próximos, se acercaron seguidamente las féminas, más arraigadas a las ceremonias de la tradición católica, acudieron casi en tropel, unas guiadas por sus miedos, otras por su devoción, algunas jóvenes en edad de merecer para curiosear y olisquear a aquel santo varón de tan buena planta, apenadas por el despilfarrado que suponía perder tan brioso ejemplar sacrificado por unos votos de celibato perpetuo.
Esta ultima parte de la ceremonia se aprovechó para la financiación de las necesidades parroquiales, ya que a continuación del cura Andrés sentado en su breve trono, se había apostado de pie y portando un saquito de lienzo negro con ancha boca el pregonero del pueblo, que piadosamente a todos los que concluían el besamanos y mientras se alzaban del arrodillamiento, les susurraba “Una limosna para las necesidades de la parroquia”.
Concluido todo el rito, se retiraron los curas a la sacristía, acudió a ella el alcalde, el médico, el cabo de la guardia civil, los maestros, el juez de paz y algún acomodado lugareño, para dar los parabienes el paisano misacantano, manifestar lo bonito que había resultado todo y desearle toda clase de suertes en su labor pastoral.
Recuperaron los clérigos su vestimenta talar de paseo, hicieron recuento de las dádivas y repartieron como buenos hermanos la mucha calderilla y el poco papel moneda recaudado, un veinticinco por ciento para cada uno de los forasteros y el restante cincuenta por ciento para el cura titular del pueblo. Embolsado el parvo estipendio, salieron los últimos del templo e iniciaron la despedida entre ellos, que cortó el cura Andrés diciendo a sus colegas.
19
-Bueno, antes de marchar tendrán que tomar ustedes algo, no han desayunado siquiera, es mediodía y aun les queda un buen rato hasta sus parroquias. Mi madre tendrá ya preparado alguna cosilla, así que a casa.
Hubo un pequeño y cortés tira y afloja, que sí, que no, que hemos abandonado nuestros quehaceres en nuestros pueblos, que ya hemos molestado mucho a su santa madre, etc. etc. Pero al final accedieron, eso sí, siempre que la comida fuera moderada y breve.
La madre de Andrés efectivamente tenia preparada las viandas del almuerzo esmerándose en la cocina autóctona, para empezar unos crujientes zarajos como solo se hornean en Villarejo, unas escudillas con morteruelo, una bandeja ocupada por chorizos acompañados de torreznos, y para concluir queso manchego con miel y la jícara de arrope. La bebida fue parca en surtido, tan solo el modesto manchuelo de un jaraíz local.
Invocando constantes manifestaciones de la exagerada obsequiosidad de la madre del cura Andrés y de la incitación a caer en el pecado de la gula, concluyeron postres y tomaron su cafetito, desestimaron cazalla pero no se negaron al moscatel, y anunciaron su retirada y vuelta a sus lugares de origen, lo que realizaron sin más historia.
Los días siguientes los empleó el cura Andrés en visitar a las familias del pueblo, para ello todas las mañanas, después de la misa, marchaba al Ayuntamiento donde el Secretario y al Pregonero le informaban del que y el cómo de cada vecino, Andrés elegía primero aquellas en donde tenían un enfermo o habían sufrido una desgracia reciente que pudiera consolar, rehuyendo aquellas en que alguno de sus componentes estuviera tildado de “cáscara amarga”, tanto daba en lo estrictamente político o tan solo ligeramente anticlerical. Especial cuidado ponía en saber de aquellas familias que tenían o habían tenido algún pariente perseguido por la justicia o por ideas políticas anticlericales. También rehuía a los pobres de solemnidad, no sabia como corresponderían a su visita, ni tampoco como ayudarles, pues intuía y no sin razón que la pobreza no se alivia con palabras.
-Para todos esos tendré que comenzar la labor cuando conozca bien al vecindario, sepa quienes asisten o no a los oficios y sacramentos y además yo haya acopiado algo de experiencia.- Pensaba el cura Andrés al tomar estas decisiones.
En sus visitas de un vecino a otro pasaba inconscientemente por delante de la puerta de la casa de los padres de Apolonia, no lo hacia intencionadamente, pero algo que el no controlaba le llevaba hasta allí y al percatarse sentía rubor, una leve inquietud que le perturbaba momentáneamente, no encontraba ninguna razón ni para andar por allí, ni tampoco para no hacerlo, ni por su mente cruzaban otros pensamientos que no fueran la de los inocentes juegos infantiles que allí vivió.
--ooOOoo—
-Hijo me han dicho en la tahona que pronto tendrás que celebrar tu primera boda en el pueblo y creo que son gente bien, él es forastero, no lo conoces, lleva aquí trabajando
tres años en la fábrica de harinas y es un mozo muy educado y atento, creo que es de Osa de la Vega y ella es de aquí, me han dicho quien es pero no lo he oído bien y no caigo. ¡Cómo no hay habladurías de ninguna soltera preñada!.
20
- ¡Madre! Que cosas dices, no seas chismosa. ¿Sabes para cuando es el enlace?
-Pues según apuntan para muy pronto, que ya tienen casa y muebles y estaban esperando que hubiera cura en el pueblo para que la boda fuera de campanillas. Verás como vienen pronto a lo del arreglo de papeles.
El domingo siguiente, como era costumbre, celebró en la ermita el cura Andrés la misa mayor con comunión, al término del oficio, cuando se encontraba recogiendo sus vestiduras sacras, tocó con los nudillos en la hoja de la puerta un joven de edad similar a la suya, su aspecto era diferente al de los que se ganaban la vida en las labores agrícolas, ni su frente ni sus manos proclamaban la dureza del campo, y su vestimenta de domingo, sin acicalamiento, denotaba una agradable compostura.
-Buenos días don Andrés ¿Puedo hablar un momento con usted?
-No faltaría más hijo, pasa.
-Verá usted se trata de que mi novia y yo queremos casarnos el tercer domingo del mes que viene, y claro hay que empezar a preparar los papeles y todas estas cosas que usted nos dirá. Pretendemos casarnos, si es posible en la Iglesia Vieja, si no se viene abajo antes, pero en cualquier caso usted que también es del pueblo siempre nos dará su buen consejo.
-Pues en cuanto a casaros ningún problema y con el mayor agrado, ahora en lo que concierne a la Iglesia Vieja como vosotros la llamáis, su estado de conservación es peligroso y el obispado y el señor alcalde recomienda no utilizarla salvo en ocasiones muy solemnes para evitar riesgos, por lo menos hasta que la restauren, que buena falta le hace. Espero que esto no os contraríe, y dar por seguro que pondré todo mi interés en que la ceremonia en la Ermita de Nuestra Señora de la Soledad no desdiga del esplendor que se pueda dar en la Iglesia Santa María Magdalena, vamos la Iglesia Vieja que decís. Y la novia ¿Dónde anda?
-Ha estado oyendo misa conmigo, pero le han venido parientes de fuera y ha tenido que ir a su casa para ayudar a su madre. ¿Si quiere la llamo?
-No, no, no hace falta, creo que lo mejor es que busquemos un día que os venga bien, mejor una tarde y venís a la casa rectoral, bueno en realidad a casa de mis padres, y hablamos del sacramento del matrimonio y empezamos a preparar el vuestro. ¿Qué te parece pasado mañana martes, sobre las..? ¿A que hora terminas de trabajar?
-En el buen tiempo hasta la caída del Sol.
- ¿Te parece bien a las siete de la tarde?. Hasta la hora de la cena tenemos como mínimo dos horas que creo que para el primer día son mas que suficientes.
-Pues por mí de acuerdo don Andrés.
-Entonces si Dios quiere hasta el martes a las siete, que os espero a los dos.
--ooOOoo—
21
No se olvidó el cura Andrés de la cita que para aquel martes había concertado con la pareja que deseaba casarse. Así que después de comer con sus padres, repasó los manuales sobre el sacramento que impartiría por primera vez, y sobre las seis de la tarde se acercó a al ermita y buscó en la sacristía entre los viejos y polvorientos legajos los papeles necesarios para iniciar los trámites de la boda, los localizó y se los llevó consigo de vuelta a la vivienda. Una vez en su cuarto escudriñó en una de sus maletas y sacó de ella un libro de bolsillo encuadernado en rústica, con el sugerente titulo de “La castidad matrimonial un camino de santidad”
A la hora convenida, el cura Andrés se encontraba absorto leyendo, posiblemente la biografía de algún santo varón, hasta que su madre entró en la estancia y le comunicó.
Esta ultima parte de la ceremonia se aprovechó para la financiación de las necesidades parroquiales, ya que a continuación del cura Andrés sentado en su breve trono, se había apostado de pie y portando un saquito de lienzo negro con ancha boca el pregonero del pueblo, que piadosamente a todos los que concluían el besamanos y mientras se alzaban del arrodillamiento, les susurraba “Una limosna para las necesidades de la parroquia”.
Concluido todo el rito, se retiraron los curas a la sacristía, acudió a ella el alcalde, el médico, el cabo de la guardia civil, los maestros, el juez de paz y algún acomodado lugareño, para dar los parabienes el paisano misacantano, manifestar lo bonito que había resultado todo y desearle toda clase de suertes en su labor pastoral.
Recuperaron los clérigos su vestimenta talar de paseo, hicieron recuento de las dádivas y repartieron como buenos hermanos la mucha calderilla y el poco papel moneda recaudado, un veinticinco por ciento para cada uno de los forasteros y el restante cincuenta por ciento para el cura titular del pueblo. Embolsado el parvo estipendio, salieron los últimos del templo e iniciaron la despedida entre ellos, que cortó el cura Andrés diciendo a sus colegas.
19
-Bueno, antes de marchar tendrán que tomar ustedes algo, no han desayunado siquiera, es mediodía y aun les queda un buen rato hasta sus parroquias. Mi madre tendrá ya preparado alguna cosilla, así que a casa.
Hubo un pequeño y cortés tira y afloja, que sí, que no, que hemos abandonado nuestros quehaceres en nuestros pueblos, que ya hemos molestado mucho a su santa madre, etc. etc. Pero al final accedieron, eso sí, siempre que la comida fuera moderada y breve.
La madre de Andrés efectivamente tenia preparada las viandas del almuerzo esmerándose en la cocina autóctona, para empezar unos crujientes zarajos como solo se hornean en Villarejo, unas escudillas con morteruelo, una bandeja ocupada por chorizos acompañados de torreznos, y para concluir queso manchego con miel y la jícara de arrope. La bebida fue parca en surtido, tan solo el modesto manchuelo de un jaraíz local.
Invocando constantes manifestaciones de la exagerada obsequiosidad de la madre del cura Andrés y de la incitación a caer en el pecado de la gula, concluyeron postres y tomaron su cafetito, desestimaron cazalla pero no se negaron al moscatel, y anunciaron su retirada y vuelta a sus lugares de origen, lo que realizaron sin más historia.
Los días siguientes los empleó el cura Andrés en visitar a las familias del pueblo, para ello todas las mañanas, después de la misa, marchaba al Ayuntamiento donde el Secretario y al Pregonero le informaban del que y el cómo de cada vecino, Andrés elegía primero aquellas en donde tenían un enfermo o habían sufrido una desgracia reciente que pudiera consolar, rehuyendo aquellas en que alguno de sus componentes estuviera tildado de “cáscara amarga”, tanto daba en lo estrictamente político o tan solo ligeramente anticlerical. Especial cuidado ponía en saber de aquellas familias que tenían o habían tenido algún pariente perseguido por la justicia o por ideas políticas anticlericales. También rehuía a los pobres de solemnidad, no sabia como corresponderían a su visita, ni tampoco como ayudarles, pues intuía y no sin razón que la pobreza no se alivia con palabras.
-Para todos esos tendré que comenzar la labor cuando conozca bien al vecindario, sepa quienes asisten o no a los oficios y sacramentos y además yo haya acopiado algo de experiencia.- Pensaba el cura Andrés al tomar estas decisiones.
En sus visitas de un vecino a otro pasaba inconscientemente por delante de la puerta de la casa de los padres de Apolonia, no lo hacia intencionadamente, pero algo que el no controlaba le llevaba hasta allí y al percatarse sentía rubor, una leve inquietud que le perturbaba momentáneamente, no encontraba ninguna razón ni para andar por allí, ni tampoco para no hacerlo, ni por su mente cruzaban otros pensamientos que no fueran la de los inocentes juegos infantiles que allí vivió.
--ooOOoo—
-Hijo me han dicho en la tahona que pronto tendrás que celebrar tu primera boda en el pueblo y creo que son gente bien, él es forastero, no lo conoces, lleva aquí trabajando
tres años en la fábrica de harinas y es un mozo muy educado y atento, creo que es de Osa de la Vega y ella es de aquí, me han dicho quien es pero no lo he oído bien y no caigo. ¡Cómo no hay habladurías de ninguna soltera preñada!.
20
- ¡Madre! Que cosas dices, no seas chismosa. ¿Sabes para cuando es el enlace?
-Pues según apuntan para muy pronto, que ya tienen casa y muebles y estaban esperando que hubiera cura en el pueblo para que la boda fuera de campanillas. Verás como vienen pronto a lo del arreglo de papeles.
El domingo siguiente, como era costumbre, celebró en la ermita el cura Andrés la misa mayor con comunión, al término del oficio, cuando se encontraba recogiendo sus vestiduras sacras, tocó con los nudillos en la hoja de la puerta un joven de edad similar a la suya, su aspecto era diferente al de los que se ganaban la vida en las labores agrícolas, ni su frente ni sus manos proclamaban la dureza del campo, y su vestimenta de domingo, sin acicalamiento, denotaba una agradable compostura.
-Buenos días don Andrés ¿Puedo hablar un momento con usted?
-No faltaría más hijo, pasa.
-Verá usted se trata de que mi novia y yo queremos casarnos el tercer domingo del mes que viene, y claro hay que empezar a preparar los papeles y todas estas cosas que usted nos dirá. Pretendemos casarnos, si es posible en la Iglesia Vieja, si no se viene abajo antes, pero en cualquier caso usted que también es del pueblo siempre nos dará su buen consejo.
-Pues en cuanto a casaros ningún problema y con el mayor agrado, ahora en lo que concierne a la Iglesia Vieja como vosotros la llamáis, su estado de conservación es peligroso y el obispado y el señor alcalde recomienda no utilizarla salvo en ocasiones muy solemnes para evitar riesgos, por lo menos hasta que la restauren, que buena falta le hace. Espero que esto no os contraríe, y dar por seguro que pondré todo mi interés en que la ceremonia en la Ermita de Nuestra Señora de la Soledad no desdiga del esplendor que se pueda dar en la Iglesia Santa María Magdalena, vamos la Iglesia Vieja que decís. Y la novia ¿Dónde anda?
-Ha estado oyendo misa conmigo, pero le han venido parientes de fuera y ha tenido que ir a su casa para ayudar a su madre. ¿Si quiere la llamo?
-No, no, no hace falta, creo que lo mejor es que busquemos un día que os venga bien, mejor una tarde y venís a la casa rectoral, bueno en realidad a casa de mis padres, y hablamos del sacramento del matrimonio y empezamos a preparar el vuestro. ¿Qué te parece pasado mañana martes, sobre las..? ¿A que hora terminas de trabajar?
-En el buen tiempo hasta la caída del Sol.
- ¿Te parece bien a las siete de la tarde?. Hasta la hora de la cena tenemos como mínimo dos horas que creo que para el primer día son mas que suficientes.
-Pues por mí de acuerdo don Andrés.
-Entonces si Dios quiere hasta el martes a las siete, que os espero a los dos.
--ooOOoo—
21
No se olvidó el cura Andrés de la cita que para aquel martes había concertado con la pareja que deseaba casarse. Así que después de comer con sus padres, repasó los manuales sobre el sacramento que impartiría por primera vez, y sobre las seis de la tarde se acercó a al ermita y buscó en la sacristía entre los viejos y polvorientos legajos los papeles necesarios para iniciar los trámites de la boda, los localizó y se los llevó consigo de vuelta a la vivienda. Una vez en su cuarto escudriñó en una de sus maletas y sacó de ella un libro de bolsillo encuadernado en rústica, con el sugerente titulo de “La castidad matrimonial un camino de santidad”
A la hora convenida, el cura Andrés se encontraba absorto leyendo, posiblemente la biografía de algún santo varón, hasta que su madre entró en la estancia y le comunicó.