-Habría que espiar al nuevo pastor, pues no comprendo cómo en un solo día ha podido hacer cambiar de ese modo a los animales. Están gordísimos y lustrosos.
Luego, añadiendo: « ¡Dios me valga, pulga!», desapareció, para recobrar la forma natural en la falda de la montaña, donde recogió su rebaño y regresó a la casa de labranza, donde no salían de su asombro al ver a los animales tan gordos y relucientes.
A la mañana siguiente, cuando salió Miguelín con los rebaños hacia el monte, dijo el labrador a su hija:
Y león y serpiente lucharon con todo el brío posible.
Todo era espuma y sangre, silbidos y rugidos de coraje y amenaza.
Al cabo de un buen rato, rendidos y jadeantes, cesaron el combate y se separaron.
La Serpiente dijo rabiosa:
Si tuviese agua de la ría,
¡qué pronto, león mío, te mataría!
Al poco, la Serpiente llegaba como una exhalación.
Pero Miguelín, al conjuro de « ¡Dios me valga, león!» se había convertido ya en imponente fiera.
Anduvo, anduvo y, desde muchas leguas de distancia, cuando apenas había hollado los pastos verdes y húmedos, oyó el silbido espantoso de la Serpiente que se hallaba en la cima de la montaña.
-No te acerques a aquellas montañas cubiertas de verdor -le advirtió su amo al despedirle-. Hay en ellas una serpiente de colosal tamaño, que devora a cuantos pastores y rebaños intentan acercarse siquiera a cinco leguas. Por eso nuestros animales están flacos y en este pueblo la mortandad entre ellos es tremenda, ya que sus únicos pastos son aquellas otras montañas, áridas, y estériles, adonde has de dirigirte.
Pero Miguelín hizo todo lo contrario de lo que le habían aconsejado; es decir, se encaminó ... (ver texto completo)
-Vengo a ver si necesitan ustedes un mozo para la casa -dijo tímidamente.
La muchacha, prendida de la donosura de Miguelín, fue corriendo a avisar a su padre.
Y éste dio a Miguelín una plaza de pastor.
Vistiendo la tosca pelliza y el cayado en la mano, salió Miguelín al día siguiente, muy de mañana, tras los rebaños flacos y escuálidos
- ¿Qué deseas, hermoso doncel? -le preguntaron.
-Una plaza de pastor, sólo por la comida.
-Eres demasiado apuesto para eso -le contestaron.
Y le dieron con la puerta en las narices.
Por fin halló en las afueras del pueblo una casa de labranza de blancas paredes, donde llamó y salió a abrirle una linda muchacha.
Y anduvo, anduvo, durante tres días, siguiendo la dirección que le diera la princesita, hasta llegar al pueblo, cuyas señas retenía en la memoria, y que se hallaba enclavado ante un monte elevadísimo, cubierto de maravillosa vegetación.
Dejó caballo y perro en las cercanías y entró en el pueblo humildemente.
Llamó a la primera casa.
Allí volvió a su estado de hombre, para recoger el caballo y el perro, que, alejados cuanto podían de los tres gigantescos guardianes, le esperaban.
Montado en su alazán y seguido de su perro fiel, salió del bosque y del recinto del castillo, sin hacer caso de las voces con que pretendían detenerle los pájaros, los árboles y la fuente de plata.
Así lo haré -repuso Miguelín- mas será para ir al encuentro de esa monstruosa serpiente y si quieres que salga vencedor en la empresa -añadió-, prométeme que te casarás conmigo dentro de siete días, cuando te saque de este castillo.
Prometiólo así la Princesa, y Miguelín, convertido en paloma, voló, al bosquecillo a través de la ventana.
El huevo ha de dispararse con tan certera puntería que hiera al monstruo entre ceja y ceja, matándolo. Entonces quedaría desencantado el castillo. Pero también la serpiente es un monstruo maligno y poderoso: devora a todo bicho viviente que se atreve a acercarse a cinco leguas de ella. Créeme, conviértete en paloma ya que tal poder tienes, y sal por esa ventana antes de que den las doce de la noche y despierte el gigante, porque entonces no podrías librarte de sus iras.
-Nada podrás contra el gigante -contestó la princesita-. Ni tu cuchillo ni la garra del más fiero león. Sólo un huevo que se encuentra dentro de una serpiente que habita en el Monte Oscuro, en los Pirineos.
- ¡No llores, preciosa niña! -exclamó Miguelín-. En siete días puede volver a hacerse el mundo. Y no me tomes por tan poquita cosa. Para defenderte, tengo mi cuchillo de monte y si esto no bastara, puedo convertirme en león, en paloma o en pulga. Seca, pues, tus lágrimas y dime dónde está ese dormilón tragaprincesas, que ya me van entrando ganas de conocerlo.
-Apuesto doncel -dijo, al verle entrar- aléjate cuanto antes de este malhadado castillo. No seas uno más entre tantos jóvenes infortunados que aquí han dejado sus vidas, pretendiendo salvar las de otras princesas tan desgraciadas como yo. El gigante dueño de este castillo duerme veintidós días de cada mes, durante los cuales no toma alimento alguno. Cuando despierta, dedica siete días a preparar el banquete con que se obsequia el octavo, después del cual reanuda su sueño. El postre de este banquete ... (ver texto completo)