Después de cuatro años de actividad misionera en estas islas, separado del mundo civilizado, se embarcó en una rústica
barca hacia el Japón, en donde, entre dificultades inmensas, formó el primer centro de cristianos. Su celo no conocía descansos: desde Japón ya miraba hacia China. Se embarcó nuevamente, llegó a Singapur y estuvo a 150 kilómetros de Cantón, el gran
puerto chino. En la isla de Shangchuan, en espera de una
embarcación que lo llevara a China, cayó gravemente enfermo. Murió a orillas
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