Celebró seguidamente con una rapidez casi sacrílega la santa misa y dio la comunión a las añejas beatas. Salió de la ermita cerrando su vetusta puerta, y se dispuso a reflexionar y mortificarse, para lo que sin pensar hacia donde inició una acelerada andadura que inconscientemente le llevó hacia el camino del pozo de agua dulce, quizá la calzada más transitada del término, lo que le obligó a saludar con los protocolarios buenos días con cuantos aguadores y aguadoras se cruzó en el camino y no fueron precisamente pocos, aunque contrariamente a lo que era costumbre con nadie se detuvo a hablar, ni tan siquiera el tiempo mínimo que el protocolo y la cortesía local espera del pastor de almas de la villa.
En esta andadura, entre saludo y saludo, reflexionó y volvió a sentirse mal al percatarse de que la explosión de lujuria que había padecido la tarde anterior no había surgido anteriormente con el trato o contemplación de otras mujeres, fuera en su época de seminarista o en los pocos días transcurridos desde su regreso a Villarejo. ¿Por que precisamente con Apolonia, que era conocida de su madre, que había sido además en la niñez candorosa compañera de escuela?. ¿Por que Apolonia?, ¿Por que?. Sus elucubraciones como respuestas a sus dudas aún acentuaban más su intranquilidad, pues precisamente todas las circunstancias apuntaban que con esta mujer, recatada, sin exhibición ni insinuación alguna, pía feligresa, era precisamente con quien menos tenia que haber sucedido lo que sucedió. No hallaba el cura Andrés explicación a su desorden.
En los días siguientes no volvió a ver a la pareja en trance de casamiento, y aunque se preocupó de ir acopiando los papeles necesarios, el episodio de aquel día en que le visitaron fue disipándose. Según previenen los cánones, en los tres siguientes festivos de guardar, en la ultima parte de la misa mayor, subió al púlpito propagando las amonestaciones y mientras las clamaba, volvía a sentir, esta vez con leve intensidad cierto malestar y hasta llegaba a pensar que ojalá alguien confesara algún impedimento y, retornaba su pregunta sin respuesta... ¿Por que?.
El lunes de la semana prefijada para la boda, el cura Andrés mandó recado al novio pidiéndole que pasara por su casa para ultimar algunas cosas. Acudió el mozo y oyó del clérigo.
- He pensado que como los dos sois personas ya adultas, instruidas, de buenas familias que profesan nuestra santa religión con caridad, que os puedo excusar del cursillo prematrimonial, yo doy por hecho que estáis los suficientemente informado y no quiero haceros consumir un tiempo que seguro lo tenéis apurado por todo el ajetreo que supone el cambio de vida y de casa que conlleva el nuevo estado que abrazáis. ¿Te parece bien?
Continuó después de percibir el asentimiento del joven.
- Lo que no puedo evitar, y seguro que tampoco vosotros lo deseáis es prescindir del sacramento de la confesión, he pensado que si os caso el domingo el viernes puede ser un buen día, siempre que entre la confesión y la comunión continuéis en estado de gracia, si
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esto ultimo no fuera así, por favor, antes de cometer un sacrilegio me avisáis a cualquier hora del día o de la noche que estaré a vuestra disposición. ¿También estamos de acuerdo?
- Por supuesto don Andrés, así que si no manda nada hasta el viernes a la hora del rosario ¿Le parece?
Se fueron consumiendo los pocos días que faltaban para la boda y el viernes, día previsto para que la pareja de contrayentes se confesaran, el cura Andrés se despertó sobresaltado.
¡El no debía confesarlos! ¡Cometería un sacrilegio! ¿Como podía escuchar a una mujer que le había perturbado? ¿Como escudriñar en los mas íntimos sentimientos del novio de esta mujer sobre los contactos que habían tenido?. ¿Si se habían besado?. ¿Si se habían acariciado?. ¿Como se habían acariciado?. ¿Que partes de sus cuerpos habían mancillado con tocamientos impúdicos?. ¿Cuantas veces?. ¿Donde?. ¿Habían llegado a más de...? ¿Les habían inducido sus relaciones al onanismo?. ¿Que pensamientos impuros ocupaban en el momento de la confesión sus mentes?
Para que la confesión reuniera todos los requisitos y mereciera la absolución tenia que ser sincera y él estaba obligado a indagar esa sinceridad. ¡Así lo establecen los cánones!. Y la mujer que fue la niña con la que compartió juegos en su infancia ¿Con que sinceridad se confesaría de actos tan íntimos?. ¿Como podría él por muy cura que fuera olvidar la confesión sincera cada vez que la viera?. Él no podía, no debía, se negaba en redondo a semejante intromisión en la intimidad de esa mujer, y además tenia miedo, un miedo atroz a que si la confesión era sincera y desvelaba secretos o actos íntimos, que el no supiera soportar la tentación y cayera en la excitación en que se vio inmerso el primer día que estuvieron en su casa.
¡Decididamente no los confesaba!
Hizo el cura Andrés que llegara recodo al novio de Apolonia, rogándole verse urgentemente de nuevo en la ermita, o en su casa, donde quisiera, pero urgentemente.
- Tengo que hablarte con sinceridad de un problema que os afecta. Se trata de lo siguiente. Yo todavía no poseo la experiencia necesaria para poder confesaros de forma cabalmente apropiada, como mandan las normas de la Santa Madre Iglesia. Y además siendo de vuestra misma edad no quiero que os sintáis cohibidos y por tanto reacios a la sinceridad que requiere un sacramento tan importante para la salud del espíritu. Así que os pido por favor que hoy o mañana, cuando podáis, por supuesto antes de la misa de esponsales, que os acerquéis al pueblo mas próximo, sea Montalbo, Almonacid, Tresjuncos, Fuentelespino, donde queráis, donde mejor os venga, y que el párroco de allí os confiese. Me duele en el alma tener que solicitaros este favor, y cristianamente debo pediros que me dispenséis de esta obligación en este caso concreto y por los motivos que te he dicho, y por otros que no son al caso comentar ahora. Debo renunciar, bueno renunciar no puedo, debo pediros con humildad que por esta vez me eximáis de lo que sé es mi obligación. Coger por favor el taxi para que os lleve al pueblo que queráis, lo que cueste lo paga esta parroquia y yo muy gustoso en ello, además para que el sacerdote al que vayáis no se extrañe de vuestra visita os daré una carta que podréis entregarla o no, como mejor consideréis.
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- ¿Me otorgas en tu nombre y en el de tu novia este favor?. Y además debo rogarte que lo hagáis con discreción, que no de lugar a comentarios que puedan devenir en maliciosos, esto tiene que quedar entre nosotros por el bien de nuestra salvación.
- Don Andrés, pues si usted así me lo dice. ¿Que quiere que le diga?
- Nada hijo, nada, no digas nada, eres buen cristiano y sabes de sobra que los caminos del Señor son inescrutables, y que la probidad de un ministro de Dios debe estar siempre intacta. Mi conciencia me ha dictado lo que te he dicho y creo que obro correctamente por el bien de vosotros y egoístamente también por el mío propio. Así que limpiar vuestra alma de todo pecado, que doy por seguro son pocos y veniales y el domingo si Dios quiere os recibiré en la casa del Señor para santificar vuestra unión y reconfortar vuestro espíritu con la sagrada comunión.
- Adiós hijo, adiós, hasta pronto.
En esta andadura, entre saludo y saludo, reflexionó y volvió a sentirse mal al percatarse de que la explosión de lujuria que había padecido la tarde anterior no había surgido anteriormente con el trato o contemplación de otras mujeres, fuera en su época de seminarista o en los pocos días transcurridos desde su regreso a Villarejo. ¿Por que precisamente con Apolonia, que era conocida de su madre, que había sido además en la niñez candorosa compañera de escuela?. ¿Por que Apolonia?, ¿Por que?. Sus elucubraciones como respuestas a sus dudas aún acentuaban más su intranquilidad, pues precisamente todas las circunstancias apuntaban que con esta mujer, recatada, sin exhibición ni insinuación alguna, pía feligresa, era precisamente con quien menos tenia que haber sucedido lo que sucedió. No hallaba el cura Andrés explicación a su desorden.
En los días siguientes no volvió a ver a la pareja en trance de casamiento, y aunque se preocupó de ir acopiando los papeles necesarios, el episodio de aquel día en que le visitaron fue disipándose. Según previenen los cánones, en los tres siguientes festivos de guardar, en la ultima parte de la misa mayor, subió al púlpito propagando las amonestaciones y mientras las clamaba, volvía a sentir, esta vez con leve intensidad cierto malestar y hasta llegaba a pensar que ojalá alguien confesara algún impedimento y, retornaba su pregunta sin respuesta... ¿Por que?.
El lunes de la semana prefijada para la boda, el cura Andrés mandó recado al novio pidiéndole que pasara por su casa para ultimar algunas cosas. Acudió el mozo y oyó del clérigo.
- He pensado que como los dos sois personas ya adultas, instruidas, de buenas familias que profesan nuestra santa religión con caridad, que os puedo excusar del cursillo prematrimonial, yo doy por hecho que estáis los suficientemente informado y no quiero haceros consumir un tiempo que seguro lo tenéis apurado por todo el ajetreo que supone el cambio de vida y de casa que conlleva el nuevo estado que abrazáis. ¿Te parece bien?
Continuó después de percibir el asentimiento del joven.
- Lo que no puedo evitar, y seguro que tampoco vosotros lo deseáis es prescindir del sacramento de la confesión, he pensado que si os caso el domingo el viernes puede ser un buen día, siempre que entre la confesión y la comunión continuéis en estado de gracia, si
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esto ultimo no fuera así, por favor, antes de cometer un sacrilegio me avisáis a cualquier hora del día o de la noche que estaré a vuestra disposición. ¿También estamos de acuerdo?
- Por supuesto don Andrés, así que si no manda nada hasta el viernes a la hora del rosario ¿Le parece?
Se fueron consumiendo los pocos días que faltaban para la boda y el viernes, día previsto para que la pareja de contrayentes se confesaran, el cura Andrés se despertó sobresaltado.
¡El no debía confesarlos! ¡Cometería un sacrilegio! ¿Como podía escuchar a una mujer que le había perturbado? ¿Como escudriñar en los mas íntimos sentimientos del novio de esta mujer sobre los contactos que habían tenido?. ¿Si se habían besado?. ¿Si se habían acariciado?. ¿Como se habían acariciado?. ¿Que partes de sus cuerpos habían mancillado con tocamientos impúdicos?. ¿Cuantas veces?. ¿Donde?. ¿Habían llegado a más de...? ¿Les habían inducido sus relaciones al onanismo?. ¿Que pensamientos impuros ocupaban en el momento de la confesión sus mentes?
Para que la confesión reuniera todos los requisitos y mereciera la absolución tenia que ser sincera y él estaba obligado a indagar esa sinceridad. ¡Así lo establecen los cánones!. Y la mujer que fue la niña con la que compartió juegos en su infancia ¿Con que sinceridad se confesaría de actos tan íntimos?. ¿Como podría él por muy cura que fuera olvidar la confesión sincera cada vez que la viera?. Él no podía, no debía, se negaba en redondo a semejante intromisión en la intimidad de esa mujer, y además tenia miedo, un miedo atroz a que si la confesión era sincera y desvelaba secretos o actos íntimos, que el no supiera soportar la tentación y cayera en la excitación en que se vio inmerso el primer día que estuvieron en su casa.
¡Decididamente no los confesaba!
Hizo el cura Andrés que llegara recodo al novio de Apolonia, rogándole verse urgentemente de nuevo en la ermita, o en su casa, donde quisiera, pero urgentemente.
- Tengo que hablarte con sinceridad de un problema que os afecta. Se trata de lo siguiente. Yo todavía no poseo la experiencia necesaria para poder confesaros de forma cabalmente apropiada, como mandan las normas de la Santa Madre Iglesia. Y además siendo de vuestra misma edad no quiero que os sintáis cohibidos y por tanto reacios a la sinceridad que requiere un sacramento tan importante para la salud del espíritu. Así que os pido por favor que hoy o mañana, cuando podáis, por supuesto antes de la misa de esponsales, que os acerquéis al pueblo mas próximo, sea Montalbo, Almonacid, Tresjuncos, Fuentelespino, donde queráis, donde mejor os venga, y que el párroco de allí os confiese. Me duele en el alma tener que solicitaros este favor, y cristianamente debo pediros que me dispenséis de esta obligación en este caso concreto y por los motivos que te he dicho, y por otros que no son al caso comentar ahora. Debo renunciar, bueno renunciar no puedo, debo pediros con humildad que por esta vez me eximáis de lo que sé es mi obligación. Coger por favor el taxi para que os lleve al pueblo que queráis, lo que cueste lo paga esta parroquia y yo muy gustoso en ello, además para que el sacerdote al que vayáis no se extrañe de vuestra visita os daré una carta que podréis entregarla o no, como mejor consideréis.
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- ¿Me otorgas en tu nombre y en el de tu novia este favor?. Y además debo rogarte que lo hagáis con discreción, que no de lugar a comentarios que puedan devenir en maliciosos, esto tiene que quedar entre nosotros por el bien de nuestra salvación.
- Don Andrés, pues si usted así me lo dice. ¿Que quiere que le diga?
- Nada hijo, nada, no digas nada, eres buen cristiano y sabes de sobra que los caminos del Señor son inescrutables, y que la probidad de un ministro de Dios debe estar siempre intacta. Mi conciencia me ha dictado lo que te he dicho y creo que obro correctamente por el bien de vosotros y egoístamente también por el mío propio. Así que limpiar vuestra alma de todo pecado, que doy por seguro son pocos y veniales y el domingo si Dios quiere os recibiré en la casa del Señor para santificar vuestra unión y reconfortar vuestro espíritu con la sagrada comunión.
- Adiós hijo, adiós, hasta pronto.