con la cara tapada por los brazos, un suspiro quejumbroso atronó la pequeña estancia. Las ropas sacras que acaban de ser parte del utillaje de la boda se humedecieron con las saladas gotas de limpia agua que manaron de unos ojos enrojecidos.
Esperó en esa postura, en ese estado de derrota hasta que la ausencia de cualquier otra persona sumiera en silencio a la ermita. Recuperó algo de tranquilidad, sacó del cajón de la mesa un papel en blanco, una plumilla y un tintero, hizo un hueco entre él y el húmedo ropaje y sobre el papel escribió.:

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Madre.:
Perdóname por lo que voy a pedirte, habrá algún día en que pueda explicártelo, hoy es imposible, hay una fuerza superior a mí que me impide asistir a la comida de esponsales, ya sé que la tradición es que el cura que ha casado este presente, pero no puedo, créeme que no puedo, y no es por motivos de salud. Te pido por favor madre que cuando vayas a la comida excuses mi ausencia alegando cualquier cosa, lo que se te ocurra. Que estoy indispuesto, por ejemplo. Posiblemente madre estaré fuera de casa y del pueblo algún tiempo, no se cuanto, por favor no me esperes, no te preocupes se que preguntaran, diles lo que te parezca, que he marchado a unos ejercicios espirituales, por decir algo. Que padre tampoco se preocupe. Quiero a mis padres y a mis hermanos, os quiero a todos, habéis sido muy buenos conmigo y en especial tu madre. No sufra
Andrés
Con el jolgorio habitual en los casamientos de gente joven, los novios, ya marido y mujer a los ojos de Dios, se dirigieron en comitiva seguida por todos sus invitados y rodeados por toda la chiquillería del pueblo, hasta la casa de los padres de ella, donde en sus porches se afanaban la madre, las vecinas y amigas más allegadas en preparar mesas, sillas, manteles, cristalería, cubiertos y cuanto era necesario para el lucimiento del ágape nupcial, de todo aquello, parte provenía de la propia casa, y parte prestado por las buenas amistades y vecindades.
Sobre las mesas no faltó desde el comienzo abundante vino de la mejor tinaja del lagar mas apreciado en la villa, servido en la sencillez de las botellas de cristal en cuarterones que otrora contuvieron anisados tradicionales.
Desde la cocinilla un desfile de bandejas suministraban los platos con el meloso gazpacho manchego, corrían entre las mesas fuentes con generosas lonchas del jamón serrano autóctono, curado con hierbas aromáticas, ... (ver texto completo)
prensado y añejada su carne hasta que el tocino adquiría una aureola rosácea. Tacos de ojeroso quedo manchego mantenido en aceite de oliva hasta que por su oxidación natural adquiere ese grato punto picante. Fuentes de mata-hambre, la tortilla de patata y cebolla, en las que el huevo de corral ocupaba en ellas mas sitio que su acompañamiento tradicional, cubiertas con un sabroso caldo de cocido castellano, para así poder merecer nombre tan contundente. Cazuelas del laborioso ajo-arriero, conseguido ... (ver texto completo)
Apolonia no siente nada, ha abandonado toda resistencia, sabe que es inútil, se deja hacer con mansedumbre, ni las caricias, ni los besos, ni los tocamiento en los mas íntimos y recónditos pliegues de su piel hacen que abandone su insensibilidad, acata mansamente los intentos de su esposo, su razón ha asumido el acto, y su impalpable sentimiento, el más profundo, le lleva de nuevo al recuerdo de Andrés, el sacrificio al que ahora esta sometida se inició el día en que alguien, sin pensar en ellos, egoistamente, de forma caprichosa dividió la senda que había comenzado a recorrer con Andrés.
No lanza exclamación alguna al sentir en sus entrañas la penetración de la virilidad de Manuel, ni el aire escucha gemido alguno ante el punzante dolor de la inmolación de u virginidad. El cuerpo de Manuel la aplasta y ella mira hacia un lado perdiendo la vista en la penumbras de la habitación, sin sentir nada, sin desear nada, el sacrificio se ha consumado. En el Parnaso hay Dioses que ríen y hay Dioses que lloran.
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La boda, como todas las bodas del pueblo, fue posteriormente muy comentada, cada uno habló lo que quiso, cada uno la vio de una forma, para unos esplendida, para otros pobretona, hubo quien aseguró que hacían magnifica pareja, otros dudaban que se llevaran bien, en la ermita la ceremonia fue, pesada, normal, pasadilla, magnifica, exuberante, y así …....
Por el pueblo hubo unos mozalbetes que aseguraron que por las eras que daban a la carretera de Montalbo vieron mecido por el viento solano, volar un enorme cuervo de dimensiones gigantescas.,
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Otros gañanes dijeron que por los mismos pagos vieron una cosa negra que se arremolinó y en un encalmado cayó al suelo y resulto ser un gran trapo negro con forma de guardapolvo con treinta y tres botones.
Un aguador contó que no sabia si había sido en suelo o realidad, pero que volviendo del pozo de agua “duz”, cargada su acémila con cuatro cantaros se encontró con don Andrés y que al darles las buenas tardes, se le acercó y le dijo
- Buenas tardes buen hombre ¿Me hace usted un favor?
- Usted dirá Don Andrés
- ¿Cuanto vale en la tienda de Tomás una buena boina nueva?
- Pues la ultima que me merqué, hace sus buenos meses, me salió por un duro.
- El favor que le pido es que me venda usted la boina que lleva ahora y yo le doy por ella dos duros y mañana se compra una nueva. ¿Me hace usted este favor?, y además esto que parece tan raro en el fondo es una obra de caridad que hace usted, ya verá como con el tiempo lo sabrá.
- Pues yo don Andrés no lo hago por los dos duros, que me suena a raro, aunque dicho por usted que es el señor cura no creo que sea nada malo ¿Verdad?
Y terminó el buen aguador asegurando que si fue sueño lo fue muy raro, ya que a casa llego sin boina y su cabeza no tenia quebranto, por lo que no pudo ser que canto o coz se la arrebatara, de los dos duros recibidos no tenia mucha confianza por que se quedaron mezclados con la recaudación de aquel día, aunque si notó crecida la cobranza, pero como de cuentas no andaba muy espabilado y de memoria algo flojo, bien pudo ser tal como lo creía, o pudiera no haber sido.
Y del posadero de Montalbo también llegó noticia curiosa de que tal día como el de la boda de Manuel y Apolonia, vio al cura Andrés, sin ropaje talar, cubierto su cogote y por endem la tonsura, con boina parda de talla menguada, así como hablar con los camioneros que en ruta por la Nacional III hacia Valencia paraban para apaciguar sed o aliviar necesidades contrarias, y creyó que les decía algo así como...
- Señor tengo premura en llegar a Valencia y le pido como un favor muy especial que vea si puede llevarme en su camión, me da igual en la cabina o entre la carga, y como sé que es una molestia no tengo inconveniente alguno, es más lo hago con el mayor agrado, en pagarle una cantidad generosamente razonable.
Y que Don Andrés no debió de tardar mucho en encontrar porteador pues enseguida desapareció de allí, aunque no pudo ver hacia donde ni con quien marchó.
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Y fue pasando el tiempo, y en casa de los padres de Andrés se fueron recibiendo regularmente cartas sin remitente, en donde con la firma de “vuestro hijo” breves epístolas les informaban de que se encontraba bien, que no sufrieran y que pronto volverían a reunirse.

Treinta y tres ojales

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Y también en la casa de Apolonia se recibió por correo un elegante sobre color crema de formato ministro, echo con grueso papel-tela, escrito cuidadosamente a máquina la destinataria y domicilio, sin indicar remitente, en su interior un tarjetón similar a los que se utilizan para comunicar bodas, y en el mismo la siguiente nota impresa.: DONDE ROBERTO ALCAZAR Y EL GUERRERO DEL ANTIFAZ, CUALQUIER DIA A LAS SIETE.
La lectura de tan extraño mensaje origina en Apolonia una gran confusión, lee y relee tan corta misiva, mira el tarjetón del derecho y del revés, escudriña en el sobre al que arranca su forro interior y no encuentra explicación, intenta conocer la procedencia, no hay rastro alguno, incluso el matasellos está borroso, su confusión va en aumento y le aguijonea cada vez más la necesidad de desentrañar el misterio que encierra aquella cartulina, poco a poco empieza a elucubrar hipótesis, hay una que le chispea y poco a poco va creciendo cual una ensoñación, queda pensativa y como una orden eléctrica, se pone en marcha, se asea y viste para salir de casa, y lo hace dirigiéndose a la de sus padres.
- Madre, ¿Sabes donde están los viejos libros y revistas infantiles que tenia de pequeña?.
- Siguen en una caja en tu antiguo cuarto de soltera. ¿A ver cuando te los llevas o los tiras?
- Los necesito ver ahora, madre.
Rebusca y encuentra la caja y dentro un ingente montón de catones, enciclopedias escolares, catecismos, papeles de colores y de contenidos diversos, hasta que llega aquello que con tanta avidez había ido a buscar. Las historietas ilustradas, los tebeos, aquellos entretenimientos que de niña compartía con Andrés, y que tantas veces les hizo acercarse juntos al cobrador de La Rápida para que se los trajeran de Cuenca, va pasando uno a uno todos los que encuentra hasta que se detiene en aquel que se titulo “Roberto Alcázar y Pedrín”, con avidez busca entre las pocas hojas de la publicación´ hasta que encuentra aquella que contiene el pie de editorial, y la lee ávidamente “Editorial Valenciana Calle Calixto III nº 36 Valencia”, aparta el cuadernillo y sigue rebuscando hasta que en sus manos llega otro con el titulo “El Guerrero del Antifaz”, busca lo mismo que en el anterior y encuentra que coinciden los datos. No sabe si es una realidad o un sueño, durante unos minutos compara constantemente las reseñas de la editorial de ambas publicaciones. Arranca las hojas que contienen esta información, las pliega cuidadosamente y se las guarda en el sujetador. Recoge cuanto había sacado de la caja y lo vuelve a colocar en ella, dejando el continente en el mismo sitio que estaba, una vez hubo terminado se despide de su madre apresuradamente y vuelve con paso presto a su casa.
Con los latidos de su corazón desbocados Apolonia se siente junto a la mesa de la cocinilla, saca los papeles y vuelve a releerlos otra vez, entre lectura y lectura su pensamiento vuela, compone mil y una situaciones, pasa silenciosamente de la alegría más desbocada al mas negro pesimismo.
Pasados unos pocos días, una noche mientras cenan, Manolo le dice: ... (ver texto completo)
- Mañana tengo que madrugar, a las cinco he quedado con El Murciano para ir con su camión a Tarancón a recoger seis cilindros de molturación que han enviado en tren desde Bilbao

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- ¿Te preparo algo?
-No, comeremos cualquier cosa por ahí, si todo sale bien estaremos aquí por la tarde.
A la mañana siguiente el despertador atronó a las cuatro y media, el se levanto de inmediato diciéndole a su mujer.
-No te levantes, sigue en la cama es aún noche cerrada, desayunaré lo que encuentre en ... (ver texto completo)
si a la que te refieres es a la de tu abuelo faustino, no la compró niguno de jeromo, pero si que se hizo una casa y vive un "cazador".
pensaba que la web la habias empezado tu, Pedro. al menos la estas aprovechando un montón. ¡que cantidad de fotos antiguas! les he dado un repaso a todos los años y claro, hay mucha gente que conocia y no me acordaba.

me voy que tambien tengo merienda-cena en una huerta, entre cornella y el cinturon litoral, jajajajaja.. se apunta alguien?
algún día nos apuntaremos, dulcinea, Eduardo, salva, yo y ya sabes tu quien más J. conque vete preparando, pues según me habían dicho fue uno de jeromo el que había comprado la casa de mi abuelos, con lo bonita que era su horno para cocer el pan debajo del zaguán y la destruyeron para hacer el almacén y piso, espero que la parte del horno la mantuvieran.
no uno de jeromo fue el que compro la casa de mis abuelos creo, vamos haber la calle que cuando bajas de la del duende a mano izquierda, creo que es la calle artistas verdad, pues vete por hay a lo mejor caes jajajajaja.. como disfruto con esto jejejeje que malo sooooooooooooooooooooy.

por cierto que callada estas Dulcinea, donde estaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaas
si a la que te refieres es a la de tu abuelo faustino, no la compró niguno de jeromo, pero si que se hizo una casa y vive un "cazador".
pensaba que la web la habias empezado tu, Pedro. al menos la estas aprovechando un montón. ¡que cantidad de fotos antiguas! les he dado un repaso a todos los años y claro, hay mucha gente que conocia y no me acordaba.

me voy que tambien tengo merienda-cena en una huerta, entre cornella y el cinturon litoral, jajajajaja.. se apunta alguien?
Hola Europa:

Yo descubrí el foro en febrero del 2006. (debía de llevar pocos meses). Había una sola foto que aun está y que se llamaba "Villarejo nevado" (cuando la encuentre lo diré). Y un párrafo de alguien que decía lo siguiente, más o menos:

"Villarejo, pueblo agradable tanto como su clima y bonomía de sus gentes".

Yo estuve abriendo y consultando la web dos o tres meses, sin poner nada. Me fastidiaba un tanto ver que en otros pueblos había cierta actividad y en el nuestro no entraban ... (ver texto completo)
Y me voi a la ducha que esta noche hay cena de amigos.