Así que, por el mismo caso que lo torcido de mi alma se destuerce, y lo alborotado de ella se pone en paz y se vuelve, vencidas las nieblas y la tempestad del pecado, a la pureza y a lo sereno de la luz verdadera, Dios luego se desenoja con ella. Y de la paz de ella consigo misma, criada en ella por Dios, nace la paz segunda que, como dijimos, consiste en que Dios y ella, puestos aparte los enojos, se amen y quieran bien.
Pues cuando dos cosas en esta manera juntamente se miran, si es así que la una de ellas es inmudable, y si con esto acontece que se dejen de mirar algún tiempo, eso de necesidad vendrá, porque la otra que se podía torcer, usando de su poder, volvió a otra parte la cara; y, si tornaren a mirarse después, será la causa porque aquella misma que se torció y escondió, volvió otra vez su rostro hacia la primera, mudándose.
Y de esta misma manera, estándose Dios firme e inmudable en sí mismo, y no habiendo más alteración en su querer y entender que la hay en su vida y en su ser, porque en Él todo es una misma cosa, el ser y el querer, nuestra mudanza miserable y las veces de nuestro albedrío, que, como vientos diversos, juegan con nosotros, y nos vuelven al mal por momentos, nos llevan a la gracia de Dios ayudados de ella, y nos sacan de ella con su propia fuerza mil veces. Y mudándome yo, hago que parezca Dios mudarse conmigo, no mudándose Él nunca. ... (ver texto completo)
Así que Él mira siempre a lo bueno con vista de aprobación y de amor. Porque, como sabéis, Dios y lo que es amado de Dios siempre se están mirando entre sí, y como si dijésemos, Dios en el que ama, y el que ama a Dios, en ese mismo Dios tiene siempre enclavados los ojos. Dios mira por él con particular providencia, y él mira a Dios para agradarle con solicitud y cuidado; de lo primero, dice David en el Salmo: «Los ojos del Señor sobre los justos, y sus oídos a sus ruegos de ellos.» De lo segundo dicen ellos también: «Como los ojos de los siervos miran con atención a las manos y a los semblantes de sus señores, así nuestros ojos los tenemos fijados en Dios.» Y en los Cantares pide el Esposo al alma justa que le muestre la cara porque ese es oficio del justo. Y a muchos justos, en las sagradas Letras en particular, para decirles Dios que sean justos y que perseveren y se adelanten en la virtud, les dice así y les pide que no se escondan de Él, sino que anden en su presencia y que le traigan siempre delante. ... (ver texto completo)
No porque se mude ni altere Él, ni porque comience a amar ahora otra cosa diferente de lo que amó siempre, sino porque, mudándonos nosotros, venimos a figurarnos en aquella manera y forma que a Dios siempre fue agradable y amable. Y así Él, cuando nos convida a su amistad por el Profeta, no nos dice que se mudará Él, sino pídenos que nos convirtamos a Él nosotros, mudando nuestras costumbres. «Convertíos a Mí, dice, y Yo me convertiré a vosotros.» Como diciendo: Volveos vosotros a Mí, que, haciendo ... (ver texto completo)
Y digamos de cada una cosa por sí. Porque, cuanto a lo primero, cosa manifiesta es que Dios, cuando se nos pacifica y, de enemigo, se amista, y se desenoja y ablanda, no se muda Él, ni tiene otro parecer o querer de aquel que tuvo desde toda la eternidad sin principio, por el cual perpetuamente aborrece lo malo y ama lo bueno y se agrada de ello, sino el mudarnos nosotros usando bien de sus gracias y dones, y el poner en orden a nuestras almas, quitando lo torcido de ellas y lo contumaz y rebelde, y pacificando su reino y ajustándolas con la ley de Dios, y por este camino, el quitarnos del cuento y de la lista de los perdidos y torcidos que Dios aborrece, y traspasarnos al bando de los buenos que Dios ama, y ser del número de ellos, eso quita a Dios de enojo y nos torna en su buena gracia. ... (ver texto completo)
Así que, cada una de estas tres paces es de mucha importancia. Las cuales, aunque parecen diferentes, tienen entre sí cierta conformidad y orden, y nacen de la una de ellas las otras por esta manera. Porque del estar uno concertado y bien compuesto dentro de sí, del tener paz consigo mismo, no habiendo en él cosa rebelde que a la razón contradiga, nace, como de fuente, lo primero el estar en concordia con Dios, y lo segundo el conservarse en amistad con los hombres.
Y si del tener por contrario a Dios y del andar en bandos con Él nacen estos daños, bien se entiende que carecerá de ellos el que se conservare en su paz y amistad; y no sólo carecerá de estos daños, mas gozará de señalados provechos. Porque como Dios enojado y enemigo es terrible, así amigo y pacífico es liberal y dulcísimo, como se ve en lo que Isaías en su persona de Él dice que hará con la congregación santa de sus amigos y justos: «Alegraos con Jerusalén, dice, y regocijaos con ella todos los ... (ver texto completo)
Veo que Dios los pasos me ha tomado;
cortado me ha la senda, y con oscura
tiniebla mis caminos ha cerrado.
Quitó de mi cabeza la hermosura
del rico resplandor con que iba al cielo;
desnudo me dejó con mano dura.
Cortóme en derredor, y vine al suelo
cual árbol derrocado; mi esperanza
el viento la llevó con presto vuelo.
Mostró de su furor la gran pujanza, ... (ver texto completo)
Mas en el libro de Job se ve como dibujado el miserable mal que pone Dios en el corazón de aquellos contra quienes se muestra enojado: «Sonido, dice, de espanto siempre en sus orejas; y, cuando tiene paz, se recela de alguna celada; no cree poder salir de tinieblas, y mira en derredor, recatándose por todas partes de la espada; atemorízale la tribulación y cércale a la redonda la angustia.» Y, sobre todos, refiriendo Job sus dolores, pinta singularmente en sí mismo el estrago que hace Dios en los que se enoja. Y decirlo he en la manera que nuestro común amigo, en verso castellano, lo dijo. Dice, pues: ... (ver texto completo)
Jeremías, en nombre de Jerusalén, encarece con lloro el estrago que hizo en ella el enojo de Dios, y las miserias a que vino por haber trabado guerra con él: «Quebrantó, dice, con ira y braveza toda la fortaleza de Israel, hizo volver atrás su mano derecha delante del enemigo, y encendió en Jacob como una llama de fuego abrasante en derredor. Fechó su arco como contrario, refirmó su derecha como enemigo, y puso a cuchillo todo lo hermoso, y todo lo que era de ver en la morada de la hija de Sión; ... (ver texto completo)
Y mejor mucho, y más brevemente, el Profeta, diciendo: «El malo, como mar que hierve, que no tiene sosiego.» Porque no hay mar brava, en quien los vientos más furiosamente ejecuten su ira, que iguale a la tempestad y a la tormenta que, yendo unas olas y viniendo otras, mueven en el corazón desordenado del hombre sus apetitos y sus pasiones. Las cuales, a las veces, le oscurecen el día, y le hacen temerosa la noche, y le roban el sueño, y la cama se la vuelven dura, y la mesa se la hacen trabajosa ... (ver texto completo)
A quien teme o desea sin mesura,
su casa y su riqueza así le agrada
como a la vista enferma la pintura,
como a la gota el ser muy fomentada,
o como la vihuela en el oído,
que la podre atormenta amontonada.
Si el vaso no está limpio, corrompido,
aceda todo aquello que infundieres.
Porque ¿qué vida puede ser la de aquel en quien sus apetitos y pasiones, no guardando ley ni buena orden alguna, se mueven conforme a su antojo? ¿La de aquel que por momentos se muda con aficiones contrarias, y no sólo se muda, sino muchas veces apetece y desea juntamente lo que en ninguna manera se compadece estar junto: ya alegre, ya triste, ya confiado, ya temeroso, ya vil, ya soberbio? O ¿qué vida será la de aquel en cuyo ánimo hace presa todo aquello que se le pone delante?; ¿del que todo lo que se le ofrece al sentido desea?; ¿del que se trabaja por alcanzarlo todo, y del que revienta con rabia y coraje porque no lo alcanza?; ¿del que lo alcanza hoy, lo aborrece mañana, sin tener perseverancia en ninguna cosa más que en ser inconstante? ¿Qué bien puede ser bien entre tanta desigualdad? O ¿cómo será posible que un gusto tan turbado halle sabor en ninguna prosperidad ni deleite? O, por mejor decir, ¿cómo no turbará y volverá de su calidad malo y desabrido a todo aquello que en él se infundiere? No dice esto mal, Sabino, vuestro poeta: ... (ver texto completo)
Cada una de estas paces es para el hombre de grandísima utilidad y provecho, y de todas juntas se compone y fabrica toda su felicidad y bienandanza. La utilidad de la postrera manera de paz, que nos ajunta estrechamente y nos tiene en sosiego a los hombres unos con otros, cada día hacemos experiencia de ella, y los llorosos males que nacen de las contiendas y de las diferencias y de las guerras, nos la hacen más conocer y sentir.
El bien de la segunda, que es vivir concertada y pacíficamente consigo ... (ver texto completo)
La primera consiste en que el alma esté sujeta a Dios y rendida a su voluntad, obedeciendo enteramente sus leyes, y en que Dios, como en sujeto dispuesto, mirándola amorosa y dulcemente, influya el favor de sus bienes y dones. La segunda está en que la razón mande, y el sentido y los movimientos de él obedezcan sus mandamientos, y no sólo en que obedezcan, sino en que obedezcan con presteza y con gusto, de manera que no haya alboroto entre ellos ninguno ni rebeldía, ni procure ninguno por que la haya, sino que gusten así todos del estar a una, y les sea así agradable la conformidad, que ni traten de salir de ella, ni por ello forcejeen. La tercera es dar su derecho a todos cada uno, y recibir cada uno de todos aquello que se le debe sin pleito ni contienda. ... (ver texto completo)