Recuerdo una
Ledaña de los sesenta, cuando se iba aún a la
fuente de la
plaza a por
agua con unos carritos con dos cántaros, no había esos
árboles y esa plazoleta elevada, en misa los hombres se ponían detrás, mi abuelo había dejado de ser el
médico de Ledaña pocos años antes (de. José) y aún tenía la habitación con lo que fue clínica; yo podía mear en el
corral de una tía de mi padre (ya no existe tía ni corral) y tenía siempre miedo de que las gallinas me picaran -como dicen allá- la chorra. Estaba
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