Pronto reuní la madera suficiente para construir una pequeña balsa, que amarré con largas tiras de mi turbante. Llené el barril de fruta para la larga travesía que me aguardaba, lo coloqué sobre la balsa y llené mis holgados pantalones con polvo de oro; apenas si podía mover las piernas.
Entonces pude comprobar cuántas riquezas yacían a mi alrededor. En lugar de arena, unas dunas de oro se amontonaban a lo largo de la playa. “Construiré una balsa”, me dije, “y me llevaré a Bagdad todo el oro que pueda”.
Mi barril alcanzó la costa y yo bajé a ella. Un riachuelo de agua dulce llegaba a la playa procedente de un manantial entre los árboles y arbustos. Y en él flotaban fruta fresca, sabrosos melocotones y jugosas bayas. Elevando una oración de gratitud, apagué la sed y sacié mi hambre.
— ¡He dado con mi fortuna o mi muerte! —exclamé—. Esta es seguramente la Tierra de las Serpientes Marinas, donde pepitas de oro adornan la playa, guardada por monstruosas serpientes que devoran a los marineros.
Al aproximarme, la sorpresa y el terror hicieron que mi corazón se pusiera a latir violentamente.
Durante toda la noche los peces jugaron a mordisquear mis pies. Cuando comenzó a clarear, apareció en el horizonte una pequeña isla, como una nube verde. La miré esperanzado y me dirigí hacia ella moviendo fatigosamente los pies y las manos.
Mas el barco hacía mucho que se había alejado y yo flotaba a la deriva, solo, a cientos de millas de mi casa.
Exhausto, permanecí flotando en la superficie del océano, pidiendo socorro.
Algunos marineros consiguieron alcanzar nadando el barco. Otros fueron arrastrados hasta el fondo por el remolino de la corriente. Yo me debatía en el agua, rezando para salvar mi vida, cuando el barril de cerveza vacío apareció flotando junto a mí y me abracé a él.
El temor me heló la sangre y me encogió el corazón cuando el monstruo alzó
su poderosa cola y batió con ella las olas hasta reducirlas a blanca espuma. ¡Iba a sumergirse!
Y yo, Simbad, me hallaba de pie sobre su inmensa cabeza mientras el cetáceo exhalaba aliento a través de su enorme espiráculo.
La hoguera encendida por los marineros había chamuscado su espalda y se había despertado enfurecida.
¡En un terrible y escalofriante momento comprendí la realidad! ¡No nos encontrábamos en una isla, sino sobre el dorso de una ballena gigante! Se había quedado dormida en medio del ancho y silencioso océano, reuniendo sobre su dorso los crustáceos, algas marinas y hierbas de los siete mares.
¡El fuego ha despertado a una ballena!
—Debo soltar amarras… ¡Una ballena!