Con su
familia se trasladó a Spoleto donde, como el otro Francisco, era un líder de los jóvenes. Allí fue a la
escuela de los hermanos de las
Escuelas Cristianas, y al liceo clásico con los jesuitas. Le agradaba mucho el canto, y consiguió
premios en poesía latina y en las veladas teatrales. Era un
joven dinámico, con una gran pasión por su fe cristiana. En su habitación había colocado una
escultura de la Piedad para su veneración íntima.