Los lóbregos faroles, cuyas paupérrimas bombillas parecían pintadas en la pared con cal teñida de sucio marrón, dejaban todo en fresca penumbra, en las puertas destacábanse las manchas blancas de la gente casi en paños menores; en las escasas ventanas y balcones con adornos florales chorreaba rítmicamente el goteo del riego de las macetas, en cada balaustrada asomaba un botijo, y de arriba, de aquel cielo oscuro, que parecía un lienzo apolillado transparentando lejana luz, descendía un soplo húmedo ... (ver texto completo)