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Al reagruparse los tres capellanes, observaron la mesa, se miraron entre sí, sin decirse nada, el cura Andrés meneó la cabeza y se fue en busca de su madre, la encontró en su cuarto.
-Madre, estamos todos muy agradecidos por tan gustoso desayuno, pero no has tenido en cuenta que tenemos que consagrar y comulgar, y debemos estar en ayunas hasta ese momento.
- Hay hijo mío, perdona mi torpeza. ¿Que dirán los otros señores curas?
- Tranquila madre que no dicen nada y te repito que están muy agradecidos de tus atenciones, en todo caso guarda lo que puedas por si al terminar la liturgia quieren tomar algo antes de volver a sus parroquias.
Enfundados en sus sotanas más nuevas, abrochados los noventa y nueve botones, puestas al Sol las tres tonsuras, los clérigos iniciaron su paseo por el pueblo camino de la Iglesia Vieja. A los pocos paso el cura Andrés le dice a sus acompañantes.
- Ya que van a estar poco tiempo en el pueblo y para que se hagan una idea de cómo es, aunque creo que diferirá poco de donde tienen ustedes su parroquia, no iremos por el camino más corto y así daremos una pequeña vuelta. ¿Les parece bien?
Sin haber premeditado el recorrido que quería hacer, el padre Andrés fue guiando a sus compañeros zigzagueando por las calles y callejas de la villa, mientras entre ellos se iniciaron conversaciones banales pasando de unos temas a otros con facilidad y sin llegar nunca a conclusiones definitivas.
- ¿Aparecen por sus pueblos esos cómicos trashumantes que unas veces hacen teatro y otras cine?
- Pues si, si que aparecen, como una de las siete plagas bíblicas, la gente acude mas a ver sus payasadas, y digo payasadas por no decir otra palabra malsonante, que a los cultos. Ahora que yo, con la ayuda de Nuestro Señor, pongo coto a sus libertinajes, si lo que quieren hacer es teatro, en cuanto llegan al pueblo les mando recado con el pregonero de que me enseñen el libreto y el vestuario de las mujeres, y si es cine me tienen que pasar en el corral de la rectoría la película entera, y si barrunto algo obsceno, pues me reúno con el alcalde y se suspende la función, que pecados ya se cometen suficientemente sin las incitaciones de esas mal llamadas obras de arte que mas parecen cosa del diablo que de personas cristianas.
- Pero padre, en Madrid todo eso lo ha visto la censura y si se hecha en el cine o se representa en el teatro es por que se ha suprimido todo lo pecaminoso, a ver si vamos a ser nosotros mas papistas que el Papa.
- En Madrid hay muy libertinaje, padre, y nosotros debemos procurar que no llegue a nuestros pueblos la depravación.
En estas conversaciones estaban los tres curas, cuando Andrés se dio cuenta de que se acercaba, sin haber tenido intención previa de pasar por allí, a la puerta principal de la casa de los padres de Apolonia, en ese instante sus oídos se asordaron a lo que
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conversaban sus dos colegas, y sus otros sentidos se embotaron, quedándole solo la capacidad para los recuerdos infantiles, y entre ellos avasallaba las veces que en compañía o de la mano de la niña Apolonia había entrado por aquellas portadas, saliendo unas veces con la rica merienda que consumían juntos, otras en los ratos de estancia en los porches de la corrala leyendo juntos la escasa literatura infantil que llegaba a sus manos, o las conversaciones y juegos propios de su edad y que siempre compartían ¿Que habrá sido de Apolonia
- ¡Padre! … ¡Padre!.... que parece usted dormido – Le interpeló al cura Andrés uno de sus compañeros de caminata.
- Cierto … durante unos segundos me he quedado como transpuesto, posiblemente serán los nervios de la ceremonia – Contestó espabilándose el cura Andrés y unos segundos después avisó.
- Bueno ya que hemos llegado a la que el pueblo llama la Iglesia Vieja en realidad está consagrada a Santa María Magdalena, como ven es un hermoso edificio de estilo medieval poco definido, pero esplendido en su construcción a base de enormes sillares pétreos. Cuando entren comprobaran que el templo propiamente dicho está medio en ruinas y no hay indicio de que se restaure, la torre en su tiempo debió ser de las mas esbeltas de la comarca y ahora tiene riesgo de desmoronarse, pero no tengan ningún temor que el maestro de obras del pueblo me dice que el obispado mandó un arquitecto no hace mucho y aseguró que no hay riesgo de hundimiento de la bóveda, al menos de momento.
Abrió la puerta, pasaron bajo su trabajado atrio, ahora con adorno floral gracias al buen hacer de los jóvenes del pueblo, su interior estaba iluminado por la intensa luz que se filtraba por las vidrieras que aun se conservaban con representaciones originales a base de emplomados, otras el tiempo y la desgana hicieron que devinieran en opacas o simplemente material translucido. En todo su interior se había sustituido la austeridad del gótico o románico, por la escayola churrigueresca de los siglos XVII y XVIII.
Encendieron entre los tres bajo la falsa bóveda de escayola superpuesta a la original, las velas rituales del altar mayor, así como las luminarias y candiles de alguna que otra ara menor dedicada a santos varones o vírgenes cuyas imagines donaron en tiempos pasados próceres y caciques, que pensaban mas en su propia vanidad, que en los bienes que acarrearía a los fieles el culto que les podían dedicar.
Dentro de la sacristía abrieron cofres de arcaica madera y encontraron en los mismo los ancestrales ornamentos que precisaban para la ceremonia que tenían que compartir.
Sin ayuda de ningún acólito iniciaron con parsimonia su vestimenta con los ropajes sagrados y sobre sus sotanas fueron colocándose, cíngulos, estolas, albas y casullas. De un estante acristalado seleccionaron entre los pocos objetos de culta que en ella había el cáliz de mayor tamaño, lo bruñeron un poco para quitarle polvo y pátina, intentando con escaso éxito que fulgurara como cuando lo fabricó siglos atrás orfebre anónimo. El incensario, la patena y demás elementos de celebración del sacro rito también fueron fácilmente localizados y accesibles. En estos menesteres se hizo ya la hora acordada para el inicio de la misa cantada y concelebrada. Se asomó uno los tres curas desde la puerta de la sacristía a la nave del templo y la vieron llena, hombres a un lado, mujeres a otro, como no disponían de campanario para avisar el inicio, les hizo discretas señas al pregonero sentado junto al alcalde y secretario municipal, en el extremo exterior de la
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primera fila de bancos, se acercó este y le pidió que hiciera sonar la rueda de campanillas que había junto a la puerta de la sacristía. Así lo hizo el buen hombre, y tras el toque multi-campanil aparecieron en fila india los tres sacerdotes, el primero portaba el incensario, seguía Andrés con el cáliz y patena y se cerraba el desfile con el tercer consagrante portando el voluminoso libro de los Santos Evangelios que colocó a la derecha del altar.
El acordeonista, como la divinidad le dio a entender, adaptó su sapiencia tanguera a música sacra, el caso es que las notas que salían del acordeón rebotando por los muros y columnas de la pétrea nave no añadían ni quitaban emoción alguna al acto, ya que la asistencia al mismo, para la mayoría de los asistentes, estaba en ver como se desenvolvía el nuevo cura, a mayores, por ser el misacantano hijo del pueblo.
La misa se desarrolló con el respeto a toda la liturgia más dogmática, los cánticos de los tres celebrantes no fueron precisamente un recital de opera, pues sus canoras invocaciones en latín con música a destiempo, fue todo un espectáculo disonante digno de haberlo descrito Valle Inclán en uno de sus esperpentos.
Pero la cosa acabó a gusto de lo presentes, que agradecieron el espectáculo ritual, especialmente la parte final del mismo, cuando el cura Andrés se despojó de su casulla, y se dirigió a la butaca colocada delante del altar mayor y de espaldas al mismo, se sentó y apoyó sus brazos sobre los del sillón dejando caer sus manos al vacío para que seguidamente los fieles asistentes que lo desearan se acercaran hasta él por el pasillo central, y arrodillándose las besaran en señal de reconocimiento de su santo ministerio y obediencia a sus enseñas y mandatos. El protocolo local exigía que fueran los hombres quienes primero
Al reagruparse los tres capellanes, observaron la mesa, se miraron entre sí, sin decirse nada, el cura Andrés meneó la cabeza y se fue en busca de su madre, la encontró en su cuarto.
-Madre, estamos todos muy agradecidos por tan gustoso desayuno, pero no has tenido en cuenta que tenemos que consagrar y comulgar, y debemos estar en ayunas hasta ese momento.
- Hay hijo mío, perdona mi torpeza. ¿Que dirán los otros señores curas?
- Tranquila madre que no dicen nada y te repito que están muy agradecidos de tus atenciones, en todo caso guarda lo que puedas por si al terminar la liturgia quieren tomar algo antes de volver a sus parroquias.
Enfundados en sus sotanas más nuevas, abrochados los noventa y nueve botones, puestas al Sol las tres tonsuras, los clérigos iniciaron su paseo por el pueblo camino de la Iglesia Vieja. A los pocos paso el cura Andrés le dice a sus acompañantes.
- Ya que van a estar poco tiempo en el pueblo y para que se hagan una idea de cómo es, aunque creo que diferirá poco de donde tienen ustedes su parroquia, no iremos por el camino más corto y así daremos una pequeña vuelta. ¿Les parece bien?
Sin haber premeditado el recorrido que quería hacer, el padre Andrés fue guiando a sus compañeros zigzagueando por las calles y callejas de la villa, mientras entre ellos se iniciaron conversaciones banales pasando de unos temas a otros con facilidad y sin llegar nunca a conclusiones definitivas.
- ¿Aparecen por sus pueblos esos cómicos trashumantes que unas veces hacen teatro y otras cine?
- Pues si, si que aparecen, como una de las siete plagas bíblicas, la gente acude mas a ver sus payasadas, y digo payasadas por no decir otra palabra malsonante, que a los cultos. Ahora que yo, con la ayuda de Nuestro Señor, pongo coto a sus libertinajes, si lo que quieren hacer es teatro, en cuanto llegan al pueblo les mando recado con el pregonero de que me enseñen el libreto y el vestuario de las mujeres, y si es cine me tienen que pasar en el corral de la rectoría la película entera, y si barrunto algo obsceno, pues me reúno con el alcalde y se suspende la función, que pecados ya se cometen suficientemente sin las incitaciones de esas mal llamadas obras de arte que mas parecen cosa del diablo que de personas cristianas.
- Pero padre, en Madrid todo eso lo ha visto la censura y si se hecha en el cine o se representa en el teatro es por que se ha suprimido todo lo pecaminoso, a ver si vamos a ser nosotros mas papistas que el Papa.
- En Madrid hay muy libertinaje, padre, y nosotros debemos procurar que no llegue a nuestros pueblos la depravación.
En estas conversaciones estaban los tres curas, cuando Andrés se dio cuenta de que se acercaba, sin haber tenido intención previa de pasar por allí, a la puerta principal de la casa de los padres de Apolonia, en ese instante sus oídos se asordaron a lo que
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conversaban sus dos colegas, y sus otros sentidos se embotaron, quedándole solo la capacidad para los recuerdos infantiles, y entre ellos avasallaba las veces que en compañía o de la mano de la niña Apolonia había entrado por aquellas portadas, saliendo unas veces con la rica merienda que consumían juntos, otras en los ratos de estancia en los porches de la corrala leyendo juntos la escasa literatura infantil que llegaba a sus manos, o las conversaciones y juegos propios de su edad y que siempre compartían ¿Que habrá sido de Apolonia
- ¡Padre! … ¡Padre!.... que parece usted dormido – Le interpeló al cura Andrés uno de sus compañeros de caminata.
- Cierto … durante unos segundos me he quedado como transpuesto, posiblemente serán los nervios de la ceremonia – Contestó espabilándose el cura Andrés y unos segundos después avisó.
- Bueno ya que hemos llegado a la que el pueblo llama la Iglesia Vieja en realidad está consagrada a Santa María Magdalena, como ven es un hermoso edificio de estilo medieval poco definido, pero esplendido en su construcción a base de enormes sillares pétreos. Cuando entren comprobaran que el templo propiamente dicho está medio en ruinas y no hay indicio de que se restaure, la torre en su tiempo debió ser de las mas esbeltas de la comarca y ahora tiene riesgo de desmoronarse, pero no tengan ningún temor que el maestro de obras del pueblo me dice que el obispado mandó un arquitecto no hace mucho y aseguró que no hay riesgo de hundimiento de la bóveda, al menos de momento.
Abrió la puerta, pasaron bajo su trabajado atrio, ahora con adorno floral gracias al buen hacer de los jóvenes del pueblo, su interior estaba iluminado por la intensa luz que se filtraba por las vidrieras que aun se conservaban con representaciones originales a base de emplomados, otras el tiempo y la desgana hicieron que devinieran en opacas o simplemente material translucido. En todo su interior se había sustituido la austeridad del gótico o románico, por la escayola churrigueresca de los siglos XVII y XVIII.
Encendieron entre los tres bajo la falsa bóveda de escayola superpuesta a la original, las velas rituales del altar mayor, así como las luminarias y candiles de alguna que otra ara menor dedicada a santos varones o vírgenes cuyas imagines donaron en tiempos pasados próceres y caciques, que pensaban mas en su propia vanidad, que en los bienes que acarrearía a los fieles el culto que les podían dedicar.
Dentro de la sacristía abrieron cofres de arcaica madera y encontraron en los mismo los ancestrales ornamentos que precisaban para la ceremonia que tenían que compartir.
Sin ayuda de ningún acólito iniciaron con parsimonia su vestimenta con los ropajes sagrados y sobre sus sotanas fueron colocándose, cíngulos, estolas, albas y casullas. De un estante acristalado seleccionaron entre los pocos objetos de culta que en ella había el cáliz de mayor tamaño, lo bruñeron un poco para quitarle polvo y pátina, intentando con escaso éxito que fulgurara como cuando lo fabricó siglos atrás orfebre anónimo. El incensario, la patena y demás elementos de celebración del sacro rito también fueron fácilmente localizados y accesibles. En estos menesteres se hizo ya la hora acordada para el inicio de la misa cantada y concelebrada. Se asomó uno los tres curas desde la puerta de la sacristía a la nave del templo y la vieron llena, hombres a un lado, mujeres a otro, como no disponían de campanario para avisar el inicio, les hizo discretas señas al pregonero sentado junto al alcalde y secretario municipal, en el extremo exterior de la
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primera fila de bancos, se acercó este y le pidió que hiciera sonar la rueda de campanillas que había junto a la puerta de la sacristía. Así lo hizo el buen hombre, y tras el toque multi-campanil aparecieron en fila india los tres sacerdotes, el primero portaba el incensario, seguía Andrés con el cáliz y patena y se cerraba el desfile con el tercer consagrante portando el voluminoso libro de los Santos Evangelios que colocó a la derecha del altar.
El acordeonista, como la divinidad le dio a entender, adaptó su sapiencia tanguera a música sacra, el caso es que las notas que salían del acordeón rebotando por los muros y columnas de la pétrea nave no añadían ni quitaban emoción alguna al acto, ya que la asistencia al mismo, para la mayoría de los asistentes, estaba en ver como se desenvolvía el nuevo cura, a mayores, por ser el misacantano hijo del pueblo.
La misa se desarrolló con el respeto a toda la liturgia más dogmática, los cánticos de los tres celebrantes no fueron precisamente un recital de opera, pues sus canoras invocaciones en latín con música a destiempo, fue todo un espectáculo disonante digno de haberlo descrito Valle Inclán en uno de sus esperpentos.
Pero la cosa acabó a gusto de lo presentes, que agradecieron el espectáculo ritual, especialmente la parte final del mismo, cuando el cura Andrés se despojó de su casulla, y se dirigió a la butaca colocada delante del altar mayor y de espaldas al mismo, se sentó y apoyó sus brazos sobre los del sillón dejando caer sus manos al vacío para que seguidamente los fieles asistentes que lo desearan se acercaran hasta él por el pasillo central, y arrodillándose las besaran en señal de reconocimiento de su santo ministerio y obediencia a sus enseñas y mandatos. El protocolo local exigía que fueran los hombres quienes primero