Después de una larga noche de diez años, el diablo salió de las tinieblas y desde una gruta contempló la tierra. Por todas partes veía a gente que luchaban, quemaban las casas y cosechas se perdían. El diablo mientras observa esto era feliz y volvía a dormir.
Había otro personaje que estaba muy descontento de la alegría que envolvía al pueblo de Benet. Éste, maestro de los maleficios, fuerte como cien hombres y alto como una montaña era el diablo.
La prosperidad de sus territorios producía la envidia de los señores vecinos.
Benet de Montgarran tenía las torres más bellas del país, los bosques repletos de caza y, por su bondad natural nunca abusó de su derecho señorial. Era querido por los siervos y agricultores y se podía asegurar que en treinta millas a la redonda no había otro país más próspero y feliz.
Entonces las Árdenas no existían, pero he aquí que esta historia hablará de su nacimiento.
BENET DE MONTGARRAN O EL NACIMIENTO DE LAS ÁRDENAS (BÉLGICA)
Hace muchos años reinaba Benet de Montgarran las tierras de Namur. Vivía en un castillo dentro de la roca de una alta colina.
EL CRIADO DEL RICO MERCADER

Érase una vez, en la ciudad de Bagdad, un criado que servía a un rico mercader. Un día, muy de mañana, el criado se dirigió al mercado para hacer la compra. Pero esa mañana no fue como todas las demás, porque esa mañana vio allí a la Muerte y porque la Muerte le hizo un gesto. Aterrado, el criado volvió a la casa del mercader. «Amo», le dijo, «déjame el caballo más veloz de la casa. Esta noche quiero estar muy lejos de Bagdad.
Peiron de San Pedro. Santed.
Desde aquel día Raya Rota y los indios Oglales han aprendido que para merecer los favores del Gran Espíritu es necesario el esfuerzo personal, en caso contrario es mejor no pedir nada y que si los espíritus regalan alguna cosa hay que agradecérselo.
La roca no le hizo caso y Raya Rota se entristeció mucho por su comportamiento
El indio volvió delante de la roca y pidió y pidió que le ayudase.
Raya Rota comprendió que la roca le había castigado por no cumplir con su palabra.
Con este pensamiento, el indio volvió a la roca y le cogió la manta. Después emprendió el camino de vuelta con la manta a sus espaldas. Al llegar observó que el bisonte había desaparecido y al fuego le quedaba muy poca leña.
Al poco rato comenzó a llover y a hacer mucho frío. Calado hasta los huesos el indio dijo: “ ¡qué estúpido he sido al darle mi manta a la roca. La roca puede aguantar el mal tiempo sin peligro, mientras yo me puedo morir por la humedad y el frío!”.
El indio volvió a su casa y al llegar se encontró con un bisonte. Raya Rota le arrancó la piel, la puso a secar y a continuación puso la carne a asar. Pero el indio había cogido poca leña y el fuego no era suficiente para un animal tan grande.