Las primeras noches tuvo miedo de la soledad y del tigre, pero después de una semana comenzó a gozar de los privilegios de su nueva vida. Saltaba alegre debajo de los tunos, se echaba al sol en los gramales, se quedaba dormida junto a la quebrada, oyendo el rumor del agua, y se paraba a balar en lo más alto del cerro, como proclamándole al mundo su contento.
Entonces la ovejita negra pensó que aquella propuesta se la hacía, de la mejor buena fe, un poderoso señor, instalado en espléndida casa, a la entrada del páramo. Y ya sin la menor desconfianza, se escapó del corral de tablas y del potrero cercado con alambre de púas, y se perdió en las rocas del cerro en donde, en verdad, no escaseaba el pasto.
-Ovejita mal pensada -contestó el felino, haciéndose el disgustado-. Inténtalo y te convencerás de que nunca has tenido mejor amigo, te doy mi palabra. Además, para tu tranquilidad te informo que la carne de cordero se me indigesta: lo mismo debe pasar con la de oveja.
-Pero si yo me fugo de aquí, me vas a comer en cualquier matorral.
-Ovejita triste: para soportar golpes y desprecios, mejor estarías en los cerros, sin pastor que te trasquile y sin colegas blancas que te joroben la vida.
Esta pudiera ser la introducción a la historia de la oveja negra, precisamente escogida por el tigre para apoderarse del rebaño. Resulta que como por el colorido oscuro recibía los topones de sus compañeras y la propia madre parecía quererla menos que a las blancas, esta ovejita tonta vivía amargada y resentida. Por eso le quedó sonando lo que le dijo el tigre, deslizado un atardecer hasta donde nacía la "mana", de modo que el agua y la fresca sombra formaban un bebedero incomparable.
LA OVEJA NEGRA
La prudencia tiene ojos y lengua, eso nadie puede dudarlo. Lástima que casi siempre ande cabizbaja y hable en chino.
Curiosa foto de los años 60, en las playas de Valencia. Rosa Fernández con la montera, Carmncilla y Javier.
Eso acabó por enfadar a su esposa: "Encontraré una cura, aprenderá a tener miedo."
Fue al río que atravesaba el jardín y se trajo un cubo lleno de gobios. Por la noche, cuando el joven rey estaba dormido, su esposa le quitó las sábanas y le vació encima el cubo lleno de agua fría con los gobios, de manera que los pececitos se pusieron a dar saltos sobre él. Él se despertó y gritó: - ¡Qué susto!, ahora sé lo que es asustarse.
No, -contestó- vino un muerto y un hombre con barba me enseño un montón de dinero abajo, pero nadie me ha dicho lo que es tener miedo.
-Entonces, -dijo el rey- has salvado el castillo y te casarás con mi hija.
-Todo eso está muy bien, -dijo el joven- pero sigo sin saber lo que es tener miedo.
Se repartió el oro y se celebró la boda. Pero por mucho que quisiese a su esposa y por muy feliz que fuese el joven rey siempre decía: -Si pudiera tener miedo, si pudiera tener miedo...
-Creo que podré encontrar la salida -dijo el joven. Y tanteando consiguió encontrar el camino hasta la sala donde estaba el fuego y durmió junto a él.
A la mañana siguiente el rey fue a verle y le dijo: -Ya tienes que haber aprendido lo que es tener miedo.
-De todo esto, -dijo el viejo- uno es para los pobres, otro es para el rey y el tercero es para ti.
Entretanto dieron las doce y el espíritu desapareció y el joven se quedó a oscuras.
-Te he vencido -dijo el joven- ahora te toca morir a ti -y con una barra de hierro golpeó al viejo hasta que empezó a llorar y a pedirle que parara, que si lo hacía le daría grandes riquezas.
El joven soltó la barra de hierro y le dejó libre. El viejo lo condujo de nuevo al castillo y en un sótano le mostró tres cofres llenos de oro.
-Pronto acabaré contigo -dijo el demonio.
-Tómatelo con calma y no digas bravuconadas que soy tan fuerte como tú o quizá más.
-Lo comprobaremos -dijo el viejo-. Si eres más fuerte, te dejaré ir. Ven y lo comprobaremos.
Lo condujo a través de oscuros pasajes hasta una forja, allí el viejo cogió una enorme hacha y de un tajo partió un yunque en dos.
-Puedo mejorarlo -dijo el muchacho y se fue a otro yunque. El viejo se acercó para observar con la barba colgando. El joven levantó el hacha, partió el yunque de un tajo y en el camino cortó la barba del viejo. -Pobre diablo, -gritó el viejo- pronto sabrás lo que es tener miedo, porque vas a morir.
-No tan deprisa -respondió el muchacho-, que yo tendré algo que decir ... (ver texto completo)