En el cuento que nos ocupa los animales del bosque discutían sobre quién de ellos merecía el primer y el segundo premio por ser los animales más veloces. Ellos no competían en una carrera puntual, sino que el premio se daba por el desempeño de todo un año. Como les decía, las fábulas tratan, en realidad, sobre los hombres. ¿Cuántas veces hemos estado ante este tipo de situaciones, donde debemos ser evaluados por un periodo de tiempo muy largo? Casi siempre este tipo de situaciones genera tensión ... (ver texto completo)
Para hablar sobre el deseo insaciable de algunos, Hans Christian Andersen se valió de una fábula. Las fábulas son aquellas narraciones que cuentan con animales en los papeles protagónicos. Estos tienen características muy parecidas a las de los hombres, sobre todo de carácter. Casi siempre sus problemas o conflictos se asemejan a las de los seres humanos.
A pesar de que Hans Christian Andersen escribió cuentos para niños, sus obras cuentan con una significación que perfectamente puede hacer pensar a los adultos. Será por eso que aun hoy, varios siglos después de la publicación de El patito feo, La sirenita o Los corredores, dichos textos siguen estando en la preferencia de muchos. Es por ello que son considerados como clásicos de la literatura mundial, no solo danesa.
Vencer a uno mismo

Para muchos la vida es una carrera sin fin. Pero, ¿para llegar a dónde? Esa es la pregunta que pocos se hace y mucho menos se responden. Tal vez sobre este tema quiso hablar el afamado escritor danés Hans Christian Andersen, quien tuvo que afrontar no pocos obstáculos en su vida. Una familia pobre, una madre alcohólica, la muerte temprana de su padre, una homosexualidad reprimida e innumerables desencantos amorosos marcaron su vida y, por supuesto, su literatura.
Dos Ojitos, al ver el arrepentimiento de sus hermanas, las perdonó y las acogió en el castillo, donde todos vivieron felices y en plena armonía.
Dos Ojitos vivía feliz y en paz hasta que llegaron cierto día al castillo dos pobres mujeres pidiendo limosna. Dos Ojitos las reconoció al instante: eran sus hermanas, las cuales, a la muerte de su madre, habían caído en tal estado de miseria que tuvieron que pedir la caridad por todo el reino.
Al poco tiempo, como el joven caballero se había prendado de ella, se casaron y, para celebrar el feliz acontecimiento, se organizaron grandes y alegres festejos.
El caballero subío a Dos Ojitos a la grupa del su corcel, y sin despedirse ni de su madre, ni de sus hermanas la llevó al castillo de su padre, el rey. Éste dio órdenes para que vistieran a la joven con regios vestidos y le dieran toda la comida y bebida que quisiera.
- ¡Oh! – respondió Dos Ojitos-. Padezco de hambre y de sed, de pena y de ansiedad desde que nace el día hasta que muere el sol. Lo que más te agradecería es que me libraras de esta terrible situación. Sólo así podría ser feliz.
-Muchas gracias – dijo el hombre-. Dime qué es lo que quieres a cambio.
Entonces, Dos Ojitos se ofreció a complacer al caballero y, en efecto, sacó una ramita cargada con frutos de oro.
- ¡Esto sí es estupendo! – comentó el caballero-. El árbol os pertenece y no podéis tomar nada de él.
Un Ojito y Tres Ojitos, por más que se esforzaron, no pudieron atender la petición del caballero porque las ramas se les escapaban de las manos.
- ¿A quén pertenece este árbol tan precioso? Daría cuanto me pidieran por una ramita – dijo.
Cierto día, se acercó a la casa un caballero montado en brioso caballo blanco que se detuvo a admirar el árbol maravilloso.