-No dejará de entregártelo -añadió- si te enseñas este papel.
El príncipe, que no había podido asistir a la escuela, no sabía leer ni escribir, y así no se enteró de la cruel maquinación de la Raní. Despidióse alegremente de ella y partió hacia la cabaña.
"Mata enseguida al dador, y convierte su sangre en rocío matutino."
Esta nota se la entregó al príncipe, diciéndole que la llevase a su madre, la bruja, quien le daría el collar de ojos que tenía.
- ¡Pobrecitas! -exclamó la bruja-. ¿No te gustaría devolverles la vista? Dame ese pichón y yo te prometo indicarte dónde encontrarás los ojos de tus madres.
Al oír esto, el príncipe se alegró muchísimo, y enseguida regaló el pichón que había cazado. La Raní guardó el pichón y en un pedazo de papel escribió estas palabras:
-No puede ser -contestó el joven-. El pichón es para mis siete madres ciegas que viven en la inmunda cárcel y que morirían si yo no me cuidara de ellas.
Cuando ya fue un hombrecito se hizo un arco y unas flechas y fue a cazar. Ello le llevó junto al palacio donde vivía la bruja blanca, la cual con sólo verle un momento descubrió que era el hijo del Rajá, y su corazón se llenó de odio, decidiendo matar, costara lo que costara, al príncipe. Enseguida ordenó a un esclavo que le hiciera subir, y al tenerte en su presencia, le pidió le vendiese uno de los pichones que había matado.
El medio de que se valía el joven para conseguir estos dulces y alimentos era su enorme simpatía, que hacía que la gente le colmase de regalos que permitían a las siete reinas seguir viviendo en su calabozo, cuando todo el mundo las suponía muertas desde muchos años antes.
A medida que fue haciéndose mayor fue ensanchando el túnel y cada día salía dos o tres veces en busca de alimentos para sus siete madres.
Cuando pudo empezar a caminar, el joven príncipe abrió un agujero en la pared, agujero que ensanchó y alargó de tal manera que un día pudo abandonar la cárcel, a la cual regresó al cabo de una hora cargado de dulces y golosinas, que dividió en partes iguales entre las siete reinas.
Al poco tiempo las siete desventuras fueron encarceladas, pues su vista molestaba a la nueva reina, y al poco tiempo la más joven de ellas tuvo un hijo que despertó las envidias de las seis restantes. Sin embargo, poco después todas querían con delirio al muchachito, que era su único consuelo, y cuando tuvo dos años se encontró con siete madres a cual más amante. El niño se mostró pronto tan útil, que las pobres prisioneras no hacían más que bendecir la hora de su nacimiento, pues desde aquel momento ... (ver texto completo)
-Tened, madre, guardadlos para haceros un collar con ellos, mientras yo estoy en palacio.
Enseguida acompañó al enamorado Rajá a sus dominios y se casó con él, acaparando para ella los trajes, los aposentos, las joyas y los esclavos de las siete reinas.
Tan trastornado quedó el Rajá por la belleza de la joven, que sin vacilar un momento, partió hacia su palacio y ordenó que fueran arrancados los ojos de las siete reinas, y con ellos regresó a la choza del barranco. La joven rió duramente al verlo, y atravesándolos con un hilo los tiró a su madre, diciendo:
Perfectamente, traedme los ojos de las siete reinas y entonces tal vez crea en vuestras declaraciones de amor.
La joven tendió una copa de agua al Rajá, quien la apuró con la mirada fija en ella, quedando convencido de que no era otra que la cierva blanca que persiguiera hasta allí.
La belleza de la muchacha hechizó al soberano, haciéndole caer de rodillas a sus pies, pidiéndole consintiera en ser su esposa. La joven soltó una carcajada, diciendo que siete esposas eran más que suficientes para un Rajá. Sin embargo, tanto imploró el monarca, que la muchacha dijo al fin:
Sin avisar a sus compañeros, el Rajá picó espuelas y partió tras la cierva. Cabalgó durante varias horas, creyendo ver siempre a lo lejos la vaga sombra del animalito, y al fin, rendido de cansancio y perdida ya la esperanza de alcanzarlo, detuvo su caballo ante una miserable choza, en la cual entró para pedir un vaso de agua.
Una vieja sentada en una desvencijada silla contestó a su petición llamando a su hija, quien salió de una habitación interior de la choza, y resultó ser una joven muy bella, ... (ver texto completo)
Al principio no tuvo mejor suerte que en los demás puntos y ya se disponía a volver sobre sus pasos cuando una hermosa cierva de cuernos de oro y cascos de plata, blanca como la nieve y hermosa como una diosa, pasó ante él, perdiéndose entre la enramada.
El Rajá, a pesar de que sólo había visto un momento al hermoso animal, sintióse invadido de unos incontenibles deseos de poseerlo y enseguida ordenó a sus monteros que rodeasen la espesura donde se había refugiado, para poderlo cazar vivo. Se formó ... (ver texto completo)