Preso de loca desesperación, el marido vio que había olvidado que, según la ley de las hadas, el golpe más leve equivalía a una paliza.
También este segundo incidente quedó olvidado pronto, y los dos esposos continuaron gozando de su felicidad, rodeados de sus tres hijas, que crecían sanas y robustas.
De cuando en cuando, la esposa recordaba al marido el pacto hecho antes de casarse; si le pegaba por tercera vez, su felicidad quedaría truncada para siempre.
Mas, un mal día, el pastor olvidó su ... (ver texto completo)
- ¿Por qué lloras? -le preguntó su esposo afectuosamente, dándole un ligero golpe en la mejilla-. ¿Estás enferma?
- ¡Ah! -gimió ella, retorciéndose las manos y llorando aún más amargamente-. ¡Me has pegado por segunda vez, sin motivo alguno!
Un día fueron invitados a una boda y asistieron, participando de la alegría de los convidados. Pero, en cierto momento, sin ningún motivo, la esposa del pastor rompió de pronto en amargo llanto.
Ah, malo, malo! ¡Me has pegado sin ningún motivo! ¡Acuérdate del trato hecho y no me pegues más, pues te quedarás sin mí!
-Lo he hecho en broma -respondió el marido, mesándose los cabellos con desesperación.
Y se arrodilló ante su adorada esposa, prometiéndole que no lo haría más.
Al cabo de algún tiempo, el incidente fue olvidado.
-No, querida, no quiero dejarte sola. Ve a preparar tu caballo, mientras yo preparo el mío.
Y se fue a la cuadra para ponerse la silla a su cabalgadura.
Mas, cuando volvió y notó que su mujer no se había movido, apoderóse de él tal rabia que le dio un ligero golpe con la mano, exclamando:
- ¿Por qué no has hecho lo que te he dicho?
Por toda respuesta, ella rompió a llorar, gimiendo:
-Iremos a caballo -propuso el marido.
-Prefiero quedarme en casa.
El viejo bendijo a los dos jóvenes y desapareció en el lago con su otra hija.
El pastor ofreció su brazo a la joven esposa y se dirigió a su casa, seguido de los animales.
La madre los acogió muy contenta y, pocos días más tarde, se celebró la boda.
Los recién casados se habían establecido en una casita cercana a la de la viuda y vivían contentos y tranquilos, en unión de tres niñas que completaban su felicidad.
Un día recibieron la invitación de asistir a un bautizo, pero la joven esposa no ... (ver texto completo)
-No importa. Recuerda, sin embargo, que si le pegas por tres veces sin motivo, el matrimonio quedará anulado y mi hija volverá conmigo.
Dicho esto, se volvió a la muchacha y le preguntó qué quería como dote.
Ella pidió cinco caballos, diez vacas y tres bueyes.
Apenas hubo terminado de manifestar sus deseos, los animales aparecieron como por arte de magia, relinchando y mugiendo alegremente.
Muy bien. Te confío la felicidad de mi hija.
-Aseguro a usted que la haré dichosa -dijo el pastor.
-Poco a poco, jovencito. Hemos de hablar de cosas prácticas. Mi hija tiene una dote.
-No quiero nada -replicó, el pastor-. Mi madre tiene una casa, un huerto y mucho ganado. Como soy su único heredero, puedo asegurarle que su hija será rica.
-Pero yo no puedo casarla sin darle su dote -insistió el anciano.
-Es usted muy generoso, pero yo estoy dispuesto a casarme con ella, aun sin dote, porque ... (ver texto completo)
El pastor comprendió el significado de aquella seña y, acercándose a la muchacha, le cogió, de la mano, profundamente emocionado.
Dijo el anciano:
Y quedó mirándolas con fijeza, profundamente sorprendido, mientras el viejo aguardaba su respuesta.
Ya estaba a punto de desesperarse, cuando una de las jóvenes sacó un diminuto pie por debajo del vestido.
El pastor contempló a aquellas dos encantadoras muchachas y quedó perplejo.
Eran idénticas, como dos gotas de agua.
Si no acertaba a indicar cual de ellas era la que había visto sobre las aguas, ninguna de las dos sería su esposa.
Y como en verdad no podía vivir sin aquella hermosa muchacha, se habría echado al agua tras ella, de no haberle contenido el pensamiento de que su madre se quedaría sola en el mundo.
Ya iba a alejarse de allí lleno de tristeza, cuando vio dos jovencitas que le salían al encuentro, acompañadas de un anciano que llevaba los cabellos extendidos sobre los hombros.
-Hijo de los hombres -dijo al pastor-. Soy el padre de la muchacha con quien quieres casarte. Estas son mis dos hijas, y si puedes decirme ... (ver texto completo)
No bien hubo él terminado de decir esto, cuando la encantadora joven dio un salto poderoso y se sumergió en las aguas, desapareciendo en el fondo del lago.
La desesperación del pastor no es para ser descrita.
Me casaré contigo; mas si me pegas tres veces sin motivo, nos separaremos.
- ¿Yo pegarte? -exclamó el pastor, enajenado de felicidad-. Mis manos no se posarán en ti más que para prodigarte caricias.