Dicen que esos esclavos volaron de vuelta al África. Nosotros no lo sabemos, realmente. Pero sí recordamos y aún hoy contamos esta historia a todos aquellos que intentan, en sus corazones y en sus mentes, desplegar sus alas y volar.
El anciano miró al capataz directo a los ojos. “ ¡Ahora!” fue todo lo que dijo. Ante esa única palabra, toda la gente hizo una rueda y se tomó de las manos. Recitando las palabras mágicas, todos se elevaron lentamente, volando por encima de los campos, lejos del alcance del capataz.
Cada vez que un esclavo caía desmayado por el calor, el capataz alzaba su látigo. Pero cada vez que lo hacía, el esclavo se elevaba por los aires. Fue entonces que el capataz vio al anciano, con la boca ya lista para gritar. “ ¡Agarren a ese viejo!” gritó el capataz, levantando el látigo.
El sol quemaba tanto, que otros empezaron a caer. Él iba a estrellar su látigo contra uno de los hombres, pero antes que le cayera, sonó otra vez el grito. El exhausto esclavo se elevó al aire. Entonces el capataz vio a una mujer sentada, hecha un ovillo y alzó su látigo para golpearla. Una vez más se escucharon aquellas palabras mágicas y la mujer levantó vuelo.
Ante esas palabras, Sarah se empezó a elevar. Abrió los brazos; los sentía como si fuesen alas. Se elevó como un águila sobre el látigo del capataz.
Dando giros con su caballo, el capataz vociferó: “ ¿Quién gritó? ¿Qué dijo?” Todos los demás esclavos se mantenían callados y seguían trabajando, pero ellos sabían que Sarah había volado hacia la libertad.
Pero en eso, el bebé de Sarah empezó a gemir y a llorar y ella se detuvo para calmarlo.
El capataz cabalgó hacia ella y en el preciso momento en que iba a descargarle su látigo en la espalda, el anciano gritó esas palabras mágicas, que recordaba de mucho tiempo atrás.
“ ¡Vuelvan al trabajo! No hay tiempo para descansar”, gruñía el capataz.
Todos los demás esclavos pararon para mirarlo. Tambaleante, Sarah se incorporó con su niño en la espalda y comenzó a recoger de nuevo. Pero se cayó otra vez. El capataz le lanzó un latigazo, y Sarah se levantó por segunda vez. De entre las hileras de algodón surgió un anciano que se acercó a Sarah. Miró a ambos lados y luego le dijo algo al oído. Sarah miró en ambos sentidos y pasó el mensaje. El murmullo pasaba de esclavo ... (ver texto completo)
Ellos afirmaban que esta gente podía volar. En África, hace mucho tiempo, algunos pronunciaban unas palabras mágicas que los hacía elevarse por los aires como cuervos, agitando sus negras alas. Decían que cuando esta gente fue llevada en barcos como esclavos, tuvieron que replegar sus alas. En aquellas atestadas embarcaciones no había lugar para volar. Y decían también que cuando esta gente fue puesta en los campos,
perdieron la libertad de desplegar sus alas. Ni siquiera podían imaginarse volando.
Pero ... (ver texto completo)
La gente podía volar
Esta historia era contada entre los esclavos afroamericanos, mucho tiempo antes de que alguien la escribiera.
Después, regresó a terminar el conejo. Pero, ¿a dónde se había ido? La ira de Raweno había asustado tanto al pobre conejo que había huido, sin haber sido acabado. Hasta el día de hoy, el conejo debe brincar con sus patas disparejas y se ha quedado asustado, porque nunca recibió los colmillos y garras que había pedido. En cuanto al búho, él se quedó como Raweno lo moldeó en un momento de ira—con los ojos grandes, un cuello corto, orejas grandes y la capacidad para ver sólo de noche, cuando Raweno ... (ver texto completo)
“ ¡Ya está!” dijo Raweno. “Ahora tienes unas orejas lo suficiente grandes para que escuches cuando alguien te dice lo que tienes que hacer, y un cuello tan corto que no podrás estirar la cabeza para ver lo que no deberías ver. Y tus ojos son grandes pero sólo podrás utilizarlos de noche—no de día, cuando estoy trabajando. Y finalmente, como castigo por tu desobediencia, tus plumas no serán rojas como las del cardenal, sino feas y grises, como las que tienes.” Y frotó al búho por todo el cuerpo con ... (ver texto completo)
Los ojos del búho se volvieron grandes y redondos de miedo. Raweno presionó hacia abajo la cabeza del búho y jaló sus orejas hacia arriba hasta que quedaron paradas en ambos lados de su cabeza.
“Whoo, whoo,” dijo el búho. “Nadie puede prohibirme mirar. No me daré vuelta ni cerraré los ojos. Me gusta mirar y miraré.”
Entonces Raweno se enfadó. Olvidándose de las patas delanteras del conejo, cogió al búho que estaba en su rama, y lo sacudió con todas sus fuerzas.
“Cállate,” dijo Raweno. “Sabes que supuestamente nadie debe verme trabajando.
¡Dáte la vuelta y cierra los ojos!”
Raweno moldeó las orejas del conejo, largas y alertas, exactamente como las del venado.
“Whoo, whoo. Quiero un cuello largo y bonito como el del cisne,” exigió el búho. “Y unas hermosas plumas rojas como las del cardenal, un pico largo como el de la garceta y una cresta real de plumas como la de la garza. Quiero que me convierta en la más veloz y hermosa de todas las aves.”