Cristo puso en marcha hacia Dios, a los hombres, y les sembró en el corazón el deseo de la inmortalidad dichosa de la ciudad celeste, que mueve a los cristianos hacia arriba, como una planta celeste que se extiende sus ramas al cielo, buscando el calor del sol.
“ Por eso plantó en nosotros naturalmente el deseo de ser bienaventurados e inmortales, quedándose El bienaventurado y haciéndose mortal, para darnos lo que deseamos, y padeciendo no enseño a no hacer caso de lo que nos infunde miedo”
“ Por eso plantó en nosotros naturalmente el deseo de ser bienaventurados e inmortales, quedándose El bienaventurado y haciéndose mortal, para darnos lo que deseamos, y padeciendo no enseño a no hacer caso de lo que nos infunde miedo”