Inicia su vida de carmelita descalzo en Duruelo y ahora cambia de nombre, adoptando el de Juan de la
Cruz. Pasa año y medio de austeridad, alegría, oración y silencio en
casa pobre entre las encinas. Luego, la expansión es inevitable; reclaman su presencia en Mancera, Pastrana y el
colegio de estudios de Alcalá; ha comenzado la siembra del espíritu carmelitano.