-Sabía que confiaba en un buen hombre y un gran guerrero. Recupera tu físico, pues has cumplido de sobras con tu palabra, vuelve a Dyfed y ve lo que allí he hecho en este año.
Con un terrible mirada, comprendiendo que su final estaba cerca, Havgan el usurpador llamó a sus criados y éstos se lo llevaron de allí. Pwyll, todavía bajo la apariencia y pertrechado con las armaduras de Arawn, recorrió todas las tierras, castillos y señoríos, y los recuperó para Annwn. Sólo entonces volvió al bosque. Ya lo esperaba allí el verdadero Arawn, sonriendo.
-Sé con seguridad que me habría de arrepentir si tratara de terminar contigo con otro mandoble; no habrá más te digo.
-Por compasión, termina lo que empezaste, remátame y vuelve vencedor- gritó el guerrero. Pero Pwyll recordó lo que le dijó Arawn y no quiso embestir de nuevo, aunque estaba preparado:
Entonces fué Pwyll en la figura de Arawn con sus pertrechos de combate al vado del río en medio del bosque de Glyn Cuch, y allí estaba esperando Havgan, su enemigo, impresionante con su armadura negra y su lanza inmensa. Y no se lo pensaron dos veces, que tal como se vieron se calaron los yelmos, empuñaron las picas y lanzaron a galope las monturas envueltas en bardas volando al viento. El choque fue brutal. Havgan dejó caer su lanza, estaba malherido y a duras penas se mantenía en la silla:
Allí lo esperaba la mujer de Arawn, pensando que era él, y deseando, supuso, el mismo trato de todas las noches. La mujer era bella, como sólo pueden serlo las hijas de las hadas. El compromiso era gobernar un territorio, mas no mancillar sus posesiones, pensaba en su interior Pwyll, por eso se mantuvo firme, se volvió contra la pared de piedra, en silencio, sin contestar a las preguntas ni a los ruegos de la desconcertada esposa. Toda la noche la pasó así, y tras la primera noche, las siguientes, ... (ver texto completo)
Mas no había supuesto Pwyll que los problemas vendrían después de tratar con guerreros, terratenientes y ciudadanos. Esa parte fue fácil, la justicia fluía de sus manos pues tenía la verdad asentada en su mente. Lo difícil vino cuando se retiró a sus habitaciones al término del primer día.
Se agitaba nervioso el caballo mientras el Rey de las Hadas hablaba, y al fin arrancó al galope, perdiéndose entre los árboles, camino de Dyfed. Pwyll apenas salía de su asombro, pero la palabra estaba dada. Parecía que su montura conociera el camino, pues en breve lo llevó hacia un castillo, que supuso era el que iba a tener que gobernar durante un año bajo la apariencia física de Arawn.
-Un momento, Pwyll, debéis saber que mi enemigo Havgan, goza de mágicas protecciones. Cuando os enfrentéis a él, dadle sólo un golpe, y no le deis el de gracia, pues si lo hicierais reviviría con igual fuerza.
Volvió el rey de Annwn, pero apenas había recorrido unos metros cuando volvió, gritando:
-Sea pues este el lugar, el bosque de Glyn Cuch, pero escuchad, durante este tiempo vos seréis Arawn y yo seré vos, vos gobernaréis mis tierras y mis gentes en Annwn y yo lo haré bajo vuestra misma apariencia en vuestro reino, Dyfed. Nadie sospechará nada, pues la figura de Arawn será la vuestra, y la de Pwyll será la mía. Ese es el trato.
Ahora, cabalguemos hacia nuestros nuevos destinos, y volveremos a vernos cumplido un año.
-De nobles es ofrecer antes de pedir, mi señor. Nunca rechacé un lance, y no lo haré al término de un año, que sea aquí donde nos reunamos.
-Puesto que aceptáis antes de escuchar, sabed que vuestra lanza deberá erguirse en vuestro brazo al término de un año. Sois el elegido para batiros en duelo contra mi enemigo, el caballero Havgan, que se ha apropiado de buena parte de mis tierras.
-Sea, mi señor Arawn. Decídme que queréis de mí.
-Mi nombre es Arawn, rey de Annwn, y no esperaba menos de vos. El Hado ha querido reunirnos aquí y ahora y vuestro compromiso es bienvenido y aceptado.