VILLAREJO DE FUENTES: fuerzas de orden público. Llegó a conturbarle la remota...

fuerzas de orden público. Llegó a conturbarle la remota posibilidad de que se le exigiese o simplemente sugiriese que revelara secretos de confesión.
¡No, jamás!, si accediese a ello rompería uno de los juramentos más sagrados del sacerdocio. ¡Antes mártir que apostata! – Se dijo para sí el cura Andrés, alejando con este pensamiento cualquier atisbo de acceder a ser revelador de secretos de confesionario.
Continuó sus pasos hacia la siguiente visita, para cumplir con la promesa dada al señor Obispo de agradecer a su protectora Doña Loli el sacrificio y generosidad económica manifestada tanto hacia su persona, como por extensión a la Santa Madre Iglesia, al haber favorecido generosamente a que él pudiera ordenarse sacerdote y así incorporarse a la ingente tarea de salvar las almas de los pobladores de Villarejo, para que llegado el Juicio Final comparezcan ante el Todopoderoso limpias de los pecados que asolan la sociedad.
Llegó hasta la puerta de Dª Loli, dio dos suaves golpe de aldaba, y unos instantes después abrió la puerta una mujer sesentona, de aspecto humilde pero esmeradamente aseada.
-Buenos días señora. ¿Está Dª Loli?.
-Usted es el nuevo señor cura ¿Verdad?
-Para servirla señora.
-Pues no, no está, se ha marchao hace un rato, yo creo que incluso aprisa na más sentir el pregón avisando la misa cantá del domingo ha hecho la maleta, ha llamao al taxi del pueblo y ha salío dispará, no ma ha dicho a onde pero creo que a su casa de Madrid. Si usted me lo permite, y por Dios no lo tome a mal, ya sabe lo rara que es mi ama, ma

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parecio oírla decir que no tenia aliento pa aguantar curitas, que más alante ya tendrá tiempo de ver si atinó al elegir seminarista. Esto por el amor de Dios que quede entre usté y una servidora que yo no quío engañar a un señor cura, aunque tampoco quio ofenderle
-Tranquila buena mujer, que la verdad nunca ofende, y además ya conozco las rarezas de su señora, así que en todo caso si Doña Loli vuelve le dice usted, por favor, que vine a presentar mis respetos. Quede usted con Dios señora.
No le inmutó al cura Andrés el desplante de su benefactora económica y hasta cierto punto se sintió aliviado de no tener que soportar lo que a buen seguro hubiera sido una conversación extravagante, y en donde a él le hubiera tocado ser excesivamente dócil y hasta servil.
El Sol ya se encontraba en su cenit anunciando el mediodía, por tanto era ya hora próxima a la acordada con su madre para la comida, después tendría que esperar a sus colegas de Fuentelespino y Almonacid, miró el reloj y vio que aun le quedaba unos pocos minutos para ser puntual a la mesa, así que decidió darse un discreto paseo por las afueras del pueblo, por proximidad a donde se encontraba se encaminó hacia la plaza de El Coso y salió por la carretera que de Fuentelespino, nada más pasar por las ultimas viviendas del pueblo e iniciar el recorrido por la calzada divisó a ambos lados de la misma las grutas de las antiguas canteras, cuyo origen hay quienes adjudican a una explotación romana, circunstancia histórica no aclarada convincentemente por los cronistas locales. De repente se sintió desolado, como si sufriera un ataque de agorafobia, aunque en realidad se encontraban a muy escasa distancia de la población, le vino el recuerdo de cuando niño el realizar una escapada a aquel paraje le parecía todo un largo periplo lleno de misterio, tardó escasos minutos en el paseo, y al iniciar el regreso, a la altura de las embocaduras de las grutas, recordó sus juegos en ellas, cuando la pandilla las recorría jugueteando y procurando trasmitirse unos a otros un soplo de misterio, asustándose con gritos que retumbaban en el interior de la formación rocosa, no faltaba casi nunca en aquellas excursiones Apolonia, su compañera de escuela, y recordó fugazmente el cura Andrés como entonces al llegar a aquel lugar la niña le cogía la mano confiando que el la protegería. ¡Todos Gracias a Dios nos hemos hecho adultos! ¡Que cosas hacíamos los críos!, ¿Qué será de todos ellos?, fue el final de sus pensamientos, volvió a mirar el reloj y aceleró sus pasos, sin llegar a correr, un sacerdote corriendo seria cómico y muy llamativo, y se presentó en casa de sus padres en el momento mismo en que su madre ultimaba la preparación de la mesa.
Siguiendo las recomendaciones paternales, después del yantar el cura Andrés se retiró a dormir la siesta, advirtiendo antes que lo despertaran no más tarde de las seis, pues sobre esa hora esperaba a sus colegas. Echado en la cama, antes de conciliar el sueño, volvió a recordar con nostalgia sus andanzas y travesuras juveniles y fugazmente le aparecía y desaparecía la imagen de Apolonia, se preguntó calladamente por donde andaría ahora, incluso la idealizaba con una vocación similar a la suya y la imaginaba de monja priora, o misionera, después se daba cuenta que por edad era precipitado que eso hubiera podido ocurrir, a lo más quizá fuese postulante en alguna orden o si había elegido la vida seglar no le cabía duda que era una ardiente luchadora de Acción Católica, entre pensamiento y pensamiento se acogió plácidamente a los brazos de Morfeo.
Sobre la hora prevista, llegó en bicicleta el joven cura de Almonacid habiendo recorrió a golpe de pedal los diez kilómetros que distanciaban los dos pueblos. Posteriormente en un calesín apareció el sesentón capellán de Fuentelespino. Como al cura Andrés no era conocido por ninguno de sus dos colegas se llevó a cabo las

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presentaciones de rigor, con su surtido de latinajos y los tres decidieron de que antes de que la luz solar dejara paso a la noche, era conveniente visitar la Iglesia de Santa María Magdalena, conocida en el lugar como la Iglesia Vieja, donde estaba prevista la primera liturgia oficiada por el misacantano en su pueblo. También convinieron en ensayar la ceremonia, así como percatarse de que la sacristía almacenaba el atrezzo necesario y este se encontraba accesible y en condiciones de exhibición.
Ya era noche cerrada cuando concluyeron en sus propósitos y tras cerrar el portalón de la Iglesia encaminaron sus pasos hacia la casa de los padres de Andrés, en donde su madre había preparado exclusivamente para los tres ungidos una tan gustosa como abundante y nutriente cena de la que dieron buena cuenta gozando como canónigos. Después el café de pucherillo, unas copichuelas de mistela, un pitillo “caldo de gallina” para el de Almonacid y medio Faria para el de Fuentelespino. En este momento iniciaron la sobremesa, con los estómagos forzando su labor para digerir las suculentas viandas ingeridas, e iniciaron la rueda de comentarios, cada uno contando sus vivencias sacerdotales y las experiencias vividas en sus lugares de pastoreo, amén de una retahíla de sacros consejos al novato, que los escuchó mostrando el máximo interés, evidentemente no se habló de temas tan recurrentes como la política o el sexo, ninguna de estas dos cosas existían entonces. El sopor de la cena no tardó en hacer efecto y casi al unísono los dos forasteros comenzaron a bostezar, e igualmente de forma gemela pidieron disculpas por querer retirarse a los cuartos que tienen reservados y tantear el abrazo de los mullidos colchones de la casa.
Los hermanos de Andrés para dar hospedaje aquella noche al mini cónclave eclesial, tuvieron que dejar sus camas habituales e irse a dormir a casa de otros parientes, y los padres en un alarde de discreción cenaron solos en la cocinilla y se retiraron de inmediato y silenciosamente a su cuarto.
Andrés solo tuvo que acompañar a sus huéspedes a sus respectivas habitaciones, indicándoles donde se encontraba el bacín, así como señalarles el mejor camino desde la cama hasta el corral para el caso de necesidades de mayor densidad.

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Amaneció el primaveral domingo, con generosidad de Sol y luz, con un aire limpio y transparente que transportaba en suaves brisas las fragancias de toda la campiña en su verdor más intenso.
Tan pronto oyó la madre del cura Andrés ruidos por los cuartos de sus huéspedes, se afanó en prepararles el desayuno en el porche, bajo la tibieza del Sol mañanero, sobre la mesa una jícara de leche de cabra recién hervida en la que flotaba una gruesa capa de nata, una cestilla rebosante de magdalenas amasadas y horneadas por ella misma, un gran frasco de cristal lleno de dulce arrope, un plato con media pieza de ojeroso queso manchego, el pote con café de puchero, y un poco apartado de las viandas principales, como si estuviera allí por casualidad o con timidez, una botella con cazalla y tres pequeñas copas de cristal. Inconscientemente, la mujer en su querer ser obsequiosa no se había salido ni un ápice de lo que un rico hacendado de la Mancha calificaría sin duda como tempranero desayuno-almuerzo tradicional. Cuando lo tuvo todo preparado desapareció del lugar, manteniendo así la misma actitud que en la hora de la cena, dejando solos a sus invitados y murmurando para sus adentros “Seguro que darán buena cuenta, pues aunque la cena haya sido generosa, todos se despiertan en ayunas”