ALCONCHEL DE LA ESTRELLA: Muerte...

Muerte

San Onofre.

En cierta ocasión, el abad san Pafnucio se internó en el desierto, en busca de los famosos monjes eremitas que seguían las enseñanzas de San Antonio Abad. Luego de cuatro días de camino, durante los cuales se alimentó sólo con pan y agua, enfermó y se le acabaron las provisiones; a punto estuvo de morir, pero siguió caminando por otros cuatro días con sus noches, hasta que un ángel se le apareció y le dio fuerzas.

Luego caminó durante diecisiete días más hasta que se encontró con un hombre de aspecto desagradable, cuyo cabello erizado le cubría todo el cuerpo, al estilo de las fieras; alrededor de la cintura se ceñía hierbas secas del desierto, y su barba era tan larga como su cabello. Pafnucio sintió miedo y trató de huir, pero el hombre, quien no era otro que Onofre, lo llamó diciéndole: «Sígueme, que yo estoy con Dios». Pafnucio se arrodilló a sus pies, pero Onofre le dijo: «Levántate, hijo mío, porque tú también eres siervo de Dios y de los Santos Padres». Onofre estaba en un estado lamentable de salud, su cuerpo se había deformado y las canas reflejaban su vejez.

Pafnucio le hizo compañía y le pidió que le contara la historia de su vida. Onofre así lo hizo, y poco después falleció, un 12 de junio del año 400. Pafnucio puso por escrito la vida y obras de san Onofre, y la tradición añade que cuando murió, un coro angélico le rindió honores y alabanzas, y unos leones mansos acompañaron a Pafnucio a enterrar el cuerpo del venerable anacoreta.