- ¿Qué hace aquí este caballo? -gritó- Llévatelo en seguida. Sabes muy bien que está prohibido robar caballos.
Mientras lo acariciaba, apareció su padre.
Pepe se sentó junto a Tamboril para ver cómo se recuperaba.
-No tardará mucho en sentirse bien -dijo la vieja gitana.
Le dio un poco al animal, que sintió como un fuego le calentaba las entrañas, y lo hizo acostarse en un montón de trapos, cubriéndolo con mantas viejas.
-Es una receta mía.
Ella volvió a entrar en el carro y regresó con una botella de medicina que olía rematadamente mal.
-Lo encontré junto al camino. Tiene mucho frío y se me ocurrió que tú podías ayudarlo.
- ¿Qué traes ahí? -preguntó, al ver al caballo.
El campamento gitano se encontraba muy cerca de la carretera principal. Estaba lleno de coches y camiones en mal estado, y entre ellos sobresalía, como una flor brillante, un carro de madera pintada. Pepe se acercó a la puerta y la golpeó con los nudillos. Abrió su abuela.
Y echó a andar, llevándose a Tamboril con él.
-Pobrecito -dijo Pepe- Será mejor que te lleve a casa, a ver a la abuela.
El caballito sintió que estaba a salvo con el niño. Pero tenía mucho frío.
-Quieto, quieto -susurró, acariciando a Tamboril- Vamos a ser buenos amigos.
Aún estaba allí cuando Pepe Heredia pasó rumbo a la escuela al día siguiente. Pepe era un gitanillo que tenía el cabello negro y rizado y unos ojos negros muy brillantes. Lo que más le gustaba en el mundo eran los caballos. Su padre ya no se dedicaba a criarlos, pero Pepe llevaba en la sangre un gran amor por estos animales.